26 de noviembre de 2012

Coconut - Epílogo

Había pasado muchísimo tiempo desde aquel día en la parada de taxis frente al Hotel Hanakee. Y había pasado mucho tiempo también desde que Ulani dejó de esperar.

Ahora Ulani era feliz con Phhoung, una guapa camboyana que había emigrado de su país hasta Nuku Hiva en busca de tranquilidad y un trabajo estable. Y lo encontró, ahora Ulani era la nueva encargada de las camareras y Phhoung su nueva camarera en prácticas.

Nada más comenzar demostró un gran dominio de las lenguas, era amable con los clientes, conocía también varios platos típicos de su tierra que Ulani le permitió integrar en el menú y cocinaba la masa del pan mejor que ella. Se podría decir que Phhoung, con no más de veintiún años, realizaba el trabajo de dos camareras juntas. Era increíble la rapidez con la trabajaba y la energía que le seguía sobrando al final del día. 

Esa energía y vitalidad era lo que había enamorado a Ulani, su larga melena negra, su piel tostada y sus ojos algo rasgados completaban el resto. Sin olvidarnos de su metro setenta y ocho y de su sonrisa perfecta. Pero, a pesar de que Ulani se había enamorado, luchar por el corazón de Phhoung era una tarea muy complicada, basándonos en que a ella le gustaban los hombres, sobretodo Ariki.

Ulani pasó una temporada enfadada con su hermano, cuando éste no tenía la culpa de nada, hasta que Ariki comenzó a insinuarle a Phhoung que conocía a alguien que estaba enamorada de ella. La pobre se quedó de piedra al saber que era una mujer y no un hombre y que, por tanto, no era él el que sentía algo por ella. Tardó semanas en asimilarlo, hasta que comenzó a sentirse atraída por la idea de gustarle a alguien de su mismo sexo. Habló con Ariki y él concertó una cita con su hermana, a escondidas.

Cuando Ulani llegó a la playa y vio a Phhoung casi se muere del susto, no podía creer lo que había hecho su hermano. Y Phhoung no podía creer que fuese su jefa la que estaba enamorada de ella. Hablaron esa tarde de muchas cosas, pero nunca de sus sentimientos. Y así la tarde siguiente, y la otra, y la otra... Y pasó un año entero hasta que Ulani reunió las fuerzas suficientes para declararse: si Phhoung aceptaba sería inmensamente feliz, pero si la rechazaba, no podría seguir siendo ni su amiga ni su jefa y acabaría mandando a Phhoung a otro hotel vecino con una carta de recomendación.

Phhoung no sabía nada de eso, hubiese sido mucha presión para ella saber que si no aceptaba sería despedida. Así que Ulani preparó una cena en su casa, mandó a sus hermanos a casa de unos amigos e invitó a Phhoung. La joven camboyana se quedó un rato mirando a los ojos a Ulani antes de sonreír y decirle que sí.

Esa noche fue la más intensa de todas las que la pareja pasaron juntas, porque fue su primera vez. Phhoung ya había estado con un chico en Camboya, pero nunca con una mujer. Y Ulani, en cambio, estaba más nerviosa porque para ella todo eso sí que era nuevo. Pero fue fácil, solo tuvieron que hacer lo que les apeteció hacer.

Phhoung estaba tímida, cohibida al principio, pero acabó devorando el cuerpo de Ulani, mordisqueando por aquí y por allá. Ulani se dejaba hacer mientras imaginaba cómo sería lo siguiente. Y lo siguiente fue que abrió sus piernas para dejarle paso a una lengua insaciable. Al principio había miedo y verguenza, luego fue desaparenciendo y solo quedaron las ganas de amarse la una a la otra. Llegó el turno de Ulani y con sus dedos separó los labios de la vagina de Phhoung para introducir lentamente su lengua y probar por primera vez el sabor de una mujer.

Hasta bien entrada la madrugada estuvieron ambas reconociendo el cuerpo de la otra en la oscuridad, amándose y entregándose como nunca. No se cansaban, no podían cansarse porque la curiosidad se lo impedía. La curiosidad de saber cómo sabes en la boca de la otra persona, de saber dónde tocar para producir mayor placer, con qué intensidad o a qué velocidad.

Eran la pareja perfecta, la pareja ideal. Y mientras, en Polonia, Jarek acompañaba a su mejor amiga al aeropuerto y le deseaba suerte en la tarea de encontrar a Ulani. Luego, Jarek, casado con Yvette, una mujer finesa dos años menor que él, salió del aeropuerto hacia la casa de sus padres a recoger a su primogénito Igor y visitar a Yvette en el hospital, ya que acababa de dar a luz a su segundo hijo: Yves.

Tal y como Morelia había prometido dos años y medio atrás, la casa en Papeete estaba lista. Los muebles eran traídos de la isla y las maletas de ropa y recuerdos serían enviados por correo ordinario. Su trabajo como arquitecta en Polonia había sido un éxito y estaba embarcada en un nuevo proyecto de un rascacielos en Varsovia y la casa de un millonario en una isla caribeña. Todos los papeles del proyecto los llevaba consigo y tenía una habitación expresamente habilitada para su trabajo. Pero no podía comenzar y centrarse sin coger un barco, ir a Nuku Hiva y visitar a Ulani.

La ahora larga melena rubia de Morelia apareció frente a Ulani mientras estaba supervisando a sus camareras en el comedor. Hablaron, sintieron de nuevo aquella conexión, lo que se conoce como química, aquella atracción mutua y desenfrenada. Pero sí que tenía freno: Phhoung. El amor que sentía Ulani por aquella chica mayor que ella era increíblemente superior a cualquier atracción física.

A punto de cumplir los veinte, Ulani era la encargada de cocina de uno de los mayores hoteles de la Polinesia francesa, llevaba casi un año con Phhoung y estaba feliz viviendo en una casa más grande con sus hermanos, con su pareja y la pareja de Ariki, Mahuru. Morelia fue lo que la impulsó a contar su homosexualidad, lo que la hizo sentirse cómoda siendo quien es, su primer amor y su primer desamor, pues hacía mucho tiempo que había dejado de soñar con ella para pasar a soñar con la mujer que tenía a su lado cada noche. 

Así que Morelia regresó a Papeete, terminó sus proyectos, se volvió millonaria gracias al rascacielos y a la casa del Caribe. Regresó sola a Polonia para conocer al tercer y último hijo de Jarek, una niña llamada Anahita, de la cuál era sería la madrina. Y sola también regresó a Papeete para vender su casa y comprarse otra en las afueras de Londres. Y fue ahí, donde en un bar, conoció a Brittany, con la que años más tarde adoptó a un niño de origen africano llamado Emeka.

Coconut - V Capítulo: Despedidas

Ulani recorrió las calles hasta su casa imaginándose lo que pasaría cuando Ariki le pidiera a Kupe que se fuera. Sabía que Kupe era capaz de cualquier cosa y tenía miedo de verse en la calle por no poder corresponder al amor de un patán como él.

Llegó a casa y ésta no tenía ninguna luz encendida, había un vaso de cristal roto en el suelo y huellas de barro por todo el salón. Supuso que el barro venía de la zona alta de la montaña, donde Ariki solía ir a practicar para sus rituales. Caminó hasta allí y se encontró a sus dos hermanos peleando con Kupe. Corrió a separarlos y acabó con una herida en el labio superior.

—¡Uli!, ¿estás bien? —preguntó Hori acercándose para levantarla del suelo.
—¿Por qué estáis peleando?
—¡Kupe quiere quitarnos la casa, Ulani! —gritó Ariki mientras esquivaba un puñetazo.
—¡Parad de pelearos!, ¡Paraad! —y todos obedecieron— Kupe, ya basta, sabes que no te quiero y que jamás vas a conseguir nada de mí. Entiéndelo, no me gustas, me gustan las mujeres... —la confesión dejó a Kupe boquiabierto.
—Lo dices para que me vayas...
—Lo digo porque es verdad y si lo piensas eso explicaría porqué nunca he querido ser tu novia ni la de ningún otro chico. De verdad, Kupe, no es mi intención herir tus sentimientos, pero no tienes ninguna posibilidad conmigo.
—Llevo años enamorado de ti y nunca me dijiste nada, podrías haberme ahorrado mucho dolor.
—Y podría haberme ahorrado yo el aguantarte, pero no lo hice porque no estaba preparada. Solo lo saben mis hermanos y desde hace muy poco. Por favor, vayamos a mi casa, te preparo algo de cenar y vuelves a tu casa con tus padres, ¿vale?
—No, no hace falta. Me marcharé ya mismo.

Kupe recogió su camiseta del suelo embarrado y se la colocó en el hombro mientras descendía por la montaña. Ariki, Hori y Ulani se abrazaron viendo cómo se iba y cuando empezó a llover, caminaron hasta su casa. Ulani agarrada del brazo de Ariki y dándole la mano a Hori.

Cenaron como cada noche, hablando de su trabajo, criticando a Inas y riendo a carcajadas. Se acordaron muchas veces de Kupe y se hizo el silencio. Luego Ulani, con la ayuda de Hori, recogió los cristales rotos y limpió las huellas de barro del suelo.

Al día siguiente, Ulani no tenía ganas de ir a la playa como cada mañana, así que durmió unas horas más hasta que Ariki la despertó. La primera vez en años, siempre era ella la que despertaba a sus hermanos. Ariki preparó el desayuno y Ulani se dejó consentir hasta que llegó al hotel y vio a Morelia salir de él con una maleta en la mano.

—Ulani, ¿estás bien?
—Sí, es solo que esa es la huesped de la que te hablé —le dijo a Ariki.
—Ve y despídete, ¡corre!

Ulani le hizo caso a su hermano y corrió hacia el taxi donde Morelia ya había metido dos maletas más.

—Así que esta es la última vez que nos vemos... —dijo Ulani acercándose.
—Ey, Ulani, ¿qué tal? Pues parece que sí.
—Me hubiese gustado tener más tiempo para hablar contigo.
—Puede que vuelva el año que viene, he visto que se están construyendo unas casas muy lujosas y caras en otra isla. Puede que ahorre un poco y me endeude para pagarla, pero me hace ilusión vivir aquí.
—¿En la Polinesia?
—Sí, muy cerca de Papeete, no recuerdo el nombre, pero las casas están dentro de la selva. ¿No es exótico?
—Lo es, supongo. Para mí es lo habitual.
—Claro, te has criado aquí... Ulani, no tengas miedo de ser quien eres. Olvídate de lo que puedan pensar de ti y vive tu vida feliz, hazlo por mí. Puede que nos veamos antes de lo que te imaginas.
—No tengo número de teléfono en mi casa, pero cuando vuelvas, podrías llamar al hotel y preguntar por mí. Yo lo cogeré y sabré que vienes a verme.
—No necesitas un teléfono, ya te digo yo que vendré a verte y seguramente a quedarme aquí, en una de estas islas.
—Pues entonces, hasta pronto.
—¡Hasta pronto, Ulani!

Ulani se dio media vuelta para dejar a Morelia subir al taxi e irse, pero Morelia volvió a llamarla y cuando Ulani se dio la vuelta, la tenía justo delante. Morelia le agarró la cara y se acercó a su boca. Las manos de ambas entrelazaron sus dedos con la melena de la otra, sus lenguas jugaban tímidas y sus cuerpos, lo más cerca posible, sentían el calor del otro. Aproximadamente un minuto después, Morelia se retiró avergonzada por su atrevimiento, pero Ulani sonrió y entonces ella también. Sin decir una sola palabra más, Morelia se metió en el taxi a esperar a Jarek y Ulani entró en el hotel con una sonrisa enorme. Se metió en la cocina y cocinó hasta la noche sin quejarse ni levantar la mirada. Ensimismada recordando su primer beso.

22 de noviembre de 2012

Rosas, oro y diamantes - Introducción

En 1981, en un pueblo madrileño casi desconocido, muy alejado de las calles más transitadas y lujosas, se encuentra "Rosas, oro y diamantes", el burdel donde cada día acuden hombres de todas partes de España. Allí trabajan varias mujeres, cada una diferente a la anterior. Por un lado tenemos a Vega, la jefa y la más madura, ella se encarga de satisfacer a los más exigentes. Por un lado tenemos a Chelo, Marianela y Fabiola, tres mujeres de distintas edades y distintos orígenes que el destino ha reunido para realizar el mismo trabajo. Las tres son algo inexpertas todavía, pero aprenden rápido y se ganan la confianza de Vega. Pero no todas las que trabajan allí son buenas chicas que tienen que prostituirse para tener algo que comer, hay algunas que lo necesitan tanto que fingen ser lo que no son para conseguir más clientes y poder, no solo comer, sino sobrevivir. Es el caso de Juncal, Maica y Olga

La historia de estas siete mujeres, nos la cuenta Celia, una niña de ocho años que es llevada al burdel por su madre Elena. Elena va buscando trabajo como sirvienta, pues no sabe leer y cree que Rosas, oro y diamantes es simplemente un bar. Nada más entrar, madre e hija se dan cuenta del lugar en el que se han metido y Elena sale huyendo de allí, pero Felipe, el padre de Celia, quiere llevarse a su hija con él si Elena no es capaz de cuidarla. 

Así que Elena vuelve al lupanar y así comienza una historia de secretos, mentiras, amores y desamores, engaños, infidelidades, mucha resignación y muchas lágrimas, contada desde el punto de vista inocente de una niña que crece demasiado deprisa.


A partir de ahora y para abreviar, me referiré a la novela como ROD.Rosas, oro y diamantes (R.O.D)

11 de noviembre de 2012

Coconut - IV Capítulo: Decepciones

Ulani se separó de su hermano con discreción diciendo que tenía que ir al baño antes de ponerse a trabajar. Ariki no le prestó interés y también se alejó para ponerse a trabajar. Pero Ulani no quería ir al baño ni mucho menos, lo que buscaba era subir las escaleras del hotel hasta la segunda planta y llegar arriba antes que el ascensor, o por lo menos antes de que Morelia llegara a su habitación.

Abrió la puerta de las escaleras y comenzó su carrera, pero alguien la llamó desde abajo, una voz que le sonaba demasiado familiar: Inas. Ulani se giró, desesperanzada y enfadada con el mundo por no permitirle que pudiera hablar con Morelia, por lo menos una vez antes de que se marchara de nuevo a Polonia.

—Sí, Inas, ¿qué ocurre? —preguntó Ulani con un tono de voz calmado y seguro.
—¿Cómo que qué ocurre? Ha faltado esta mañana a trabajar, justo cuando más trabajo teníamos, he tenido que ponerme yo a reponer bandejas. Quién lo diría, la encargada convertida en una vulgar camarera.
—Qué rápido se te olvida que si has llegado a ser la encargada fue porque primero fuiste camarera durante más años que yo y mis compañeras juntos. Y siento si había mucha gente en el comedor, me encontraba mal esta mañana y he preferido quedarme en casa hasta recuperarme un poco.
—Podrías haber avisado, estábamos preocupados.
—De mis compañeras me lo creo, pero no digas estábamos si lo único que te preocupó fue tener que hacer de camarera unas horas. Y ahora, si me disculpas, tengo que ir a hablar con mi hermano Hori antes de volver al trabajo.
—No puedes, tenemos prisa. Hay que reponer todas las bandejas del almuerzo.
—Pero...
—He dicho que no puedes, vamos date prisa.
—Sí, Inas.

Ulani caminó detrás de Inas hasta la cocina y, al pasar por delante del comedor, Jarek pudo fijarse en ella y reconocerla. Pero Ulani no lo vio. Siguió caminando y saludó a sus compañeras antes de ponerse a fregar platos, freír, moler, picar, rallar y cortar comida. Sus manos no pararon de trabajar para compensar a sus amigas por haber faltado esa mañana y para tener más tiempo libre al final del día y poder subir a la habitación de Morelia.

Se quedó sin aliento después de amasar, lo recuperó asomando la cabeza unos segundos por la ventana y volvió con la masa del pan. La harina se le metía bajo las uñas, se le pegaba a la ropa y al pelo, y, de vez en cuando, por la nariz. Haciéndola estornudar a cada rato. Odiaba preparar el pan, igual que lo odiaban sus compañeras, pero hoy le tocó a ella. Le dio forma a la mesa cuando estuvo preparada y luego la metió en el horno. En total, más de cien panecillos. Algunos se comerían hoy, otros habría que volvernos a meter al horno para tostarlos y rallarlos al día siguiente.

Se lavó las manos antes de empezar a preparar flanes y postres variados, miró el reloj y vio que solo le quedaban unos minutos para salir de aquel infierno. Cuando volvió a levantar la vista, una compañera apareció con los platos que quedaban por fregar de la cena. Inas se acercó y le pidió a Ulani que lo hiciera, que el frío del agua al fregar los platos la despertaría y que para hablar con Hori ya tendría tiempo en su casa, que para algo eran hermanos y vivían juntos. Ulani se mordió la lengua deseando decirle todo lo que pensaba, pero se controló y lavó los platos sin rechistar. Cuando acabó con todo se tocó las manos y se dio cuenta de que no las sentía, las tenía tan congeladas que era incapaz de hacer algo más.

Estaba sola en la cocina, así que dejó el delantal manchado de harina, mojado del agua y del jabón de los platos sobre la mesa y corrió hacia el ascensor. Se arregló el pelo en el espejo y se dio cuenta de que no había comido nada en todo el día.

Cuando llegó a la segunda planta, se acercó a la habitación 206 y se lo pensó unos minutos antes de tocar la puerta. Finalmente lo hizo y abrió la guapísima Morelia con la cara desencajada al ver que no era Jarek el que tocaba la puerta, sino la joven y guapa camarera que la había atendido...

—H-hola —saludó Morelia.
—Hola, soy Ulani, hace dos noches te serví la cena a ti y a tu amigo y... bueno, escuché todo lo que hablasteis.
—Pasa —Morelia se apartó de la puerta y la cerro cuando Ulani hubo entrado— ¿Cómo pudiste entendernos si hablábamos polaco? —Morelia hablaba ahora en inglés.
—Porque he estudiado varias lenguas europeas usando los libros de una pequeña biblioteca del hotel y... luego practico con los clientes y aprendo mucho más.
—Vaya, pues siento que hayas tenido que escucharlo todo... fue una conversación muy embarazosa.
—Lo sé, por eso estoy aquí.
—Explícate, no lo entiendo.
—Lo último que le dijiste a tu amigo, antes de salir corriendo, quería preguntarte sobre eso.
—¿Qué eres? Una cotilla, una chismosa, ¿es eso?
—¡No! Verás, yo... es que...
—No tengo toda la noche, me gustaría terminar de preparar mi equipaje, si no es mucha molestia.
—¿Cuándo te vas?
—Mañana a primera hora, ¿por qué me lo preguntas?, ¿qué importancia tiene eso para ti?, y ¿qué querías el otro día cuando viniste a buscarme a mi habitación y mi amigo te dijo que no estaba?
—Solo quería hablar contigo... —Ulani tenía la voz apagada, estaba intimidada.
—Pues ahora puedes hablar...
—Yo... yo soy como tú.
—¿Cómo yo?
—Sí, como eso que le dijiste a tu amigo...
—¿Pero qué dices? Si te he visto llegar esta tarde del brazo de tu novio o amiguito —pronunció esta última palabra como un reproche a la pobre Ulani.
—¿Con Ariki?
—Como se llame ese musculitos sin camisa...
—No es un musculitos sin camisa, se llama Ariki y es mi hermano mayor —a Morelia le cambió la expresión de la cara.
—¿Tu hermano mayor?, ¿de verdad?
—Sí.
—Lo siento, no sabía nada. Siéntate —Morelia le ofreció asiento en el sofá del salón— ¿qué querías hablar conmigo, Ulani? —A Ulani le sorprendió que recordase su nombre—. Me dejaste intrigada.
—Ni yo misma lo sé, estaba confundida... mis hermanos no sabían nada sobre... ya sabes qué... hasta hace muy poco y estaba angustiada y preocupada porque no sabía cómo se lo iban a tomar.
—¿Y cómo se lo han tomado?
—Bien, Ariki un poco sorprendido al principio, pero mi hermano pequeño Hori se lo ha tomado bien. Ni siquiera estoy segura de si sabe lo que significa, es pequeño, solo tiene trece años.
—¿Y tú qué edad tienes?
—Diecisiete —Ulani agachó la cabeza avergonzada.
—Bueno, yo tengo veintitrés —en ese momento se oyó abrirse la puerta de la habitación y Ulani se levantó de inmediato.

Era Jarek que acababa de subir de ver las estrellas tumbado en una hamaca aprovechando que la lluvía había parado. Ulani pasó por su lado y se despidió de ambos antes de salir corriendo del hotel para ir a su casa a contarle a sus hermanos lo que había pasado, emocionada y feliz, antes de acordarse de que Kupe seguía allí, como una molesta pulga. Y antes de recordar también que Morelia partiría a la mañana siguiente.

8 de noviembre de 2012

Coconut - III Capítulo: Visita

El sol comenzaba a salir como cada mañana y Ulani seguía en el agua bañándose entre la espuma de las olas y observando las siluetas de las palmeras sobre el agua. Descansaba su cuerpo sobre el agua y se relajaba cerrando los ojos y dejando que la corriente se la llevara y la volviera a traer con maestría. A lo lejos escuchó el motor de un barco y se puso alerta, muchas veces los barcos pasaban por esa playa con turistas. Pero este no era un barco de turistas, era un barco que venía de la capital Papeete con nativos de la isla.

El barco pasó de largo y se dirigió al puerto, pero ella no tenía ganas de irse de la playa, de desayunar y volverse a poner el uniforme de todas las mañanas, simplemente porque estaba todavía asimilando todo lo que había pasado la noche anterior en el comedor del hotel, en la habitación 206, en recepción con Ariki y luego en su casa con Hori, que también se enteró de su condición sexual gracias a la ayuda de Ariki. Había sido demasiado para una sola tarde, muchos sentimientos encontrados que llevaba años ocultando y que no sabía cómo manejar.

Un grito la sacó de sus pensamientos y se dio la vuelta. En la orilla vio a su hermano Hori llamándola con una sonrisa y diciendo que saliera corriendo del agua. Entonces llegó detrás Ariki. Y no tuvo más remedio que salir del agua para saber qué pasaba.

—Vas a llegar tarde al hotel e Inas se va a enfadar, ya sabes cómo es.
—Llevo siete años llegando puntual y siendo la mejor camarera, creo que merezco un descanso, ¿no?
—Pero si no avisas Inas no...
—¡Inas!, ¡Inas!, ¡Inas! Haga lo que haga esa mujer siempre se enfadará conmigo o con otra camarera "la sopa está demasiado caliente", "el pollo demasiado frío", "los platos no están bien limpios", "¿quién fue la inútil que dejó la bandeja de macarrones sin reponer?", y así siempre.
—Uli, ¿te encuentras bien?
—Perfectamente. Nunca me había sentido tan liberada... tan... yo. Y ahora quiero estar sola, por favor.
—Claro... diremos que estás enferma.
—No Hori, no digas nada. Si te preguntan no respondas, solo di que no sabes.
—Vámonos, Hori. Uli necesita estar sola hoy.
—Gracias, Ariki.

Ulani volvió al agua donde pasó unos treinta minutos más disfrutando del sol que empezaba a calentar su piel tostada, dejando que el agua moviera su larga melena negra como la noche y dejando que sus miedos se escaparan... volviendo a nacer. Pero como si el mundo se empeñara en no dejarla ser feliz ni un día, el cielo se volvió gris y el viento trajo consigo unas nubes negras que empezaron a soltar todo el agua en forma casi  de diluvio. El frío la hizo volver en sí, y salió a la orilla, quería estar sola y relajarse, pero tampoco quería enfermar. Así que decidió volver a casa.

Mientras tanto, Morelia hacía las maletas para regresar a Polonia a la mañana siguiente. Jarek había amanecido con resaca y estaba en el baño vomitando y quejándose del dolor de cabeza, pero al menos ya no estaba molesto con ella. Ahora la comprendía y había logrado empezar a perdonarla, con suerte en unos días volverían a ser amigos y a olvidar todo lo que pasó en Nuku Hiva. Esa mañana Morelia no paraba de recordar las palabras de Jarek sobre Ulani. Tenía ganas de saber qué quería esa joven camarera y de conocerla mejor, así que se dio prisa en bajar a desayunar dejando a Jarek solo con sus dolores.

Llegó al comedor, buscó una mesa, dejó su bolso en ella y se acercó a las bandejas de comida. Unas tostadas con mermelada, un zumo de naranja, leche con cereales, un café y una magdalena. Mientras cogía la comida miraba las puertas de la cocina abrirse y cerrarse e intentaba buscar a Ulani, pero no la encontraba. Fue a su mesa y desayunó lento, dándole tiempo a Ulani de salir de la cocina, de llegar de algún otro lado y aparecer. Pero nada, así que después de rellenar el zumo de naranja unas tres veces para hacer todavía más tiempo, la cola de huéspedes hambrientos empezó a impacientarse porque no tenían mesa y tuvo que irse.

La soledad de su casa la hacía sentir incómoda, como una extraña, pero a la vez le gustaba esa sensación de paz. Pero de nuevo el mundo quiso arruinarle su día perfecto y alguien llamó a la puerta.

—¿Kupe? —Ulani se quedó boquiabierta del susto.
—Hola, Ulani ¿cómo estás? —Kupe entró a la casa con una maleta enorme—. Espero que no te importe que me quede aquí unos días, ¿verdad? Estoy tan cansado, ¿me sirves un vaso de agua? —preguntó mientras se sentaba en una silla de mimbre—. Te noto desmejorada, ¿has comido bien Ulani mía? Mira que no quiero novias flacuchas, eh —Ulani seguía sin moverse—. Bueno, y mi vaso de agua... ¿para cuándo?
—¿Qué haces aquí, Kupe?
—¡Venir a visitarte!
—¿La última vez no te dejé bien claro que no quería saber nada de ti?
—La última vez estábamos todos un poco tensos, ¿no crees? He venido a darte otra oportunidad porque sé que, en el fondo, tú me quieres Ulani...
—Claro que te quiero, Kupe, pero bajo tierra... Vete de mi casa ya mismo o llamaré a la policía.
—Vamos Ulani, la policía no hará nada, ya les conoces... esos solo se preocupan de los turistas y a nosotros nos tratan como parias —Kupe tenía razón, además, si a los nativos los trataban como parias, a las mujeres mucho peor... por ser polinesias y por ser mujeres.
—No tengo ganas de discutir, es mejor que te vayas por las buenas Kupe o...
—¿O qué?
—O será Ariki el que te eche de aquí a patadas.
—¿Tu hermano? Pero si ellos me adoran...
—No, ya no. Hori sabe que te hiciste su amigo por puro interés y está dolido contigo desde entonces y Ariki me defendería con los ojos cerrados hasta de él mismo. Nos queremos, nos protegemos los unos a los otros y saben que no me caes nada bien, así que no tendrán problemas en echarte de aquí a patadas.
—Vale, supongamos que me echan... ¿sabes qué podría hacer si lo intentan?
—¿Qué?
—Mi familia es rica, Ulani... podría comprar esta mierda de chabola en la que vives, podría comprar la de tus vecinos y amigos, y dejarles en la calle. Podría hacer lo que me dé la gana, porque puedo.
—Mi abuela decía que la gente de mal corazón y pobre es capaz de hacer cosas terribles, pero que la gente de mal corazón y rica provoca catástrofes por mero orgullo.
—Pues tu abuela no se equivocaba, ahora, ¿me sirves un vaso de agua, preciosa?

Ulani se giró para ir a la cocina a buscar el vaso con agua y Kupe sonrió al verla con el bikini empapado y con el pelo mojado pegado a la espalda. Recordó la primera vez que la vio saliendo del mar una mañana que había ido con su padre a la playa. Ulani era mucho más pequeña, pero igual de bonita. Y desde entonces investigó hasta saber que era hermana de Hori y se hizo amigo suyo para estar más cerca de Ulani. Cuando regresó al verano siguiente, Ulani vivía en otra casa, trabajaba en el hotel y apenas pasaba tiempo en la playa. Salvo al alba, cuando todavía no había salido el sol y no tenía que ir a trabajar. Así que comenzó a acosarla cada mañana.

Pero ahora Kupe se había cansado de espiarla mientras se bañaba en el mar o recogía caracoles en la orilla, quería besarla y atraparla entre sus brazos. Y Ulani no se lo pondría fácil, no porque él no insistiera, sino porque solo la idea de acostarse con un hombre o, peor aún, con un hombre tan despreciable como Kupe, le provocaba náuseas.

Ulani volvió con el vaso de agua y Kupe la agarró del brazo para que se sentara a su lado. Ulani se sentó, pero no le miró, solo podía mirar la puerta deseando salir por ella y no volver al lado de Kupe. Pero él la agarró por la cara y le dio un beso en los labios, Ulani se resistió y tiró de su cuello hacia atrás, pero Kupe no la soltaba y la seguía besando con fuerza.

En ese momento llegó Ariki, empapado y sin camiseta. Abrió la puerta y se encontró de frente con su hermana y con Kupe.

Mientras tanto, en el hotel, Morelia pasaba el rato leyendo revistas en una de las mesas de recepción, ya que la lluvia le impedía bañarse en la piscina o pasear fuera del hotel para conocer Nuku Hiva. Jarek se había recuperado de su resaca y preparaba su maleta para irse de nuevo a Polonia a la mañana siguiente junto con Morelia. En ese momento Morelia volvió a recordar a Ulani. Morena, de estatura media, con el pelo largo y negro como la noche y los ojos almendrados y brillantes. Se quedó mirando la revista, pero sin leerla, pensando en ella y en cómo sería su vida.

—Llevas leyendo la misma página más de cinco minutos, ¿te encuentras bien? —dijo Jarek acercándose.
—Eh... sí —Morelia se acomodó en el asiento y dejó la revista sobre la mesa—. Pensaba en tonterías, ¿tú cómo sigues de la resaca?
—Apenas tengo, los medicamentos que me diste hicieron milagros.
—Me alegro... —Morelia bajó la mirada.
—Oye, ¿qué eran esas tonterías en las que pensabas? Te encuentro como triste... apagada.
—No sé, estoy un poco rara... lo siento —Morelia hizo el amago de levantarse.
—Morel —así la llamaba Jarek de vez en cuando— es normal que te sientas un poco incómoda después de confesarme algo que llevabas tanto tiempo ocultando. Y por mí puedes estar tranquila, viajaré mañana a Polonia solo y tú puedes quedarte aquí unos días más antes de volver con los conservadores de tus padres.
—No me lo recuerdes, ¿quieres? De solo imaginar que mis padres se puedan enterar de esto... se me pone la piel de gallina. Ellos nunca aceptarán que quiera a una mujer, nunca. Y si no me caso pronto con un hombre, comenzarán a sospechar... ya sabes cómo es nuestro pueblo.
—Nuestro país entero es así, solo en algunos lugares podrías hablar de tu homosexualidad con libertad, pero tendrías que estar constantemente alerta.
—Lo sé, ¿crees que no llevo toda mi vida en alerta?
—Oye, Morel... ¿desde cuándo sabes que eres... ya sabes, homosexual?
—Desde los trece... cuando conocí a una compañera de clase que se sentaba siempre a mi lado. Un día faltó a clase y la eché tanto de menos que me asusté. Luego comprendí el porqué.
—Te habías enamorado de ella...
—Totalmente. Fue mi primer amor y con quién descubrí mi homosexualidad. Pues, un día, éramos tan amigas, que quedamos en su casa y... cosas de niñas, dirían algunos... pero nos besamos.
—¿Qué ocurrió después?
—Que ella se lo tomó como un ensayo para luego besar al chico del que estaba enamorada y yo no. A mí me gustó, yo quería más. Desde entonces he estado ocultando mis verdaderos deseos.
—Aquí no tienes por qué hacerlo, Morelia. Aquí eres libre y nadie te conoce.
—¿Por cuánto tiempo?, ¿cuánto tiempo podré seguir aquí de vacaciones? Este hotel es muy caro y no puedo permitírmelo mucho más tiempo. Tendré que volver a casa y fingir como lo llevo haciendo siempre.
—No necesariamente... este lugar es caro, sí, pero podrías buscar otro país igual de lejano y más asequible a tu bolsillo. Buscar un trabajo con el que mantenerte y conocer a gente que te respete y valore tal y como eres y, quién sabe, quizá también a alguien que te ame.
—Suena bien —A Morelia se le dibujo una sonrisa en la cara.
—Piénsalo, yo voy al comedor que tengo mucha hambre.
—Yo ya he comido, gracias por hablar conmigo, Jarek.
—Siempre estaré para escucharte.

Jarek se levantó y Morelia lo siguió con la mirada hasta que se perdió entre la gente. Luego vio una melena negra con un delantal blanco que llegaba acompañada de un chico alto, moreno y atlético. Eran Ulani y Ariki. Su corazón se paró por unas milésimas de segundo del susto, de la emoción contenida, de la rabia y del dolor al verla con su novio... ella se había hecho ilusiones, ilusiones estúpidas pues esa camarera jamás se fijaría en ella. Pero Morelia estaba equivocada y Ulani la vio levantarse de la mesa y correr al ascensor.