8 de febrero de 2016

Baile de lenguas - Capítulo II: Balada

¿Una leyenda? La verdad es que me quedé impactada. No sabía que siguiera siendo conocida en el mundo del baile. Ese mundo es muy amplio, hay diferentes estilos y el mío era el ballet, y el de Yago la bachata. Aparte hay gente de todas partes de España, y del mundo. Yo empecé a competir a los doce y a nivel internacional a los diecisiete. Y conocí a muchísima gente, ¿cómo es posible que Yago, siendo nuevo en el mundo del baile y dedicándose a la bachata, haya oído hablar de mí que hace tiempo que dejé el baile y me dedicaba mayoritariamente al ballet? 

La verdad es que me halagaba mucho. No me había dicho que hablaran mal de mí, sino que era una leyenda. Yo pensaba que cuando una persona se alejaba de algo por tanto tiempo, dejaba de ser recordada. Yo no me creía la excepción, aunque esperaba que al menos en el mundo del ballet a nivel nacional sí se me recordara. Porque yo era buena, muy buena, pero no me creía ser tan buena como para ser… leyenda. 

Sin duda Gala pudo haber sido la causa. Ella era su compañera de baile, seguramente pasaron horas hablando y, en alguna conversación sobre ballet, habrá salido mi nombre. También es cierto que hay muchos vídeos de mis competiciones en Internet y cualquiera que me busque encontrará alguna de mis mejores noches en esos vídeos.


Yo intento no verlos, solo me recuerda lo que fui y lo que ahora no soy ni puedo ser. Todos los trofeos y medallas están en casa de mis padres, en mi antigua habitación. Ellos guardan todos esos recuerdos con cariño, a mí me parece que solo lo hacen porque echan de menos a la Sabina de hace un año. Sino, no se entendería esa afición por guardar todo lo de mi vida pasada.

—¡¡Sabi!! —escuché que gritaban mi nombre y me paré en seco. Después de que Yago me dijera que era una leyenda, seguí bailando, siguiendo la corriente de sus pasos. Me fijé en que su mirada brillaba al mirarme, pero yo seguía sumergida en mis pensamientos y me daba miedo preguntar qué me había hecho convertirme en leyenda.

Estaba mirando por encima de mi hombro para ver quien me llamaba y encontré a Dafne corriendo hacia mí. Me separé de Yago y me dijo que Mari estaba muy borracha y que nos teníamos que ir, apenas me despedí de Yago y salí afuera. Tal y como Dafne había dicho, Mari estaba completamente borracha.

Por lo visto mientras yo bailaba con Yago, Mari había ido a la barra acompañada de su amigo y había pedido varios tragos para los dos. Dafne y Ade la vigilaban por momentos, pero de pronto la perdieron de vista y el primer sitio al que fueron a buscarla fue a los baños. Mari se había encontrado mareada y había ido a los baños que estaban al fondo. Ade fue la primera que entró, seguida de Dafne, y la encontraron tirada en el suelo con fuertes temblores y escalofríos. Las chicas miraron detrás de ellas y vieron alejarse al tipo que había acompañado a Mari toda la noche y tuvieron un mal presentimiento.

Nos decidimos por llevarla al hospital porque nunca la habíamos visto tan mal. Mari está acostumbrada a las fiestas y al alcohol. Creemos que su organismo ya es inmune a las grandes cantidades de alcohol y nunca, salvo en dos o tres ocasiones, la habíamos visto así de borracha. Y ni siquiera entonces se podría decir que estaba tan mal como para caerse al suelo.

Yo era la única que no había bebido alcohol, así que conduje hasta el hospital. Enseguida la atendieron y Ade, Dafne y yo nos quedamos en la sala de espera que estaba vacía, solo pasaban los doctores de vez en cuando para ir de un lado a otro.

—¿Quién era ese chico con el que estabas bailando? —me preguntó Dafne rompiendo el hielo y sacándonos a todas de nuestros pensamientos.

—Yago. Uno de los bailarines que actuó esa noche —respondí sin temor, no había necesidad de mentirle a Dafne.
—¿Cuándo has vuelto a bailar, Sabi? —me preguntó ahora mirándome a los ojos, en tono acusador, como si le hubiera estado guardando un gran secreto.

—Desde el accidente, esta es la primera vez que bailo —respondí con sinceridad. En realidad lo había intentado en varias ocasiones, todas ellas fallidas porque acababa haciéndome daño, pero si no contamos eso, realmente esta era la primera vez que bailaba y disfrutaba haciéndolo, sin miedo a caerme, hacerme daño o hacer el ridículo delante de todos.

Las dos me miraron analizando mis palabras y mis gestos. No sé si es que no se creían lo que acababa de decir o estaban intentando averiguar si el volver a bailar me había afectado. Pero antes de que pudieran decir nada más, llegó el doctor.

—¿Vuestra amiga consume a menudo drogas? —preguntó el médico inquieto.

—¿Drogas? —preguntamos escandalizadas las tres al unísonos, nos miramos y luego volvimos a mirar al doctor.

—A Mari le gusta beber alcohol desde siempre, pero nunca se metería en eso, estoy casi segura —dije yo y pude notar que ese “casi” molestó a Dafne.

—Pues su nivel de GHB era muy elevado, creo que si vuestra amiga no lo consumió voluntariamente, alguien intentó agredirla esta noche —añadió él.

—¿Eso qué es? —preguntó Dafne mientras yo intentaba hacer memoria, juraría que lo había oído en las noticias.

—La droga del violador —contestó Ade antes que el médico.

Todas entendimos al instante que Mari no se había metido esa droga voluntariamente, y que, como había indicado el médico, alguien habido intentado agredirla sexualmente esa noche. Posiblemente en la barra, alguien, debió de haberle puesto esa droga en la bebida y como a Mari le gusta coquetear se pensaron que sería fácil. Afortunadamente Dafne y Ade llegaron a tiempo para llevarse a su amiga de allí.

Ade maldijo en voz baja y Dafne me cogió de la mano cuando el médico se fue. La pobre estaba temblando y sudando, al igual que todas. 

El médico, que se había ido para darnos privacidad después de pedirnos el número de teléfono de los padres de Mari, denunció lo sucedido a la policía y unos minutos más tarde llegaron dos agentes. Nos hicieron varias preguntas, pero ninguna había visto nada y, aunque sospechábamos de aquel hombre, no habíamos visto que fuera él quien drogara a nuestra amiga. De todas formas, Ade le relató al policía que apuntaba todo en su libreta que había visto a un hombre sospechoso y lo describió al detalle.

Mari aun estaba bajo los efectos de la droga y no podía declarar, le habían lavado el estómago, pero la droga ya había hecho efecto en su sistema nervioso y solo quedaba esperar. Ya había amanecido cuando se fueron y nosotras también decidimos irnos cuando llegó la familia de Mari. Ellos se encargarían de avisarnos cuando despertara y nos fuimos más tranquilas sabiendo que estaba bien cuidada y con sus padres.

Ya en mi casa me di una ducha y me acosté a dormir. Me desperté justo al mediodía, solo tuve tiempo de comer y vestirme para ir a trabajar. Llamé varias veces por teléfono a Mari pero no lo cogía, supuse que al menos su madre vería las llamadas perdidas pero no conseguí nada. Tampoco tenía llamadas perdidas de su madre, por lo que no sabía si ya estaba despierta o no.

La tarde se presentó bastante aburrida con un par de clientes malhumorados y nada más. Antes de volver a casa me pasé por el hospital y me encontré con Mari despierta. La abracé inmediatamente.

—Nos diste un susto de muerte —le dije mientras apretaba su cabeza contra mi pecho.

—Lo siento, Sabi —se disculpó y se le escapó una lágrima y noté que ya había estado llorando antes de que yo llegara.

—¿Qué pasa? —le pregunté limpiándole la lágrima con mi pulgar.

—Soy un desastre Sabi, tengo que dejar esta vida y centrarme, ¿verdad? Mi madre me lo ha dicho, que no puedo seguir así y más cosas, me ha quitado el móvil y se ha ido hace una hora. Me da miedo cambiar.

—Cielo, no necesitas cambiar nada. Quizás tus juergas y el beber tanto alcohol tienen que parar, pero eso no te hará perder quien eres.

—¿Y quién se supone que soy? —preguntó confundida, cómo si realmente desconociera la respuesta, y eso me entristeció.

—Mi mejor amiga, tonta —respondí en un intento de animarla y vi un amago de sonrisa en sus labios.

Mari trabajaba esporádicamente, la verdad es que dejó los estudios a los dieciocho mientras yo seguía bailando y Dafne y Ade empezaban carreras diferentes. Nos distanciamos todas bastante, el último año Ade se fue de intercambio a Alemania y durante su estancia allí supimos muy poco de ella. Pero entonces yo tuve el accidente y las tres fueron al hospital a verme. Estar con Mari en una habitación de hospital me recordaba a todo eso.

El horario de visitas se había acabado, me tenía que ir pero me daba pena dejar a Mari en ese estado. Me gustaría poder abrazarla y quedarme con ella toda la noche, pero no me dejarían. Le di un beso en la frente y me fui a casa.

Odiaba volver a casa y encontrarla vacía. Me preparé la cena, un baño de agua caliente y me tomé mis calmantes antes de dormir. Llevaba tres meses tomando una dosis inferior a la inicial para parar mis dolores, ya no eran tan agudos y constantes como al principio, y con esa cantidad era suficiente para poder conciliar el sueño y no despertarme a medianoche con calambres o dolores.

Seis semanas después

La policía había encontrado al hombre que le puso la droga en la bebida a Mari. Había sido el mismo que había acompañado a Mari toda la noche y que Dafne y Ade habían visto. El hombre de unos treinta y cinco años se declaró culpable y lo condenaron, ni siquiera hubo juicio. Ya me olvidé cuantos años fueron, pero estará lejos de las calles una buena temporada. 

Mientras tanto Mari había asistido todas las tardes a un grupo de apoyo para alcohólicos. Cuando estaba con nosotras nos decía que ella no se había visto nunca a sí misma como una alcohólica, solo como a una persona que le gustaba beber. No sabía que beber hasta esos extremos de manera habitual, sí se considera adicción. Desde el momento en el que se dio cuenta de que era una adicta dejó de beber definitivamente y se volvió más responsable en ese sentido.

Siempre nos hablaba de que necesitaba probarse a sí misma, aunque solo hubieran pasado seis semanas, necesitaba saber si podía salir de fiesta sin beber alcohol. Era una especie de desafío personal y todas estuvimos de acuerdo. Además, si pasaba algo, esta vez no le íbamos a quitar el ojo de encima.

Quedamos en vernos directamente en el bar La Guadaña, regentado por un ex miembro de un grupo de rock de la provincia. No éramos clientas habituales, pero conocíamos bien la historia del bar y de Jonás, su dueño, y nos gustaba el ambiente rockero que siempre había. Aunque mi parte favorita era la del piso superior, en la que Jonás había colocado paneles insonorizados y una gramola de los años ochenta, para que cada uno pusiera la canción que quisiera.

Dafne y Ade venían juntas y pasaban a recoger a Mari a su casa. Yo había llegado un poco antes para encontrar aparcamiento y decidí matar el tiempo tomándome algo en la barra. Elegí un refresco sin gas y subí las escaleras que daban al piso superior donde también estaba la sala de karaoke. A Dafne le encantaba esa sala tanto como a mí. Su sueño frustrado era ser cantante y de hecho se parecía bastante a Britney Spears, en su época buena. 

Busqué una mesa libre y no fue difícil porque de todas las que habían, solo dos estaban ocupadas. Elegí una cualquiera, ni muy cerca de las escaleras ni muy cerca del escenario donde estaban los micrófonos y la pantalla del karaoke, y me senté. Me tomé mi refresco mientras le escribía a Ade que ya estaba en el bar, especifiqué que estaba en el piso de arriba, por si llegaban y no me veían y Ade me respondió que ya estaban de camino. En ese momento alguien se acercó a mi mesa y se sentó delante de mí, cuando levanté la mirada, me encontré con los ojos marrones de Yago.

—¿Te acuerdas de mí? —me preguntó sonriendo.

—¿Yago? —pregunté, aunque ya sabía que era él.

—Sí, soy yo, qué casualidad encontrarte aquí. ¿Vienes sola? —preguntó mirando alrededor.

—Espero a mis amigas... —respondí mirando de nuevo la pantalla del móvil. Estaba realmente nerviosa y no quería que se notase.

—Espero que en esta ocasión no tengas que irte corriendo —bromeó y dejó escapar una risa que me mostró su perfecta dentadura.

Los nervios se apoderaron de mi estómago y recordé aquella noche. Fue la noche en la que se cumplía un año de mi accidente, un año sin bailar en la que volví a bailar, la noche en la que lo conocí a él y la noche en la que casi violan a una de mis mejores amigas. A pesar de los casi dos meses que habían pasado desde aquella vez, nunca pude olvidar a Yago, no sé si por efecto de la emoción de volver a bailar o por la atracción que sentía hacia él.

Yago notó que no me había reído ante su comentario y me preguntó por ello. No vi necesidad de ocultarle lo ocurrido, así que le conté todo sobre la droga y sobre Mari. Cuando terminé siguió preguntándome por mí, mi carrera como bailarina y finalmente tocó el tema del accidente. No quería evadir la pregunta y le conté todo. Lo bueno de poder hablar con un desconocido es que puedes hacerlo de cualquier cosa sin miedo a que te juzguen por que sabes que no lo vas a volver a ver, no sabía si esto se debía a esa libertad o a que Yago me transmitía confianza para hablar de cualquier cosa.

—Estaba conduciendo por la autopista —comencé a relatar— cuando un coche se me vino encima. El conductor llevaba muchas horas al volante y se dejó dormir unos segundos. Dijo que no recordaba nada desde que salió de unos túneles hasta que chocó conmigo. Según la policía que midió la distancia entre ambos sitios había casi medio kilómetro. Le pudo haber tocado a cualquiera y me tocó a mí. Solo porque el otro conductor quería llegar antes y no se paró a dormir la noche anterior y siguió conduciendo.

—¿Qué le pasó a él? —preguntó Yago con curiosidad.

—Se llevó la peor parte en realidad, pero sobrevivió de milagro y volvió a su vida normal. Yo no, me partí la pierna en tres, perdí sensibilidad y tengo dolores contantes cuando intento hacer ejercicio, incluyendo el baile —noté lástima en sus ojos.

—¿Qué te pasa cuando bailas? —preguntó casi en un murmullo, como si tuviera miedo a preguntarme por si me ofendía.

—Que me duele mucho la pierna que me fracturé, ya sabes que lo mío era el ballet clásico y no puedo bailarlo así, lo intenté con otros bailes pero estaba tan deprimida por haber dejado lo que realmente me gustaba, que no mostré interés por nada más —contesté abiertamente, intentando que no se sintiera cohibido al preguntarme.

—¿Entonces hay bailes, como una balada, por ejemplo, que podrías bailar? —preguntó con una sonrisa, había vuelto a su modo seductor habitual.

—Sí —respondí— si solo es un baile imagino que podría aguantar, pero no creo que pudiera dedicarme solo a ese estilo de baile, las horas de ensayo también me causarían molestias y acabaría frustrada.

—Entiendo —dijo él poniéndose en pie— ¿Y si te invito a una balada, solo una, crees que lo soportarías?

—Creo que sí —respondí devolviéndole la sonrisa.

La verdad es que la idea de bailar con Yago me sonrojaba y él lo pudo notar a pesar de la tenue iluminación. Reímos y tomé su mano, que me la tendía caballerosamente para ayudarme a levantar. Me levanté y nos dirigimos al pequeño escenario donde seleccionó la canción Private dancer de Tina Turner en la gramola. El estilo de la cantante no era exactamente de baladas, pero esa canción era lenta y sensual, perfecta para sentir el contacto de Yago contra mi piel. Sonreí porque la canción hablaba de una bailarina y me dejé llevar.

Cuando llevábamos media canción bailando pude ver llegar a Dafne, Ade y Mari. Pero ese anhelado contacto con la piel caliente de Yago, su olor tan cerca y su respiración en mi cuello era demasiado placentero como para dejarlo e ir a saludar a mis amigas. 

Su mano se deslizó hasta mi cintura y fue bajando un poco más, su otra mano me agarraba suavemente la mía que estaba alzada a la altura de nuestros hombros. Esta vez no había guiado mis pasos, ni había modificado mi postura como en nuestro baile anterior, se le notaba más relajado y parecía que realmente disfrutaba del baile. Por un momento pude ver que había cerrado los ojos y simplemente se estaba dejando llevar por la música.

Los amigos de Yago estaban haciendo comentarios y riendo. Podía verlos en las pocas ocasiones en las que yo abría los ojos, en una de ellas también vi a Dafne sorprendida mirando hacia nosotros. No me importaban ni las risas de unos ni las miradas de otros. Yago era todo lo que me importaba en esos siete preciados minutos que duró la canción. Entonces nos separamos y sonreímos. Su sonrisa volvía a ser perfecta.

—¿Bailamos otra? —preguntó sin atisbo, esta vez, de intento de seducción.

—Más tarde, quizás. Voy a saludar a mis amigas —respondí con amargura, pues, por si mi fuera, bailaría con él toda la noche, sin importarme la pierna ni los dolores.

—Está bien —respondió él mordiéndose el labio.

Caminé hacia la mesa donde estaban las tres personas más cotillas del mundo. A Mari le encantaba Yago, Ade lo veía muy bajito para mí, aunque en realidad midiéramos casi lo mismo y Dafne todavía no había dicho nada.

—¿Dafne, en qué piensas? —pregunté intentando que sonara natural.

—¿Salir con un bailarín no sería problemático para ti? Osea, me he dado cuenta de que este es el mismo chico de aquella vez, si es bailarín y tú ya no... Acabarás frustrada, ¿no crees?

Dafne tenía razón y yo deseé no haber preguntado nada. Había dejado caer la bomba y me había roto las pocas ilusiones que me había permitido construir con Yago. Mari y Ade se quedaron en silencio unos segundos y finalmente Ade dijo que quizás eso es lo que necesitaba. Si Yago me había hecho volver a bailar, no debería de ser un problema para mí.

Esa nueva visión me dio esperanzas. Las dos tenían razón, si seguía tonteando con Yago y la cosa acababa en algo serio podían pasar dos cosas: que verlo ensayar y competir fuera frustrante para mí o que me ayudara a salir un poco de mi autocomplacencia.

—Anda, ve y habla con él —me dijo Mari picándome un ojo.

—Esta noche no, esta es la noche de tu reto personal —respondí yo, aunque en realidad sí que me apetecía volver a la mesa donde se encontraba Yago con sus amigos y hablar con él de nuevo.

—¿Y? Cariño si necesito ayuda tengo a estas dos —dijo señalando con el pulgar a Ade y Dafne.

—Ya pero tú siempre estuviste conmigo cuando lo del accidente —Mari soltó una carcajada.

—Sabi, cariño, ¿te crees que en todos esos meses en los que estuviste con depresión y toda esa mierda, yo no follaba?

—¡Marisol! ¡si te escuchara tu madre…! —dije yo e inmediatamente todas nos echamos a reír.

Mis tres amigas tenían razón y yo estaba nerviosa. Solo había tenido un novio en mi vida y duró cinco meses porque se cansó de que entrenara tantas horas. No entendía que era mi trabajo y mi hobby al mismo tiempo. Y yo me cansé de que intentara reducir mis horas de ensayo de ocho a cuatro. ¿Y si ahora no le gustaba porque era inexperta en el amor? Intenté no pensar en ello mientras caminaba hacia él. En la mesa estaban todos sus amigos. Y Yago fijó la mirada en mí desde que me vio.

—¡Hola! —dijo levantándose. Sus amigos esta vez estaban callados.

—¿Te apetece bailar ahora? —pregunté algo atrevida, cabía la posibilidad de que me dijera que no y de que sus amigos se burlaran de mí.

—Claro —respondió finalmente con otra sonrisa.

Me tomó de la mano y fuimos hasta el centro de la pista. No había nadie más. Solo Yago y yo. El resto de personas estaban sentadas en sus mesas bebiendo. La música empezó a sonar y acercamos nuestros cuerpos. Esta vez era una melodía más suave y lenta, la estábamos disfrutando. Me apetecía mucho invitarlo a mi casa, pero no sabía cómo, no era buena con las indirectas y tampoco quería parecer una desesperada. Así que solo seguí bailando.

Los movimientos lentos no me molestaban para la pierna, pero no sé porqué sentí un pequeño pinchazo cerca de la rodilla. Me paré en seco y bajé mi mano a donde me dolía. Yago se preocupó por mí, paramos de bailar y, para mi vergüenza, me llevó en volandas a una mesa cercana. 

Dafne fue la primera en acercarse, alarmada, más de lo habitual. No sé qué le pasaba pero sentía que no le gustaba que me relacionara con Yago y estaba esperando un “te lo dije” de su parte, pero creo que contuvo porque él estaba delante. Mari y Ade  coincidieron en que era mejor que me fuera a casa. Y Yago se ofreció a llevarme. La idea me parecía una locura, yo estaba bien, solo había sido un pinchazo, a veces me dan esos calambres si llevo muchas horas de pie, pero Yago lo había exagerado al llevarme en brazos.

Finalmente nos despedimos de nuestros respectivos amigos y salimos del bar. Yago condujo en mi coche hasta el edificio donde vivo. Tenía ganas de invitarlo a entrar pero no sabía cómo. Así que cuando aparcó el coche frente al edificio le pedí que me acompañara hasta la puerta. 

—Te acompaño mejor hasta la puerta de tu casa —dijo cuando llegamos al portal y me vio cojear.

—Es que vivo en el ático y no quiero hacerte subir —respondí, aunque deseaba que subiera.

—¿En el ático? Con más razón no te voy a dejar sola —sentenció, y me sujetó la puerta para que entrara.

Me enterneció que quisiera acompañarme. No se veían segundas intenciones, sino verdadera preocupación por mí. Y subimos.

Mi ático no es como esos áticos que la mayoría de gente se imagina con techos bajos, inclinados y poco espacio. En realidad eran dos áticos juntos, pero tiraron la pared que los separaba. Así quedó mucho más espacioso y yo apenas tenía muebles, por lo que, después de decorar la casa, me sobró sitio para tener mi propia librería que ocupaba el largo y el alto de toda una pared. Leer se había convertido en una de mis aficiones este último año, ya no encontraba nada mejor que hacer. Y aunque todavía tenía pocos libros, me gustaba la idea de ir llenando cada estantería poco a poco.

Nada más entrar hay un pequeño pasillo o recibidor, a la derecha está la cocina y a la izquierda el salón donde se encuentra esa gigante librería, un sofá y un pequeño televisor. Yago y yo entramos y me siguió hasta la cocina. Abrí un estante, saqué mis calmantes y me tomé uno. 

—Puedes utilizar mi teléfono para llamar a tus amigos y que vengan a buscarte —dije mientras le servía un vaso de agua.

—Prefiero quedarme a esperar a que te encuentres mejor —respondió él cogiendo el vaso.

—No es necesario de verdad.

—Insisto.

—Bueno, vale, podemos ver la tele un rato hasta que me encuentre mejor.

Asintió con la cabeza y fuimos al sofá. Realmente no era necesario tenerlo allí, pero me agradaba su compañía y no quería que se fuera. El sofá era bastante incómodo porque no se puede apoyar completamente la espalda en él, así que él se acomodó a un lado y yo me senté junto a él poniendo mis piernas sobre el sofá, luego pasó la mano por mis hombros y me atrajo hasta su cuerpo. 

Ya estábamos completamente cómodos, pero no habíamos encendido el televisor y el mando a distancia estaba lejos, pero ninguno de los dos le dio importancia. En realidad yo estaba disfrutando bastante con la sola compañía de Yago y el calor de su piel.

De repente comenzó a acariciarme los hombros y peinarme el pelo con los dedos. Cerré los ojos y sentí cómo su mano se deslizaba de mis hombros a mi brazo y continuaba por mi codo. Volví a abrir los ojos y me lo encontré mirándome fijamente a los labios, deseando besarme. Sonreí y me acerqué un poco más. Entonces sentí sus labios calientes y húmedos sobre los míos.

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