9 de enero de 2014

R.O.D - Capítulo V: Jadeos

Había amanecido en Madrid y las calles comenzaban a llenarse de personas, personas que llegaban tarde al trabajo, a llevar a sus hijos al colegio o personas que caminaban sin rumbo, buscando otra alma solitaria, como yo. Y es que me negaba a admitirlo. Creía que desde que vivía en el burdel con Juncal y el resto de chicas lo tenía todo, pero no era así. Nada era igual, nada era como lo recordaba, se acabaron las tardes jugando en un almacén, se acabaron las cartas de mi padre, se acabaron las reprimendas de Juncal, de Chelo o de Vega. Se acabó el ser inocente.

Me miré a un espejo y vi en lo que me había convertido. Era una puta. No me avergonzaba reconocerlo ni pensar en que mi madre también lo fue, probablemente en la habitación que tenía enfrente de la mía. Para mí eso no era problema alguno, era la realidad, era mi vida, mi pasado, mi presente y por mucho tiempo mi futuro. Pero había algo que me faltaba, había algo que hacía que mi corazón se encogiera cada vez que veía una pareja feliz, cada vez que oía la noticia de que alguien cercano a alguien cercano a mí se iba a casar... es como si esperaba que algún día, por estúpido que parezca, me ocurriera a mí.

Me coloqué la falda por debajo del ombligo, una camiseta de botones color rosa, unos zapatos negros bastante conservadores y una rebeca también negra para acompañar a Juncal a misa. Odiaba las misas, me importaba un comino la religión y no soportaba escuchar hablar de ella y de los "pecados". Porque yo, por si no os habéis dado cuenta, no soy precisamente una virgen o una santa, soy más bien todo lo contrario. Y también Juncal, pero hoy hablarían de Vega en la Iglesia y aparte de morirme de ganas por saber qué diría un cura sobre una prostituta que regentaba un burdel, no quería dejar a mi amiga sola.