4 de enero de 2013

R.O.D - Capítulo II: Norma

Aquella mañana y el día en general, Maica y Chelo lo pasaron intercambiando miradas de odio. Yo no pude verlo, estaba en el almacén desde que terminamos de desayunar, pero sí pude oír cómo Olga ponía al corriente de lo ocurrido a Juncal.

—Que lo que pasa es que Maica está celosa, pero no es por Paquito.
—Pues no lo entiendo, ¿Maica está enamorada de Paquito o no?
—¡No!
—¿Entonces por qué la pelea de esta mañana?
—Porque ayer Paquito se le declaró a Maica con poema y flores, menudo golfo. Maica pensaba que por fin tendría un cliente habitual, ya sabes... doña Carmita presume a todas horas de su herencia, y a Maica se le pusieron los ojillos como los de un niño el día de Reyes.
—Ya entiendo, y luego va el Paquito y se encama con Chelo, que por si fuera poco, recibe clientes a diestro y siniestro.

Siniestra sí que fue la pelea de aquella mañana, hasta mi madre tuvo que intervenir para calmar las aguas, porque si fuera por Maica... ahora mismo Chelo no tendría ni pelos, ni cabeza. Y es que, me imagino, que para Maica, al igual que para Juncal y Olga, tiene que ser duro que tus únicos clientes sean unos babosos que Chelo, Fabiola y Marianela, se permiten el lujo de no atender. Y para uno que la pobre pensaba que ya era solo suyo, va y descubre que ni tanto así, que el canalla del Paquito ni enamorado ni hostias. Pero claro, tampoco podemos culpar a Chelo, porque ella no sabía nada de los sentimientos que Paquito decía tener, ni tampoco de tener esa belleza tan exótica que vuelve locos a todos los hombres.

Pero no nos engañemos, que la belleza sevillana de Chelo resulte tan atractiva en aquel pueblucho madrileño llamado Almendros, no significa que las otras chicas no fueran igual de guapas. Marianela, por su parte, también tenía un acento andaluz muy acentuado, concretamente ella era malagueña, y no contaba con más de veintidós años. Fabiola venía de Vigo y también tendría entre veintidós y veintitrés años, pero su belleza era de lo más corriente: ojos marrones, pelo castaño, altura media y delgada; pero por lo visto, ser amiga de Chelo y Marianela le ofrecía ese status que le permitía cautivar a cualquier hombre.

Por otra parte, las chicas 'menos privilegiadas', también eran bastante atractivas, aunque mucho más delgadas, y solían vestir con ropas de los sesenta heredadas de sus abuelas o madres. De las tres, la más bella era Juncal, venía de Valencia, tenía los ojos tan negros que no se distinguía el iris de la pupila, eso lo averigüé un día que se acercó mucho a mí para reprenderme por salir del almacén, el pelo lo tenía ondulado y azabache, aunque siempre lo llevaba recogido y de su cuerpo, resaltaban sus pechos que ella pronunciaba con grandes escotes. Maica era extremeña, tenía el pelo castaño, un castaño mucho más claro que el de Fabiola y la melena por los hombros, sus ojos eran color miel, era una de las más altas y delgadas y sus labios permanecían siempre carnosos, aunque pasara épocas comiendo mal y poco. Olga era la mayor, obviamente no mayor que Vega, tenía veintisiete, venía del mismo Madrid, concretamente de Getafe y también era morena, de ojos marrones y de lo más corriente.

Mientras jugaba con mi Merenguita, Vega hablaba con Chelo y con Maica, y aunque, no se le estaba permitido (no existía tal regla, pero ella se las autoimponía todas) Vega se puso de lado de Maica.

—Pero Vega, es mi trabajo, ¿qué hubieses hecho tú en mi lugar? —decía Chelo enredando sus dedos con nerviosismo.
—Lo entiendo, Chelo, cálmate. Pero también entiendo a Maica y creo que tiene razón. Durante mucho tiempo has gozado de privilegios y libertades que otras de las chicas que aquí trabajan, se han visto obligadas a renunciar por no querer poner las cartas sobre la mesa y hablar con claridad.
—¿De qué cartas hablas? No te entiendo —seguía preguntado Chelo, esta vez con los brazos en jarra.
—Pues, que tus compañeras tenían que haber venido a hablar conmigo y a quejarse de está situación. ¿O es que creéis que no me doy cuenta de que aquí los hombres hacen cola para verte a ti, a Marianela o a Fabiola, mientras el resto intenta seducirles sin éxito?
—¿Entonces qué propone? —se atrevió a preguntar Maica respetando el usted que se le debe a quién te supera en edad, en experiencia y que encima es tu jefa.
—Pues hacer una lista. Cada día, una lista nueva. Se colgará en la pared e indicará a los hombres que lleguen, cuánto tiempo queda para que la chica que quieren esté libre. Y lo más interesante es que habrá un límite, ninguna podrá atender a más de 9 hombres al día.
—¿Qué? —se rebeló Marianela con el ceño fruncido.
—Lo que oyes. Si otro hombre quiere ver a alguna de vosotras que ya ha estado con 9 hombres, ese hombre tendrá que esperar a mañana o conformarse con otra de vosotras que todavía no haya llegado al límite. ¿Está claro?
—Clarísimo —dijo Olga con una sonrisa de autosuficiencia, ya que, quizás por ser la mayor, era la que menos hombres recibía, no al día sino al mes. La nueva regla rompería eso para siempre.

Las chicas se miraron las unas a las otras, entre ellas, mi madre, que tenía problemas al atender a ciertos hombres. Pero no porque fuera mayor, mi madre tenía veintiséis (me había tenido a mí al cumplir su mayoría de edad) y pronto cumpliría la misma edad que Olga, pero ese no era el problema, el problema eran los escrúpulos. Mi madre nunca me lo contó, soy su hija y como tal, nunca me habló de ello, pero yo la conocía muy bien y sabía que para ella, que seguía enamorada de mi padre y que nunca había conocido más hombre que él, acostarse ahora con otro hombre... debía de ser todo un trance. Y de no ser por la ayuda moral de Vega y Juncal, hubiese sido un trance aún peor por el que pasar.

De repente, una de esas miradas, se cruzó con la mía y escuché mi nombre mientras volvía a toda prisa al almacén a coger a Merenguita y fingir que no había estado allí.

—¡Celia!, que te hemos visto, hija... —dijo mi madre acercándose—. Ya sé que tienes curiosidad, y ahora no hay peligro porque no hay hombres cerca, pero si un día sales de aquí y te ven... te meterás en un lío, ¿sabes? Y también a Vega y a mí, y hasta podrían denunciarnos a la Guardia Civil porque eres menor de edad...
—Lo siento —dije conteniendo las lágrimas.
—Cariño, este es el único trabajo que tengo, si lo pierdo, nos separarán para siempre.
—¿Quiénes? —entonces recuerdo que me asusté mucho y no pude retener por más tiempo las lágrimas que corrieron por mi cara.
—Pues, unos señores que trabajan para los Servicios Sociales —puse cara de no entender y mi madre se sentó a mi lado—. Esos señores se ocupan de familias desestructuradas, entre otras cosas, y como tu padre y yo ya no estamos juntos y tú vives conmigo, si alguien denunciara, podrían venir a ver si es cierto y te llevarían de vuelta con tu padre —entonces puse cara de alegría y mi madre bajó la mirada—. Sé que le echas de menos, lo volverás a ver, te lo prometo, pero no puedes volver a salir, porque yo podría ir a la cárcel, incluso Vega por ser la responsable de este sitio.
—¡Pero aquí me aburro!, ¡y quiero volver a ver a papá! y... —hipé y mi madre me abrazó.
—Estoy reuniendo dinero para comprarnos una casa, con la nueva norma que ha impuesto Vega, conseguiré más dinero antes de que acabe el año. La otra opción, es que vuelvas con tu padre y su nueva familia a Burgos, pero significaría estar lejos la una de la otra... ¿qué prefieres?
—No volveré a salir del almacén, te lo prometo.
—Gracias, cariño —mi madre me besó la cabeza y rompió a llorar por haberla elegido a ella.

Almendros era un pueblo desértico, pocas veces mi madre me sacaba a dar un paseo por las mañanas temprano o por las noches antes de dormir. Tan desértico que daba miedo, aquí podía ocurrir cualquier cosa, que nadie se daría cuenta, porque no hay nadie a kilómetros de distancia. Un robo, un secuestro, hasta un asesinato... nadie oiría ni vería nada. Pero comenzaban a construir cerca, a unos cinco kilómetros, decían los hombres que oía entrar cada día y serían unos edificios altos y grandes.

Agudicé bien el oído durante meses, así que si me concentraba podía escuchar bien lo que hablaban fuera sin que estuvieran muy cerca. Solo a un par de metros de distancia, hablaban en voz alta, pero tampoco gritaban, lo molesto eran las voces de los otros hombres o chicas, yo quería escuchar a aquellos, aquellos que trabajaban en los edificios en los que yo soñaba vivir con mi madre cuando ella reuniera suficiente dinero.

Durante esos meses, la regla impuesta por Vega se cumplió a rajatabla, así, al final del día, cada chica del grupo de las menos privilegiadas se había acostado con más de 5 hombres y las otras, completaban la lista con 9. Pero para Maica, Olga y Juncal, ese número diario representaba un triunfo, y lo mejor, era que repetían unas dos o tres veces al mes. Así, lograban llegar muchas veces a completar la lista con 9 hombres. Incluso, una vez, seis de las siete chicas, en concreto: Chelo, Fabiola, Marianela, Olga, Juncal y mi madre, habían conseguido sus 9 hombres cuando llegó una cuadrilla de trabajadores de los edificios, que reclamó los servicios de Maica (que solo llevaba 7 hombres). Fue tal la emoción que el resto, incluida Vega, tuvo sus ingresos extras aquella noche.

Gracias a la norma, las chicas habían recuperado su peso ideal, porque ahora tenían dinero de sobra para comida, trajes de gala y vestidos de telas finas. De mi padre recibí una carta, que mi madre fue a recoger a la central de Correos en Madrid porque no quería dar la dirección exacta de nuestra ubicación.

La carta rezaba lo siguiente:

Mi niña Celia, 

No sabes cómo te echo de menos, pequeñaja (mi padre siempre me llamaba así) estoy trabajando muy duro para poder mandarte dinero, ya que tu madre me ha referido que necesita unas pesetas para poder comprar un piso en Madrid. 

Nada me haría más ilusión que hacerte una visita cuando estés instalada. Te informo de que Andrea y yo somos muy felices y que pronto tendrás un hermanito o una hermanita con el que jugar. Tu madre no sabe nada de esto, así que te pido discreción. Me gustaría poder contárselo yo mismo.

Sé que me echarás de menos, pero, si te sirve de consuelo, yo a ti más. Ahora que voy a ser padre por segunda vez, no puedo evitar pensar en cuándo Elena estaba embarazada de ti, en tus primeros meses como la bebé más hermosa del mundo y en tus primeras palabras, de hecho, la primera fue 'papá'. 

Estoy deseando darte el regalo que te compré por tu cumpleaños y que no has podido abrir por las circunstancias que estamos viviendo, pero tranquila, sé que has decidido quedarte con tu madre y lo acepto, ella está sola, cuídala y cuídate tú también, pequeñaja. Que ahora estás a punto de convertirte en una mujercita. 

Volveré a escribirte cuando tenga nuevas noticias, ahora se buena. Cuento los días para que tu madre me dé tú ubicación y correr a buscarte. 

Muchos besos, tu padre Felipe.

Sentí muchas emociones variadas al leer aquello: iba a tener un hermano o una hermana y debía ocultárselo a mi madre, eso me emocionaba y me daba rabia a partes iguales. Yo quería a aquel hermanito, pero hubiese querido que mi padre lo hubiese tenido con mi madre, no entiendo cómo pudieron dejar de amarse de un día para otro, o tal vez nunca lo estuvieron y solo se casaron porque mi madre se quedó embarazada de mí. Eso es algo que nunca averigüé, aunque tampoco quise hacerlo, era un tema delicado. Lo que sí sé es que el motivo de la separación fue Andrea, y que ella fuese la madre que aquel bebé que no había nacido y que yo ya quería, provocaba en mí más rabia que nunca.

Lo más duro fue ocultárselo a mi madre,  pero aguanté, como mi padre esperaba de mí. Lo de que mi padre estuviera al corriente de nuestras necesidades económicas, me dio a entender que a pesar de todo, mis padres mantenían una buena relación. Aunque quizá mi madre solo se lo contó para que mi padre nos mandara dinero, y no por tener buena relación con él. Así que eso me dejó confundida.

Que mi padre me hubiese comprado un regalo me hizo recordar lo raro que fue que él no estuviera ese día conmigo, pero me alegraba que se hubiera acordado. Y por último, las ganas de irme con mi madre a ese edificio nuevo cerca de Almendros, aumentaron al saber que mi padre iría allí cuando estuviéramos instaladas.

Y durante esos meses, nada se supo de Paquito, hasta aquel día. Aquel horrible día lleno de hombres con cascos para protegerse en la obra, un día con más borrachos de lo normal y con un intenso olor a humo de puro en cada esquina o ropaje.

Las cortinas que le habían puesto al almacén para que nadie me viera y no tuviera que esconderme demasiado, me permitieron acercarme hasta detrás mismo de las cortinas y escuchar con claridad, aunque no ver.

—¿Qué haces tú aquí? —reconocí la voz temblorosa de Chelo.
—Mi madre ha vuelto para vender la casa que tenemos aquí e irnos a otro pueblo, quizá al sur.
—Bien lejos —esa era la voz de Maica—. Ahí es donde deberías de estar, bien lejos de aquí.
—¡Maica! —ese era Paquito y por su voz supuse que se alegró al verla— Ya te expliqué que lo de aquella noche no significó nada para mí —imaginé el gesto contrariado de Chelo— estaba borracho, por Dios, créeme.
—No jures más por Dios, que si la católica de tu madre te oyera... Y otra te digo, yo trato cada día con borrachos, Paquito, y todos saben perfectamente quién soy yo y quién es la Chelo, para colmo somos bien distintas.
—Lo sé, pero estaba oscuro, ella me abrió la puerta y me lancé sin pensar en si eras tú o no. Lo mismo podría haber sido Chelo que cualquier otra, pero yo te juro que fue sin pensar, que fue efecto del alcohol y que yo te sigo amando —las palabras parecieron sinceras y se hizo un silencio incómodo antes de que Maica contestara.
—No me parece que aquello fuera amor, pero no fue eso lo que me dolió, créeme tú a mí, yo no sentía ni siento nada por ti. Lo que me molestó fue enterarme de que te habías encamado con la Chelo y no conmigo, que era la que más necesitaba las perras en aquella época.
—Todo aquello... ¿por un asunto de pesetas?
—Ya tú ves —dijo Maica en un tono seco y escuché sus tacones alejándose.
—Yo sí que me enamoré... —dijo Chelo— Hasta que descubrí que horas antes te habías declarado ante Maica, eso no se hace, Paquito. Ahora vete... no querrás que tu madre te pregunté dónde andabas.

Entreabrí un poco la cortina por un lado y pude ver a Chelo limpiándose las lágrimas, pero no tuve que esforzarme mucho para seguir viéndola, porque entró ella misma al almacén para esconderse del resto y que nadie la viera llorar. Se limpió las lágrimas y cuando reparó en mi presencia, me miró, me sonrió y me preguntó: "¿Se nota que he llorado?" Negué con la cabeza y ella volvió a salir con cara de triunfadora. En ese momento dejé de sentir lástima por Maica, ella ya había conseguido lo que quería y sin utilizar a Paquito. Pero Chelo, ella seguía ahí, igual que siempre y con el corazón partido, pues no habría llorado de no sentir algo por aquél mentecato.

1 de enero de 2013

R.O.D - Capítulo I: Declaración

—¿Cómo que ha dimitido? —gritaban aquellos hombres barrigudos mientras fumaban sus puros y llenaban el local de humo.
—Lo que oyes, Paquito, ha dimitido hoy. —Los hombres hablaban de Adolfo Suárez, yo solo tenía ocho años, así que no me enteraba muy bien de lo pasaba.
—Así va España... menuda mierda, se van los buenos, ¿y ahora qué?
—Siempre he dicho: más vale malo conocido que bueno por conocer. A saber a quién nos mandan ahora... a cualquier mindungui que al rey le parezca bien.
—No seas así, Juan... que según leí en el periódico, Calvo-Sotelo se reunirá pronto para buscar sustituto.
—O para adjudicarse el cargo, ¿quién te dice lo contrario?
—Mira, —volvió a hablar Paquito, que tenía unos quince años y se enteraba menos que yo del asunto— sea como sea estaremos mejor que antes, ¿no?
—¡Coño, el Paquito! Pues vas a tener razón, hijo... mejor que con el Generalísimo, seguro.
—Pues yo repito mi refrán...

Recién estrenado el año de 1981, yo estaba muy contenta porque pronto cumpliría nueve años, y estaba nerviosa. Tenía ganas de ver los regalos de mi madre, de mi padre y la fiesta que prepararía con mis amigos... pero llegó el 2 de febrero y ni un felicidades, nada de nada.

A mi madre hacía horas que no la veía, seguía en su habitación con uno de los hombres que había dejado de hablar de la dimisión de Adolfo Suárez, para engañar a su esposa con mi madre. Solo estaban dos chicas libres, Maica y Olga. Y gracias a ellas y al resto de mujeres, sobre todo, a Vega, me enteré a muy temprana edad de lo que consistía el trabajo de una prostituta. A mí nunca me dejaban salir del almacén, allí guardaban los mejores vinos y licores de todo Madrid, o de eso siempre presumía Vega.

Vega era una mujer morena, alta y delgada. Con la piel casi trasparente y algunas arrugas alrededor de los ojos que demostraban el paso de los años y el peso del trabajo, pues, por lo que tenía entendido, ser prostituta no era fácil, pero regentar un burdel, menos. Y ella lo hacía sin rechistar, y si rechistaba, ella misma se obligaba a sonreír... pues, ningún hombre quiere acostarse con una mujer mustia, de carácter agrio y avejentada. Pero ella hacía parecer que sus años, más que una carga, eran una ventaja: la hacían más experta. Y no permitía que la llamaran vieja, sino madura, aún así, si alguien lo hacía, ella sonreía y le devolvía el insulto con algún comentario ingenioso que siempre parecía tener. Algo que admiraba y a lo que aspiraba conseguir para mí misma y así mis amigas no me llamarían gorda nunca más si no querían que yo les dijera algo irónico e ingenioso que las ridiculizara.

Mi madre, Elena, siempre dice que no estoy gorda, que creceré y que me convertiré en una mujer tan guapa como lo fue ella. De lo que no se da cuenta es de que ella sigue siendo guapa. Lleva el pelo siempre recogido, solo dejando unos rizos por fuera. Es rubia, como yo, pero mi pelo es lacio gracias a que lo heredé de mi padre, Felipe, del que no sé nada desde que llegué aquí. Y lo extrañaba, más en un día como hoy.

Así que, como estaba aburrida en el almacén y las chicas del burdel me consideraban una niña, me propuse espiarlas.

—¿Sabes quién vino esta mañana a verme? —preguntó Maica.
—Qué voy a saber si no me dices, ¿me ves cara de adivina? —contestó Olga.
—Joder, siempre igual... se me quitan las ganas de contarte algo...
—Lo siento, es que me jode no tener ingresos en todo el día, mientras las otras están siempre metidas en la cama con uno distinto.
—¿Y te crees que a mí no? Unas mierdas de pesetas que gané esta mañana y ya, ni una cochina perra más para comprar algo que echarme a la boca, así que deja de quejarte de una puñetera vez y escucha.
—Escucho, mi señor. —Olga se llevó a la mano a la frente e hizo el saludo militar.
—Muy bien. Esta mañana, mientras todas estabais en el lavadero, me vino a ver Paquito.
—¿Paquito?, ¿El muchacho de doña Carmita?
—El mismo. Traía un ramo de flores y una declaración de amor y todo, qué te crees, si hasta me emocioné y alguna lagrimita solté. Así que, aunque no le correspondo en sentimientos, me lo lleve al catre... y no veas con el Paquito... menuda pasión no llevaba encima, se notan los años de deseo reprimidos del chával. Un orgasmo tras otro, hasta tres tuve yo... él no sé, pero acabó que no podía levantarse sin marearse, la poca costumbre... yo creo que fue su primera vez.
—Pues vaya, pobrecito, no sé cómo pudiste cobrarle después de que te regalara flores y se te declarara.
—Olga, coño, que somos putas... aquí y en la China, las putas cobran siempre. A doña Carmita le sobran cuartos que a mí me hacen falta, si a través de Paquito puedo conseguir una mínima parte de la fortuna que le dejó su difunto marido, bien estará. ¿O no? No me seas remilgada, que es lo que hay.
—Si tienes razón, lo sabes... pero es que Paquito me da un sentimiento... es como un niño pequeño.
—Es un niño pequeño, ni dieciocho ha cumplido y ya se gasta las perras en putas. Pero no debes verlo como un crío, sino como un cliente. Aunque algo me dice, que a partir de ahora, el Paquito solo va a querer a la Maica.

Las chicas se levantaron a atender a otro grupo de hombres que venía comentando nuevas noticias sobre política que habían leído en el periódico. Gracias a esos periódicos, mi madre, una mujer de pueblo y sin recursos, y gracias también, a la paciencia de Juncal, ha logrado aprender a leer. Recuerdo la primera vez que vinimos aquí, en el letrero ponía claramente: Rosas, oro y diamantes. Total discreción. 24 horas de servicio. La pobre no reconoció sino los dos números en los que acertó al pensar que se trataba de un local que abría las veinticuatro horas, un bar para tomarnos algo, pensó en alto, y entramos. También recuerdo su cara de asombro al ver a un hombre festejar la llegada del año nuevo tocándole las tetas a una mujer, concretamente a Juncal, pero por ese entonces no conocíamos su nombre.

Juncal, Maica y Olga eran las tres prostitutas que menos se relacionaban con el resto. Las más cariñosas conmigo eran Chelo, Marianela y Fabiola, pero tanto eran cariñosas conmigo como con los clientes. Así que apenas estaban disponibles, pero eso no hacía del resto malas mujeres, solo competían por los hombres, porque Chelo, Marianela y Fabiola se pasaban el día atendiendo a barrigudos, bigotudos, calvos y sudorosos hombres en sus alcobas. Así que ellas disponían de los mejores trajes, de las mejores comidas, de los mejores peinados,... mientras las otras se peleaban por un puñado de pesetas que no llegaba ni para un plato de comida caliente.

A la noche todo estaba oscuro, solo quedaba un hombre borracho que no lograban sacar del local. Cuando Vega logró sacarlo con la ayuda de Juncal, cerramos el local y cenamos todas juntas. Entonces mi madre bajó de su habitación, se había aseado y traía el pelo mojado y las manos escondidas detrás de la espalda. Se dirigió a mí y antes de sentarse a la mesa, extendió el brazo y me dio algo envuelto en una manta. La abrí y descubrí una muñeca de trapo a la que llamé Merenguita (tenía poco ingenio de pequeña, ya que, en la mesa había merengues para comer y fue lo primero que vi). Me ilusioné cuando todas me cantaron el cumpleaños feliz y Vega se acercó a mí con otro regalo que habían hecho entre todas las chicas: un camisón amarillo con un sujetador de tela, mi primer sujetador.

Esa noche me fui a dormir con mi madre, después de que, como cada noche, ella cambiara las sábanas de su cama. Dormí abrazada a Merenguita y estrenando mi camisón. Hasta que de noche, las ganas de hacer pipi me despertaron y fui al baño sin encender ninguna luz y con mi muñeca en la mano. Para mi sorpresa, no era la única despierta. El servicio de 24 horas debía cumplirse, pues por la noche también había una importante fuente de ingresos. Y ahí estaba Chelo, encamada con Paquito, lo reconocí al instante y no pude evitar dar un salto hacia atrás del susto. No sé si el susto fue porque era la primera vez que veía a alguien hacer el amor, o porque se tratara de Paquito, el chico que decía estar enamorado de Maica.

A la mañana siguiente, como todas las mañanas, las chicas no pueden evitar fardar de la cantidad de hombres con los que se acuestan. Pocas veces, muy pocas, dicen los nombres de esas personas, pues la intimidad y discreción es algo importantísimo. Pero aquella mañana, Chelo estaba radiante, decía haberse enamorado, nada más y nada menos, que de Paquito.

Las miradas entre Maica y Olga se cruzaron al instante y la batalla estaba a punto de explotar ante nuestras narices.