3 de mayo de 2013

R.O.D - Capítulo IV: Actitud

Mi primera vez fue con un hombre llamado Miguel. Recuerdo que la tarde en la que llegué a mi habitación después de un largo día en la universidad, escuché los jadeos de Malva, una chica recién llegada que estaba bajo la tutela de Fabiola, y que alguien tocó la puerta de mi habitación. Era Juncal.

—Supongo que has tenido tiempo esta última semana para decidir si quieres ser una más de nosotras o no...
—Sí, lo tengo decidido.
—¿Y bien?
—Me ganaré la vida trabajando aquí —la expresión de Juncal cambió, no era decepción ni disgusto, pero ella esperaba para mí un futuro diferente, una vida diferente a la que ella había llevado.

Tampoco se puede decir que la vida de Juncal haya sido mala, tampoco buena. De joven tenía pocos clientes, a pesar de su hermosa melena negra, de sus exuberantes pechos y de su acento valenciano. Pero cambió con la norma impuesta por Vega y pasó a ser una mujer aún más atractiva, salía a cenar con algunos clientes y conocía a hombres interesantes de los que podía permitirse el lujo de enamorarse si lo hubiera querido. 

Se levantó de mi cama y se dirigió a la puerta, antes de salir volvió a mirarme una vez más y luego la oí alejarse.

Me di una ducha de agua caliente y afeité mis piernas con unas cuchillas de hombre. Mientras repasaba mis ingles, volví a escuchar los jadeos de Malva, nuevo cliente por lo que supuse. Era una mujer bastante bella esta Malva... tenía una melena rubia ondulada y larga, rondaba el metro ochenta, estaba delgada pero tenía unos buenos pechos, los ojos eran color verde intenso y los labios carnosos y rosados. Me hacía sentir extraña cada vez que la veía, como si deseara verla desnuda y acariciar esa piel pálida todo el día, algo que solo había sentido con un hombre en toda mi vida.

A mis dieciocho años ya había perdido la virginidad y me había acostado varias veces con un amigo del instituto en su apartamento. Él era un niño de papá con apartamento en un edificio residencial bastante conocido en la ciudad que podía tener a cuántas chicas quisiera, pero me quiso a mí y yo lo quise a él. Me gusta pensar que me enamoré pero que no funcionó. Aunque la verdad es que ninguno de los dos estaba realmente conectado a nivel emocional con el otro.

Salí de la ducha con una toalla azul atada al pecho y que llegaba hasta las rodillas, entonces alguien volvió a tocar mi puerta, esta vez era Fabiola.

—En media hora tienes tu primera cita con Miguel, ¿estás preparada?
—Sí, ¿qué habitación?
—La quince.
—Vale, gracias.

Mis conversaciones con Fabiola eran así de cortas, igual que con Marianela, pero no eran malas personas, siempre las consideré mujeres muy admirables.

Me puse un corsé negro, unas ligas a juego para asegurar las medias y un picardías rojo. Encima de todo eso me puse un albornoz y bajé a la habitación quince donde me quité el albornoz y me tumbé sobre la cama para esperar a Miguel. 

La habitación estaba iluminada levemente por una lámpara en una mesita de noche, las gruesas cortinas de color violeta no dejaban entrar los rayos de luz, la cama tenía unas sábanas finas y con olor a recién lavadas, todo era extraño en esa habitación y me comencé a sentir un poco nerviosa e incómoda, pero entonces apareció Miguel. Alto, corpulento, de unos treinta y largos, frente amplia, ojos pequeños, nariz grande y labios gruesos... se sentó en el borde de la cama y yo me puse delante para que contemplara como iba vestida. Me observó un rato, mantuvo la mirada en mi cara, en mis pechos y en mi cuello... le gustaba que fuese tan pálida y me acariciaba lentamente hasta que me cansé de esperar a que tomara la iniciativa y me quité el picardías, dejando que cayera al suelo resbalando por mis piernas. Entonces Miguel bajó la cremallera del corsé y dejó al descubierto todo mi cuerpo. Me tumbé sobre él y comencé a desnudarle yo también.

Agradecí la poca iluminación porque lo último que quería ver era aquel cuerpo sudoroso y peludo jadeando sobre mí y gruñendo en mi oído cual puerco en celo. También agradecí que fuera eyaculador precoz y que todo aquello hubiera acabado. Se quedó acostado a mi lado mirando fijamente el techo, luego se levantó, se fue al baño y salió vestido y con mi dinero en una mano.

La noche cayó rápidamente y después de haberme vuelto a duchar, me senté en los pies de la cama, mirando por la ventana las luces de los edificios a lo lejos. Entonces me acordé de aquellos edificios en los que quería vivir con mi madre cuando era pequeña, me levanté y allí estaban. Pintados de color teja, con las ventanas en aluminio blanco y un portal normal y corriente. Miré detenidamente cada una de las ventanas y jugué a imaginarme cómo hubiese sido mi vida si aquel día, el día en el que murió Bob Marley, aquél hombre no me hubiese visto. Probablemente mi madre hubiera conseguido pagar la entrada de la casa y nos hubiésemos mudado allí, probablemente yo hubiera ido a un colegio público y haber hecho amigos y amigas que, a lo mejor, todavía conservaría y probablemente mi madre también seguiría siendo una prostituta, así que al final, la historia no acabó tan mal para ninguna de las dos. Solo añoraba mi infancia, que por muy dura que fuera, me enseñó muchas cosas de la vida y me abrió los ojos a otras maneras de vivir, a otro concepto de la felicidad, de la familia o de la amistad. Me enseñó valores que aún guardo y quizá sea eso lo que recuerdo cuando miro los edificios, el local de Rosas, oro y diamantes o el almacén tapado con unas cortinas donde pasé horas y horas encerrada intentando averiguar lo que pasaba a mi alrededor.

De pronto escuché unos pasos, se acercaban a mi habitación. Era Juncal.

—Miguel nos ha dejado propina, nunca lo había hecho, ¿qué ha pasado?
—Supongo que le ha gustado...
—¿Quieres hablar de ello?
—No sabría qué decir —suspiré— no fue fácil acostarme con un desconocido que encima no me gustaba para nada, pero tampoco fue muy difícil... todo estaba oscuro y no tardó mucho... ya sabes...
—Recuerdo que en mi primera vez lloré muchísimo y salí corriendo. Vega fue la que me ayudó, por ese entonces yo tenía tu edad.
—No era mi primera vez...
—Tampoco era la mía, me refiero a la primera vez que lo haces por dinero. Me sentía diferente, no era yo, era otra viviendo en mi cuerpo y me asusté, tenía miedo de convertirme en lo que soy. Yo era dulce, ingenua, tenía planes de futuro como actriz, ¿sabes? Pero fracasé, me quedé sin nada y me dio vergüenza regresar a mi casa con los bolsillos vacíos, así que descubrí este sitio y pensé que podría ganarme un dinero para volver y decir que había triunfado. Para que mi familia no me viera como una fracasada.
—¿Y qué pasó?
—Pasó que nunca ganaba lo suficiente para volver, mandaba algunas pesetas a mis padres y otras apenas me daban para comer, seguía buscando trabajo como actriz, pero nadie me quiso... así que un día me resigné, acepté lo que me había tocado y aprendí a vivir con ello. Poco a poco y con la amistad de Vega, logré hacer de mi trabajo algo divertido. A los pocos meses llegaste tú y tu madre fue otro apoyo en mi vida...
—¿Mi madre sabía todo esto?
—No, no necesitó oírlo para saberlo, pero como ya te dije, cambié mi actitud y me hizo ver mi trabajo de otra manera. Eso contagió a tu madre y también la ayudó en el tiempo que estuvo aquí. Pero veo que a ti no te hace falta ese consejo... —Juncal me sonrió y dio media vuelta para irse, pero la paré.
—¿Alguna vez deja de darte asco?
—No, pero aprendes a vivir con ello.

El momento de la penetración había sido raro, lo más difícil de aguantar. Sentí muchísimo asco, me sentí exactamente como Juncal describió, pero era demasiado orgullosa para reconocerlo y seguí mirando por la ventana cuando cerró la puerta. Pasé parte de la noche observando las luces y preguntándome el porqué lo había hecho, no sentía necesidad económica para recurrir a esto, mi padre me pagaba la carrera y también podía hacerlo con la residencia de estudiantes, incluso un piso para mí sola... entonces volví a recordar a Vega, a mi madre, a Chelo con Paquito, a Merenguita, a todo lo bonito que aquí pasé y me di cuenta de que intentaba recrear todo eso de nuevo, a pesar de los años que habían pasado.

Pero como Juncal había dicho, la actitud que ella tomó ante su trabajo fue lo que hizo que comenzara a sentirse cómoda con él. La actitud lo cambia todo. Así que me propuse cambiar la mía antes de mi segundo encuentro con un nuevo cliente: Gustavo.

Pedí que fuese de nuevo en la habitación quince, esta vez abrí las cortinas, apagué la luz de la mesilla de noche y dejé que la luz natural inundara la habitación. Estiré las sábanas y eché un poco de perfume por ellas para que olieran bien cuando nos tumbáramos, esta vez me vestí con menos cosas, solo llevaba un sujetador de encaje blanco y unas bragas a juego. Esperé unos minutos a Gustavo mientras daba vueltas por la habitación, nerviosa y excitada por saber cómo era mi nuevo cliente y cómo me comportaría ante él.

Entró por la puerta y me sorprendí a mí misma sonriendo y dándole la bienvenida. Le invité a sentarse en la cama, le pregunté su nombre a pesar de saberlo y charlamos un poco para quitar la tensión del momento, para que surgiera como algo natural y no como un "intercambio". Se le notó más relajado cuando le desnudé y comencé a decirle que me gustaba su cuerpo, el color blanco de su piel en contraste con el moreno de su cara y sus brazos, deduje que trabajaba al sol. Era un obrero, de treinta y siete, divorciado y con dos hijas, de las afueras de Madrid y con acento gallego.

Después de charlar, llegó el momento de tumbarnos sobre la cama, nos pusimos cómodos y yo me senté sobre él. Me froté un poco con su pene antes de introducirlo, esta vez no fue tan incómoda como la anterior, recordé lo de la actitud y comencé a cabalgarle, lentamente y con pasión. Gustavo cerraba los ojos y gemía de placer mientras yo le seguía montando. Una media hora más tarde, tenía dolor en la espalda y en los muslos, había aumentado la velocidad y Gustavo había terminado con una sonrisa de satisfacción en la cara.

Estaba comprobado, el consejo de Juncal había funcionado y ahora que me había tomado tantas molestias en este trabajo, no pensaba dejarlo tan fácilmente. Mi siguiente cliente sería otro hombre, al día siguiente.