29 de abril de 2012

Red Velvet - Introducción

Carla era una preciosa mujer brasileña de piel morena y pelo rizado. Sus estudios la habían llevado a ser una gran médico, pero debido a su condición de mujer, no era del todo bien recibida en ciertos hospitales. Un día decidió que no quería dedicarse a la medicina en un ambiente hostil donde no la dejaban crecer como profesional y decidió irse a ejercer su profesión como médico rural en un barrio pobre de Brasil.

Agus era un chico con problemas, a punto de ser condenado por robo y con una familia que le adora, pero con la que no se lleva bien. Agus lo único que quería era sobrevivir en ese mundo en el que le había tocado vivir. Él quería ser rico, ser importante y no tener que robar para comer. Pero la vida no le había sonreído nunca. Nunca hasta que se encontró con Carla.

Tropical fantasy - I Capítulo: Traicionados

Nueva York.

Era primavera, en un austero estudio de Nueva York. Ethan estaba esperando una importantísima llamada que podría llevarle a la fama por la que tanto había luchado desde que su amigo Logan lo traicionó. Sus pinturas estaban por todas partes, había cuadros hasta en el baño. Ethan tenía imaginación de sobra y era capaz de imaginarse distintas situaciones que pintar, distintos paisajes neoyorquinos que plasmar en un bonito cuadro y sobretodo, tenía modelos preciosas a las que retratar. Su pasión había sido siempre pintar.

Ethan se sobresaltó al escuchar el teléfono sonar. Era la llamada que estaba esperando, de un hombre llamado Tom.

—Con este trabajo conseguirás la fama que deseas, serás un pintor de renombre.
—¿Y si algo sale mal?
—Deja las paranoias, Ethan. Nos jugamos mucho con esto.
—Lo siento, lo de mi amigo todavía me tiene nervioso.
—Es normal, ese amigo tuyo hizo pasar por suyos todos tus trabajos y ahora temes de todo aquel que quiera ser tu socio. Pero en mí puedes confiar.
—Lo sé, Tom. Gracias por querer ayudarme.
—Bueno, a mí me ayudaron cuando quise darme a conocer en el mundo de la fotografía, ahora quiero hacer lo mismo yo contigo.
—No te defraudaré.
—Ya lo sé, tienes talento de sobra.
—¿Entonces cuando firmo?
—Esta misma tarde tendré todo preparado y en una semana salimos a Miami.

Ese trabajo no iba a ser nada difícil para Ethan. Solo debía dejarse fotografiar por Tom. Ethan llevaba años buscando la fama y cuando su mejor amigo Logan triunfó haciendo pasar por suyos los cuadros de Ethan, lo entendió todo. Su amigo no había tenido inconvenientes en dejarse ver por las cámaras, en dejarse fotografiar como el gran pintor que no era. Había conseguido vender una imagen y no un cuadro, y esa imagen fue lo que le llevó a la fama, aunque fuera por unos días.

Cuando Ethan reveló a la prensa que Logan era un estafador, tuvo que luchar para que le creyeran y una vez conseguido, se esfumó. Ese podría haber sido su momento, pero la rabia y la decepción que llevaba por dentro se lo impidió. Maldijo el día en el que confió en Logan delante de las cámaras de televisión y se dio media vuelta dando de qué hablar a la prensa durante días, hasta que se cansaron y se olvidaron de él.


Pero ahora Ethan había cambiado al conocer a Tom. Él le estaba ayudando a superar esa decepción que sentía y lo más importante, le estaba dando oportunidades para darse a conocer en galerías de arte donde él tenía influencia gracias a sus fotografías. Y ahora le daba la oportunidad de darse a conocer en una revista de moda. Pero Ethan no era el único al que Tom ayudaba.

Carolina del Sur.

Chloé caminaba entre los árboles del denso bosque que rodeaba su casa. Amaba la naturaleza y vivir en contacto con ella, eso es algo que había aprendido de su padre. Se quitó la ropa para meterse en un pequeño lago que había a unos pocos kilómetros de su casa. El contacto con el agua fría la despertó por completo, a pesar de ser muy temprano. De repente su cabeza comenzó a recordar todo lo que Chloé había estado queriendo olvidar todo este tiempo. Pero era el momento, llevaba posponiendo eso mucho tiempo y ya era hora de pensar en que su novio no era el príncipe azul del que se había enamorado. Era hora de superarlo y entonces, dejó de ocultar en un rincón de su pensamiento esos recuerdos y los dejó escapar para revivir esos momentos.

Poco a poco comenzó a recordar el momento en el que había comenzado todo. Cuando paseaba de la mano por ese mismo lago con su novio Nathan y decidieron darse un baño desnudos. Chloé dejó que Nathan la fotografiara con la completa seguridad de que esas imágenes jamás verían la luz. No dejó que ninguna parte de su cuerpo se quedara sin fotografiar y Nathan se encargó de que así fuera.

Luego recordó cómo una mañana se levantó y al entrar en Internet para hablar con sus amigas, éstas le dijeron lo que había pasado. Chloé no podía creérselo y entró ella misma en la red social en la que sus amigas le habían dicho que estaban las fotos. Y, efectivamente, todas las fotos estaban colgadas en esa red social pública con su nombre y apellido al lado.

De repente el rechazo de sus padres y las palabras de desaprobación y decepción le vinieron a la cabeza como bofetadas. Era lo que más le dolía, que sus padres no la hubieran apoyado. Suficiente había sido perder toda oportunidad de trabajar en una gran agencia de modelos como siempre había querido y que encima el culpable haya sido su novio, como para que también sus padres le dieran la espalda. Sin contar con que medio mundo la había visto totalmente desnuda. Pero quién no le dio nunca la espalda fue Tom, el fotógrafo con el que estaba trabajando en aquella época, que al enterarse la había llamado para ayudarla.

El móvil de Chloé sonaba mientras ella seguía sumida en sus recuerdos. Salió del agua después de una hora y se fue andando a casa. Cuando llegó vio que tenía tres llamadas perdidas de Tom y decidió llamarle ella para ver qué quería.

—¡Cariño! —exclamó Tom igual de cariñoso que siempre.
—Hola, ¿dónde estás?
—En Nueva York.
—¿Nueva York?, ¿Y a mí me dejas aquí?
—No estoy de vacaciones, estaba hablando con alguien muy importante para nuestro trabajo de la semana que viene.
—Es verdad, en Miami. ¿Con quién hablabas?
—Ya lo conocerás, ahora escucha: en una hora más o menos llegará un señor a tu casa con el contrato. ¿Lo firmarás?
—¡Claro, Tom!
—Bien, nos vemos la semana que viene en Miami.

Una semana después

—Me llamo Chloé. —dijo ella sonriendo ampliamente.
—Yo soy Ethan. —dijo él acercándose para darle dos besos.
—¡Veo que ya os conocéis! —exclamó Tom desde la puerta.
—¡Tom! —gritó Chloé mientras corría a saludarlo.
—¿Lo conoces?
—¡Qué pregunta más tonta, Ethan! Si Chloé es mi modelo preferida...
—Voy a posar hoy para él, ¿y tú de qué lo conoces?
—Yo también voy a posar para él hoy...

17 de abril de 2012

Rexnata - Epílogo

La ciudad en la que se encuentra ahora Renata no se parece en nada a lo que había visto hasta ahora. Los muros de las casas estaban agrietados y parecía que pronto se iban a caer. Muchas de las carreteras no estaban asfaltadas y había niños jugando en una plaza con una pelota hecha de papel y cinta adhesiva. El paisaje era desolador, miraras donde miraras, solo se veía pobreza. Así era el pueblo dónde se crió Fran y donde todavía siguen viviendo sus padres.

Ese viaje tan poco romántico lo habían hecho con la esperanza de convercer a Julio y Paca, los padres de Fran. Eran unos señores muy amables y cariñosos. Estaban encantados al ver a su hijo con una pareja estable como Renata. Pero temían abandonar el lugar que les había visto nacer a ellos y a sus hijos para ir a otro lugar, según ellos, peor. Pero Fran logró convencerles de que hicieran un viaje de visita a España y que luego ya decidirían qué hacer. Y así los padres de Fran, por fin aceptaron.

Había pasado cinco años ya desde que Fran y Renata se habían vuelto a ver. Cinco años también que Renata trabaja como dependienta en una tienda de cosméticos y cinco años también que Fran y Renata son padres.

Todo ocurrió muy rápido. Renata viajó con su madre a Madrid para operarla y después de tres semanas allí, volvió con su madre totalmente recuperada. El dinero había servido no solo para la operación sino también para una intensa rehabilitación. La pobre Natalia ahora podía caminar y tener la vida que el accidente de tráfico le robó. Sobraba tanto dinero que Renata dividió su parte con Thaïs, como lo hacía en el local.

Thaïs, ganó el juicio por la custodia de su hijo y se mudó de casa para que su ex marido no la volviera a molestar. Con la ayuda de Rex, consiguió trabajo como recepcionista en un hotel de la cuidad en el que ganaba lo suficiente como para dejar el negocio de Pam.

Renata se fue a vivir a casa de Fran, que era mucho más grande y bonita. Adaptaron la habitación de invitados para un niño y se sorprendieron al ver en la ecografía a una niña con abundante pelo negro.

El aeropuerto estaba repleto de gente, Renata se ponía tensa al estar rodeada de tantas personas, pero su avión despegaba en veinte minutos, así que afortunadamente, entraron en el avión y esperaron dentro. Ninguno de los cuatro llevaba equipaje. Renata y Fran solo habían ido para convercer a Julio y a Paca, y éstos últimos eran tan pobres que no tenían sino la ropa que llevaban puesta y poco más que Fran no les dejó llevar con la promesa de que en España podrían comprarse todo lo que quisieran.

Cuando el avión despegó, los padres de Fran se dieron la mano y se miraron asustados. Nunca habían estado en un avión. Fran les miraba desde su asiento mientras se acomodaba para ver una película en unas pequeñas pantallas que colgaban del techo del avión.

Mientras tanto, en España, los padres de Renata cuidaban de su nieta con el mismo cariño que en su día le dieron a su hija. La pequeña Elena era una niña bastante inteligente y divertida. Le encantaba jugar y pintar, como a todos los niños, pero no todos hablaban con tanta soltura como ella. A sus cinco años, era un encanto.

Enrique le preparó a su nieta y a su mujer un plato de comida exquisito. Preparó la mesa y les sirvió como si de un camarero profesional se tratara. Natalia estaba encantada al ver a su marido feliz de nuevo. La operación no solo le había devuelto la vida a Natalia, también a él que al ver a su mujer caminando de nuevo, a su hija casada y convertida en una madre ejemplar y a su nietita creciendo a una velocidad tan pasmosa, no podía dejar de sentirse vivo de nuevo.

El avión sobrevolaba Barcelona. Ya estaban cerca. Unos minutos más y Renata estaría reunida de nuevo con sus padres y su hija. Y Fran podría al fin presentarle a sus padres a la pequeña Elena. Llamada así en honor a una hermana pequeña que tuvo Fran y que murió poco antes de que él viajara por primera vez a España en un atraco a mano armada en mitad de la plaza en la que jugaban aquellos niños con una pelota de papel y cinta adhesiva.

—¡Renata!  —gritó Natalia sacudiéndo los brazos.
—¡Mamá!  —Renata corrió hacia su madre y la abrazó tiernamente.
—¡Papá, mamá!  —dijo Fran dirigiéndose a sus padres. —Estos son mis suegros: Natalia y Enrique. Y esta, esta es Elena, mi hija.

Los padres de Fran cogieron a la niña en brazos y miraron su pelo negro y rizado como el de Renata y sus ojos abiertos y sinceros como los que tenía su hija Elena. Las lágrimas se contagiaron al resto y al final la única que no lloraba era la pequeña Elena que los miraba a todos desconcertada.

—Vámonos a casa. Enrique preparó comida para un regimiento. —dijo Natalia.
—Pues vamos, entonces. —concluyó Renata, cogiendo a su hija en brazos y dándole la mano a Fran mientras caminaban hacia la puerta de salida.

15 de abril de 2012

Rexnata - V Capítulo: Millonaria

[Capítulo final]

El sol no había salido todavía cuando Rex se despertó por su dolor de cabeza. Se incorporó en la cama y salió de ella con cuidado para no despertar a Fran. Fue a la cocina y se calentó una infusión de té rojo para tomárselo junto con más calmantes. Se fue al sofá mientras la infusión se calentaba en el microondas y allí vio que el número de su casa tenía llamadas perdidas. Eran todas de Martina, a excepción de una que era de Thaïs. Rex se levantó al escuchar el pitido del microondas y lo sacó con cuidado para no quemarse las yemas de los dedos. Le echó azúcar y se tomó los calmantes. Volvió al sofá para llamar a Thaïs, sin percatarse de que eran las seis de la mañana.

—Rex, ¿estás bien?
—Sí, gracias por preocuparte.
—Quise pasarme por el hospital después de haber ido a recoger a mi niño al colegio, pero no pude.
—¿Qué pasó?
—Mi ex marido, me robó, Rex. Me dejó sin nada y se fue con esa zorra con la que me puso los cuernos.
—¿¡Qué?!  —gritó Rex haciendo que Fran se despertara.  —Será hijo de puta, ¿tu hijo como está?
—Lo llevé con mi madre, no sabe nada de lo que ha pasado.
—Pobrecillo, ven a mi casa y así hablamos y te animas un poco.
—No, necesito recoger mi casa, está todo tirado.
—¿Te robó mucho dinero?
—Solo los ochocientos que tenía de anoche. Menos mal que los trescientos cincuenta que me diste la vez anterior, los guardé en el banco.
—Sí, menos mal.
—Oye, ¿y ese hombre que te ayudó?
—Es Fran.  —Fran que ya se había levantado de la cama escuchaba a Rex hablar mientras se vestía.  —Se quedó anoche a dormir aquí conmigo y llevamos unos días viéndonos. Es mi tatuador, ¿te acuerdas?
—Sí, claro, ¿el que quería chantajearte?
—No, no. No me chantajeó, todo lo contrario. Me está dando el apoyo que necesito.
—Me alegro por ti, ya era hora de que encontraras a alguien. En dos años nunca te he visto con un hombre.
—Bueno, anda que tú.
—Desde lo de mi ex marido no me apetece ver a ningún tío, lo sabes.
—Bueno, tu ex marido no dejó el listón muy alto que digamos, seguro que pronto encuentras a alguien.
—Gracias Rex, voy a prepararme para salir a buscar trabajo.
—¿Trabajo?
—Ya te contaré, ¿nos vemos esta noche?
—No.
—Entonces te llamo esta tarde y te lo cuento con más calma.
—Perfecto, ten cuidado.
—Hasta luego, Rex.

Rex se quedó unos segundos pensativa antes de ver a Fran detrás de ella.

—¿Qué haces?
—¿Era Thaïs?
—Sí, tenías razón, le robaron a ella el dinero.
—¿Cómo?
—Dice que fue su ex marido, ¿crees que fue él quién me robó a mí?
—No lo sé, pero es muy probable, ¿por qué no lo denuncias?
—Sí, tengo que hablar con la policía.
—Desayunamos y nos vamos, ¿vale?
—Bien.

Fran y Rex desayunaron unas galletas y un puñado de cereales, lo único que había. Se vistieron y se fueron a la comisaría más cercana para denunciar el robo. La policía ya estaba al tanto gracias a Pam y a los médicos, que se habían apresurado a llamarles, pero los agentes necesitaban el testimonio de Rex para confirmarlo todo y comenzar con la búsqueda. Pero desgraciadamente ella no recordaba nada, y para cuando había llegado Fran, el ladrón ya se había ido, así que Fran comentó su sospecha de que se trataba del ex marido de Thaïs. Rex terminó por acceder a describir físicamente al ex marido de su amiga y salió de allí con el corazón encogido. Sentía que había traicionado la confianza y la amistad de Thaïs.

—Vamos a mi casa, anda. Necesito cambiarme de ropa y tú necesitas relajarte.
—¿Crees que lo del móvil funcionará?
—Si lo tienes encendido, podrán localizarlo.
—Espero que sí porque ese era mi móvil de trabajo y quiero recuperar mis cosas.
—¿Tienes dos?
—Sí, el que cogiste tú en la ambulancia para llamar a mis padres es el personal: ahí tengo a mis amigas, mis padres, y a poca gente más. En el del trabajo tengo a Pam, a Thaïs y a muchos clientes que me llaman para pedirme actuaciones especiales por cumpleaños y esas cosas...
—Por el contrario yo no deseo que lo recuperes... nunca. Venga, ahora vámonos a casa.

La moto de Fran seguía sin parecerle un medio de transporte fiable, pero se agarraba con fuerza de la cintura de él para sobrevivir. Cuando llegaron, Rex se bajó y se sentó en el portal en lo que Fran guardaba la moto y cogía sus llaves. Ambos entraron a la vez en el portal y Rex llamó al ascensor desesperada por llegar y tumbarse en la cama. Fran comenzó con mimos y caricias a las que Rex no respondía, seguía con la mirada perdida, pensando en su amiga.

Cuando estaban en la comisaría, Fran le había dado el número de teléfono de su casa a la policía para que lo mantuviera informado de todo y a las pocas horas de estar allí, llamaron. Habían encontrado el móvil de Rex. Cuando Fran se lo contó, ella se levantó de la cama y cogió su abrigo para irse de nuevo a comisaría. Allí Rex recuperó todo lo suyo, menos el dinero, claro. Cogió su móvil y leyó "5 llamadas perdidas". Eran de su madre, con fecha y hora de ayer por la mañana. Cuando Fran les había contado lo del robo.

Al acordarse de ellos, Rex les llamó para decir que había recuperado todo, pero no se esperó que sus padres estuvieran tan alterados.
—Mamá... dime que pasa, ¿estás bien?
—Ay, ay, señor...
—¡Mamá!
—Renata, mi niña... ay, qué alegría.
—Solo era un bolso y un móvil, no entiendo porqué tanto alboroto.
—Hija. —dijo la voz de su padre.
—Papá, ¿qué le pasa a mamá?
—Nos ha tocado la lotería, Renata.
—¿¡Qué?!
—Llevamos horas llamándote a casa, pero no cogías el teléfono.
—Es que estaba en comisaría y después en casa de Fran.
—Ven a casa cariño, tenemos que celebrarlo.
—Claro, ya mismo voy.

Rex no le contó nada a Fran y le pidió que la dejara en casa de sus padres. Quería asegurarse de que todo era cierto y de que no se trataba de un error. Se bajó de la moto y le devolvió el casco a Fran del que se despidió con un beso fugaz mientras corría a su casa terrera rodeada de árboles y perros guardianes. Corrió por toda la entrada hasta llegar a la puerta y tocó el timbre. De la emoción le volvió a doler la cabeza, pero no le prestó importancia. Entró y vio a sus padres llorando con un trozo de papel blanco en la mano. Se lo arrebató a su padre y corrió a la tele donde estaban dando el número ganador:

37809 serie 015.

Rex lo comprobó una vez más. Era cierto. Era totalmente cierto. Lo revisó todo. Número por número de nuevo. Sus padres tenían razón, habían ganado, ¿pero cuánto?

—Mamá, ¿de cuánto es el premio?
—Ay... ay...
—Nati, tranquila, ¿si? —dijo preocupado Enrique. —Son cinco millones, hija.
—¿De euros o de pesetas?
—Sí, sí, de euros.
—¡Papá! Con eso podríamos operar a mamá...
—Por eso está así, pero es malo que se altere tanto.
—Papá tiene razón, tranquila mamá. Todo va a salir bien, solo tenemos que cobrar esto y llevarte a que te operen a Madrid.
—Tienes razón, Renatita. Kike, me falta el aire, llévame fuera.
—Vamos, pero no te pongas nerviosa.
—No le contéis nada a nadie. Ya ven que últimamente los robos están a la orden del día.
—Es verdad cariño, ¿como sigues?
—Bien, mucho mejor.

Rex se sentó en la silla del comedor de su casa, mirando la tele sin creérselo. La operación de médula de su madre costaba más que la casa terrera en la que estaba y en la que se había criado. Lo que ganaba cada noche lo repartía entre Thaïs y ella sin contar lo que se llevaba Pam, y el resto se lo daba a su madre para medicinas. El alquiler lo pagaba gracias a las becas de estudios y la comida y algunos caprichos lo compraba gracias a lo que ganaba desnudándose, que no era siempre. Aún así, ganaba más dinero en ese local que el que podría ganar en cualquier otro sitio.

Sus padres volvieron a los diez minutos y Rex se quedó con ellos ocupándose de que durmieran bien. A la mañana siguiente salió con ellos a cobrar los cinco millones y volvió a su piso siendo millonaria. Al entrar vio que tenía aún más llamadas perdidas y se acordó de Thaïs. La llamó y comprobó que no sabía nada de la denuncia, pero aún así, tuvo que contárselo y Thaïs más que enfadarse se alegró de que otra persona diera el paso de denunciar a su ex marido, ya que ella no se atrevería nunca. No quiso contarle nada de los cinco millones hasta que su madre no estuviera operada y le preguntó lo que Thaïs había dejado pendiente de contarle esa misma mañana.

La causa de que quisiera otro trabajo no era otra que su ex marido, se había enterado de su profesión y quería usarlo en su contra para quitarle al niño. Rex, después de animar a su amiga, colgó el teléfono satisfecha por haber sido sincera con ella, pero intranquila por lo que le había contado.

—¡Alelí! —gritó Rex, y la gata se subió encima de ella. —Hola, bicheja, estoy tan contenta de verte. Te voy a echar mucho de menos cuando me vaya a Madrid por unos días, espero que sean pocos y que mi madre por fin se recupere. —la gata ronroneó. —Eres tan tierna, lo voy a pasar muy mal lejos de esta ciudad, lejos de mis estudios, de Fran y de Thaïs. Pero tengo que hacerlo. Además, al volver ya podré dejar de ser Rex, ¿entiendes? Puedo dejar de usar máscaras y pelucas, puedo dejar de desnudarme ante hombres babosos. Podré volver a ser yo, a ser feliz con Fran si el quiere. Ayudar a mi amiga a dejar ese trabajo y llevar una vida normal.

El timbre de la puerta sacó a Rex de sus pensamientos en alto y se asustó pensando que podría ser Aurora y que la hubiese podido escuchar, pero era Fran.

—Me dejaste preocupado, ¿no pensabas llamarme?
—No...
—¿He hecho algo mal?
—No, no. Es solo que mis padres me contaron algo muy importante y quiero guardarlo en secreto hasta que todo esté en orden.
—Bueno, no tendrás que contarme nada si no quieres, simplemente llamarme para decirme que estabas bien.
—Lo siento, anda, quédate esta noche.
—Te noto relajada, ¿los calmantes?
—Puede, pero creo que no.
—¿Entonces?
—Sigue siendo un secreto, de momento. Lo único que tienes que saber es que dentro de unos días me iré a Madrid.
—¿Cómo?
—Operan a mi madre, Fran. Podrá volver a caminar y yo podré dejar de trabajar en esto.
—Eso es una muy buena noticia.
—Lo sé, por eso estoy tan feliz. Quédate conmigo.
—Claro que me quedo, tonta.

Rex sonrió al ver que Fran ya estaba de buen humor y se levantó del sofá en el que se había sentado con Alelí, para llevar a la gata a casa de Aurora y volver a la cama. No antes sin cenar. Fran llevaba en la mano una bolsa blanca con un papel grapado en las asas. Era la bolsa de un restaurante chino que estaba muy cerca de allí. Se sentaron en la mesa y devoraron el pollo al limón. El primero en terminar de comer fue Fran, que se levantó para estirarse un poco y luego se puso detrás de Rex para besarle el cuello y el lóbulo de la oreja.

Rex se apuró en terminar de comer y se levantó de la silla dándose la vuelta para besar a Fran. Él la abrazó fuertemente contra su pecho y se agachó un poco para cogerla en brazos. Rex acabó con la mitad de su cuerpo colgando y con sus manos golpeaba la espalda de Fran para que la bajara o el pollo con limón iba a acabar vomitado en el suelo. Fran se echó a reír y la soltó con dulzura en la cama, teniendo especial cuidado con su cabeza, ya que los puntos seguían doliéndole.

Comenzó a desnudarse mientras Rex le miraba, pero antes de que se acostara, Rex se sentó a los pies de la cama y sonrió antes de introducir en su boca gran parte del "pequeño Fran". Succionó varias veces y lamió otras tantas. Fran acabó acostándose y abriendo las piernas para que Rex se sentara con comodidad en medio de ellas y pudiera seguir tranquilamente. Fran resoplaba mientras movía sus pies de un lado a otro. Parecía que esta vez sí que le estaba gustando lo que Rex le hacía. Mientras Rex bajaba y subía su cabeza, miraba con atención los tatuajes de Fran, para ser un tatuador tenía pocos, aunque eran bastante grandes y bonitos.

A los pocos minutos, Fran acercó sus manos a los hombros de Rex y la condujo hasta su boca. La beso y la tumbó a su lado para acostarse sobre ella. Le abrió las piernas sin dejar de besarla y la penetró con facilidad. Rex no solo estaba húmeda, sino que él, gracias a la saliva de ella, tenía lubricante de sobra. Fran mojó su dedo pulgar en su boca y lo condujo hasta el clítoris de ella. Rex gimió al instante. La cabeza le dolía de nuevo, pero Fran sabía cómo moverse para no provocar que Rex se mareara. Movía su dedo a más velocidad de lo que la penetraba y poco a poco Rex olvidó sus dolores para abrazar con sus piernas a Fran, permitiéndole a él una mejor y más profunda penetración. Mover su dedo pulgar ahora era más incómodo porque las piernas de ella se lo impedían, así que pasó a sus pechos llenos de pequeños lunares y los mordisqueó haciendo que Rex se estremeciera y curvara su columna hacia delante. Fran aprovechó el espacio entre el colchón y la espalda de ella para meter sus brazos y abrazarla mejor.

Los movimientos de Fran empezaron a ser más fuertes y Rex veía como Fran ponía gestos con la cara que parecían más de dolor que de placer,  pero sin duda eran de placer, porque de repente Fran resopló exhausto y se acostó el pecho de Rex. Sabía que ella no había terminado así que volvió a penetrarla y a tocarla con sus dedos hasta que ella también acabó.

Los besos se hicieron interminables y ambos acabaron en la ducha quitándose el sudor del cuerpo. Rex se lavó el pelo con cuidado de los puntos y luego se vendó la herida de nuevo para que no se infestara. Fran mientras, la miraba desde la ducha porque todavía no había acabado de aclararse el jabón del cuerpo.

Cuando se iban a acostar, Rex sacó dos mantas del altillo de su armario y le hizo un gesto con la cabeza a Fran para que la siguiera. Él se puso su ropa interior y la siguió por el pasillo hasta la puerta de entrada.

—¿A dónde me llevas?
—A ver las estrellas.
—Ya me las enseñaste en la cama.
—No seas tonto y ponte los zapatos, que arriba hace frío.

Fran obedeció y volvió en calzoncillos y zapatillas de salir, lo que hizo que Rex se estuviera riendo un buen rato. Le tiró la manta para que se envolviera en ella y se limpió las lágrimas que le había provocado la risa. Subieron las escaleras en silencio y llegaron a la azotea. Era verdad que hacía frío, pero también se estaba a gusto sentados sobre un pequeño muro.

Y así, sentados mirando las estrellas, rodeados de paz y tranquilidad, se durmieron juntos una noche más, pero esta vez no estaban solos, la pequeña y mimosa Alelí les acompañaba.

7 de abril de 2012

Rexnata - IV Capítulo: Enamorada

Renata abrió los ojos poco a poco. Era una habitación muy luminosa, con las paredes pintadas de verde hasta la mitad y de blanco la otra mitad. Tenía una puerta enfrente de la cama y... no reconocía ese lugar. Se comenzó a desesperar y se quiso levantar, pero alguien que tenía a su izquierda y que no había visto, se lo impidió.

—¿Qué haces?
—¿Dónde estoy?  —preguntó Rex mirándole a los ojos.
—Cálmate, estás en el hospital.
—¿Qué me ha pasado?, ¿por qué estoy aquí?  —preguntó Rex de nuevo tocándose la cabeza y haciendo una mueca de dolor.
—Alguien te atracó y se llevó tu bolso.
—¿Cuándo?
—Anoche, cuando salías del local.
—¿Y Thaïs?
—Estaba aquí hace un rato, pero ha tenido que irse para recoger a su hijo del colegio.
—Cuéntame como pasó todo, Pam.
—A ver, Rex, estabas en el suelo con mucha sangre alrededor de la cabeza.
—Por eso me duele tanto...
—Sí, pero estás bien. El  médico dijo que la herida era muy grande y que tuvieron que darte muchos puntos y que por eso había tanta sangre. Pero no es grave, ¿entiendes? Los golpes en la cabeza son peligrosos, pero en tu caso no hay peligro.
—Menos mal, así podré irme a casa ya.
—No te pueden dar el alta todavía.
—¿Por qué no?
—Necesitan tenerte un par de horas en observación.
—¡Mierda! Tengo cosas que hacer. Mis padres se preocuparán.
—Tranquila, el hombre que te trajo al hospital dice que se va a encargar de todo.
—¿Hombre?
—Sí, un tal Franklyn.
—Fran...  —dijo Renata dejando escapar una lágrima.
—Es de confianza, ¿no?
—Sí, ¿y cómo se supone que él se va a encargar?
—Te quitó el móvil del bolsillo en la ambulancia y llamó a tus padres esta mañana.
—¿¡Qué?!  —gritó Renata mientras intentaba incorporarse.
—¡Quédate en la cama, Rex!
—No me llames Rex, no aquí. Verás Pam, fuera del local utilizo mi nombre completo, sin abreviaturas, para que nadie sospeche.
—Tranquila, no volveré a llamarte Rex, ¿cómo te llamo?
—Renata.
—Está bien, Renata. Te dejo sola, no hagas tonterías.
—Tranquila, con este dolor, no puedo moverme mucho.
—Bueno, vendré esta noche para cuando te den el alta.
—Gracias...

Pam se fue mientras negaba con la cabeza. Cuántas mentiras y cuántos problemas solo por dedicarse a esto. Ella había vivido en sus propias carnes el rechazo de su familia cuando se enteraron de que era prostituta, pero Rex o Renata, no lo era. Solo bailaba y se desnudaba algunas noches para conseguir dinero. Pero Pam, en su época, lo necesitaba para comer y ayudar a su familia y meses más tarde, para criar a Circe, pero no entendía para qué quería Rex el dinero.

Cuando Pam se acercaba a las escaleras del hospital para irse de allí, se cruzó con Fran, y aunque lo reconoció, no quiso saludarlo. Fran se dio cuenta de que Pam bajó la mirada, pero no le dio importancia y siguió caminando. Cuando pasó por delante de los ascensores pudo ver a unos señores algo avejentados, pero que no tendrían más de cincuenta años, saliendo del ascensor. Les costaba salir por culpa de la silla de ruedas en la que iba sentada la señora. Y Fran se dio la vuelta para ayudarles.

—Gracias, eres muy amable. —agradeció la señora.
—Mi mujer ya no tiene fuerzas para mover la silla, ni yo para empujar. —se disculpó el señor. —Desde el dichoso accidente, vivimos gracias a nuestra hija.
—Y ahora ella está aquí, en una cama, igual que lo estuve yo hace dos años. —dijo la señora mirando al suelo.
—¿Su hija? —preguntó Fran.
—Sí, se llama Renata. —contestó el señor que ahora empujaba con dificultad la silla de su mujer.
—¡Conozco a Renata! Soy... soy un amigo suyo. Yo fui quién os llamo.
—Ahh, qué bien. Gracias por avisarnos. —dijo la señora con una sonrisa. —¿Así que tú eres Fran?
—Sí, vosotros sois Enrique y Natalia, ¿verdad?
—Así es. —dijo Enrique.

Fran les acompañó hasta la habitación de Renata y les abrió la puerta desde dentro para que Enrique pudiera empujar sin problemas la silla de su mujer. Renata se quedó de piedra, tenía sobre ella un plato con comida que una enfermera acababa de dejarle, y tuvo que hacer un esfuerzo para tragar el macarrón que se había echado a la boca antes de que Fran abriera la puerta.

—¡Cariño mío! —dijo Natalia.
—¡Mamá, papá!, ¿Qué hacéis aquí?
—Venir a verte, como es normal si estás en un hospital.
—Ya pero...
—Pero nada. —dijo serio Enrique. —Tu amigo nos ha dicho que salías del cine cuándo alguien te atracó y te golpeó en la cabeza.
—Ehh, sí, en el cine. —Rex se puso pálida.
—¿Qué pasa?  —preguntó Natalia.
—Nada, es que no recuerdo bien lo que pasó y estoy algo confusa.
—Es normal, por el golpe. —dijo Fran atrayendo todas las miradas.
—Tienes un amigo muy atento, Renata. —dijo Natalia.
—Hasta te ha traído flores. —dijo Enrique sonriendo, parecía que le gustaba Fran para su hija.
—¿Flores? —preguntó Renata arqueando una ceja.
—Son para decorar esta habitación, que es un poco cutre. —dijo Fran colocando un pequeñísimo ramo en la mesita de la habitación.
—Ya... bueno, gracias Fran. Soy muy bonitas.
—Verás hija, tu madre y yo tenemos cita con el médico en unos minutos y como el hospital está al lado del Centro de Salud, hemos aprovechado para visitarte y ya nos vamos.
—Pero te dejamos bien acompañada.
—Pasaos luego a verme, que aquí me aburro. —suplicó Renata sacando los brazos de debajo de las sábanas.
—No creo que te vayas a aburrir mucho, pero si es lo quieres... —dijo Enrique mientras miraba a Fran y tiraba de la silla de su mujer.
—¿Qué pasó realmente anoche? —preguntó Renata cuando sus padres salieron de la habitación.
—Había ido a verte al local y cuando terminaste de actuar me tomé una copa y salí a la puerta de atrás para verte y hablar contigo. Cuando llegué estabas tirada en el suelo con sangre en toda la cabeza. Me asusté y llamé a tus amigas. Enseguida salió una chica que me dijo que se llamaba Thaïs y luego otras más.
—¿Quién me golpeó?
—No se sabe, ¿pudo haber sido un cliente?
—Sí, pudo. Pero si era un cliente debía saber que esa noche no había ganado mucho.
—Lo sé, no te llegaste a desnudar.
—No... quién sí lo hizo fue Thaïs.
—Sí, a ella la vi mientras me tomaba mi copa. ¿Crees que te confundieron con ella?
—Puede. Además, ganó mucho más que yo, ochocientos para ser exactos.
—¡Vaya! Entonces debemos decirle que tiene que tener cuidado, ¿no crees?
—No sé, me parece apresurado, no estamos seguros.
—Como quieras.
—¿Qué habías ido a decirme?
—Nada importante.
—Yo si tengo algo importante que contarte, Fran.
—No, no lo hagas. Ya fuiste muy clara conmigo en mi casa.
—Te mentí. Lo cierto es que no sé si estoy o no estoy enamorada de ti. Lo único que sé es que  me gustas, me importas y te quiero a mi lado.
—¿De verdad te importo?
—Muchísimo.
—¿Entonces por qué me dijiste eso en mi casa?
—Porque estaba asustada. Nadie me había dicho eso, nunca me había enamorado, nunca. Y de repente, sentir todo esto por ti y no saber qué es, me confundió.
—Está bien, tranquila. Ahora descansa.
—No, no quiero descansar. Quiero que te quedes aquí a mi lado y... —Fran la interrumpió.
—Te quiero.
—Fran, ya no estoy confundida. Estuve pensando en nosotros toda la noche después de llegar de tu casa, mirando a las estrellas e imaginándome qué pasaría si acepto tener algo contigo y qué pasaría si no. Intentando aclarar mis sentimientos.
—¿Y a qué conclusión llegaste?
—A que yo también estoy enamorada de ti.

Fran la besó al instante. No fue un beso cargado de pasión como los anteriores, fue un beso tierno, en el que ambos disfrutaban del contacto de sus labios más allá del placer sexual. Era casi una necesidad. Cuando sus lenguas se encontraron, ese placer que va más allá del sexual, les hizo sentir unas cosquillas en todo el cuerpo indescriptibles, sus manos sudaban y su corazón parecía querer salir corriendo. Renata sonrió sin dejar de besarle y Fran hizo lo mismo. Al final dejaron de besarse para quedarse el uno frente al uno riéndose y mirándose a los ojos con amor.

Los besos dieron paso a las caricias. Comenzó Fran porque Rex no se podía mover del dolor. Bajó su mano hasta la cintura de ella y allí empezó a hacer círculos suavemente con la yema de los dedos, provocando que Rex se erizara y sonriera. De la cintura pasó a su ombligo donde Rex tenía más cosquillas y Fran tuvo que parar.

Mientras le acariciaba el resto de su barriga, Fran no pudo evitar reposar su cabeza sobre el pecho de Rex para luego rodearle la cintura con sus brazos. Ella le acarició el pelo de la cabeza y lo apretó contra su cuerpo fuertemente.

Ante esa escena tan romántica, los padres de Rex que acababan de volver, se dieron media vuelta. Pero la silla de ruedas hace mucho ruido y al salir, chirrió. Rex se sobresaltó, pero al ver alegría en el rostro de sus padres y no reproche, se tranquilizó. Dejó que sus padres se fueran y les agradeció con una sonrisa el hecho de que lo hicieran, porque la verdad es que solo le apetecía estar con Fran.

—¿Te quedarás hasta que me den el alta?
—Me quedaré hasta que te aburras de mí.
—Entonces no te irás nunca de mi lado.
—Depende, me vibra el móvil, salgo fuera a contestar que aquí la cobertura es pésima.
—¿Seguro que es el móvil? —preguntó Rex con una sonrisa pícara.
—Espero que sí, hasta ahora lo otro nunca me ha vibrado y cantado a la vez. —contestó Fran en tono burlón.
—Jaja, vale. —dijo sonriendo de nuevo Rex.

Fran salió, pero dejó la puerta lo suficientemente abierta como para que Rex escuchara algo de la conversación.

—¿Qué ha pasado? Te escuché gritar. —preguntó Rex intentando incorporarse en la camilla.
—Era mi madre, me ha dicho que mi padre está fuera de peligro.
—¿No tienes que volver a Colombia?
—No.
—Es un alivio.
—¿Por qué?
—No me gustaría separarme de tu lado.
—Eres un encanto.
—Tú más.

Fran sonrió y comenzó a besar a Rex, esta vez con pasión. Los besos cada vez eran más intensos y Fran se separó de Rex para bajar las persianas y asegurarse de que la puerta estaba bien cerrada.

—¿Qué vas a hacer?
—¿Tú qué crees?
—Fran, que estoy en la camilla de un hospital. Y fuera hay gente.
—Está todo cerrado, tranquila.
—¿Y si alguien intenta entrar? —Fran la calló con otro beso.

Levantó la bata de hospital que Rex llevaba y le acarició las piernas dulcemente. Rex le miraba confusa y algo mareada por los calmantes. Fran comenzó a acariciar los muslos de Rex, cada vez con más ganas de llegar a aquel tanga verde que llevaba.

—Normal que no te quisieras desnudar anoche con este tanga tan feo. —dijo Fran riéndose y sin obtener respuesta. Levantó la mirada y comenzó a gritar desesperado. —¡Rex!, ¡Renata!, ¡Renata!

Los gritos se oyeron fuera de la habitación y una enfermera quiso entrar, pero se encontró con la puerta cerrada. Fran corrió a abrirla y la enfermera inmediatamente se dio cuenta de que las persianas también estaban cerradas. Miró fijamente a Fran a los ojos y corrió a auxiliar a Renata.

Dos minutos más tarde, todo estaba en orden. Había sido un desmayo, pero la enfermera sospechó otra cosa y se lo contó al médico que sería el encargado de juzgar si se avisaba o no a la policía. El médico puso cara seria y asintió con la cabeza.

—¿Qué pasa? —preguntó Rex.
—La enfermera se pregunta porqué estaba usted encerrada en la habitación con este señor y con las persianas cerradas.
—Somos pareja. —dijo Fran.
—¿Es eso cierto? —preguntó el médico dirigiéndose a Renata.
—Sí, doctor. Ya sabe, estábamos solos y...
—Lo entiendo, no se preocupe. He visto más casos como este en los veinte años que llevo aquí. Les deseo buenas tardes y espero nos disculpen.
—No se preocupe. Buenas tardes. —dijo Renata.
—Buenas tardes. —secundó Fran.
—¡Qué corte! —dijo Renata cuando el médico y la enfermera salieron.
—Sí, pero bueno. El desmayo no fue nada.
—Pero yo sigo teniendo mucho sueño.
—Duerme, cuidaré de ti.

Unas horas más tarde apareció el mismo médico con la noticia de que Renata ya podía irse a casa. Llamó a sus padres para darles la noticia y dejó que Fran la llevara a su casa.

—Quédate a dormir esta noche conmigo. —suplicó Rex con cara cansada.
—Está bien, ¿ya estás mejor?
—Sí, sí.
—Si te encuentras mal me avisas.
—Claro, pero acompáñame a mi cama.
—¡Cuánta prisa, yo quería cenar algo!
—Después...
—¿De qué?
—De esto...

Rex empujó a Fran en la cama y se acostó sobre él. La cabeza había dejado de dolerle gracias a los calmantes y lo mejor que podía hacer era acostarse con Fran. Así que, le desabrochó la camisa la tiró al suelo sin ver dónde caía, estaba más ocupada en observar los pectorales de Fran. Mientras le seguía mirando, recogió su pelo en un moño y se quitó su camiseta. Fran la miraba mientras se mordía el labio, pero luego la volvía a mirar preocupado por si se encontraba mal.

Rex se acostó a su lado y esta vez Fran se puso encima para terminar de desnudarla. Luego se levantó él y se desnudó también ante la atenta mirada de Rex que no dejaba de sonreír. Fran se subió encima de ella, pero sin dejar de tener los pies en el suelo. Cogió las dos piernas de Rex y las levantó mientras las iba juntando. Cuando Rex tenía sus piernas juntas y arriba, Fran se agachó un poco y la penetró con suavidad. Rex se agarró del edredón para no salir disparada contra la pared que tenía detrás ante las envestidas de cadera de Fran. Él aprovechaba su posición para verla gemir de placer y agarraba con fuerza las blancas piernas de ella para no dejarla moverse.

Bastaron unos minutos para que los músculos de Fran comenzaran a cansarse, pero no quiso cambiar de postura al ver lo entregada que estaba Rex. Cuando sintió las contracciones de Rex, supo que ella había terminado y luego lo confirmó a escuchar un último gemido de satisfacción. Fran tardó solo unos segundos más en acabar. Cuando lo hizo, se sintió relajado y se acostó rápidamente al lado de Rex.

Hacía algo de frío, así que taparon con el edredón y se quedaron durmiendo profundamente el uno al lado del otro. Abrazados, entre besos y palabras bonitas.

4 de abril de 2012

Rexnata - III Capítulo: Golpeada

Los rayos del sol entraban por la ventana como si quisieran taladrarle la cabeza a Rex. No había dormido en toda la noche y Fran tampoco, pero él estaba tapado hasta arriba y de espaldas a la ventana, ni siquiera se había despertado. En cambio, Rex ya no pudo conciliar el sueño aunque se diera la vuelta. Se levantó y sonrió al escuchar un pequeño ronquido de Fran.

Fue a la cocina, vestida con una camiseta que Fran le había dejado para dormir. Abrió la nevera y sacó un refresco sin gas de naranja. Se lo sirvió en un vaso y luego buscó entre las repisas del armario algunas galletas o cereales. Cuando encontró un paquete de galletas, lo abrió y se sentó en la mesa con su refresco. Cuando se estaba terminando las galletas, llegó Fran sin hacer ruido y dándole un susto de muerte.

—¡Eres idiota!  —exclamó Rex simulando un enfado.
—¡Dios! No sé quién va a asustar a quién, ¿te has visto en el espejo?
—No... ¿qué tengo?
—Nada... solo pareces sacada de una película de miedo.
—Serás...  —Rex tiró un pequeño trozo de galleta al pecho de Fran que estaba observándola mientras se reía sin parar.
—No te enfades, anda.  —dijo Fran sentándose a su lado y besándole el antebrazo que tenía apoyado sobre la mesa.
—No me enfado, además, tú no estás mucho mejor.  —dijo Rex entre risas.
—¿A qué hora tienes que irte?
—Antes del mediodía. Lo que viene siendo dentro de muy poco.  —dijo Rex mirando el reloj de la pared.
—¿Te llevo en la moto?... ¡Ah, no! Es verdad, no quieres que sepa donde vives.
—Ya me da igual, anoche desconfiaba de ti. Ahora no.
—¿Y eso?
—No sé, y además, te vas en una semana a Colombia y no vas a regresar, ¿qué más da que sepas donde vivo?
—Das por supuesto que mi padre va a morir y que me tendré que quedar a vivir allí, ¿es por eso por lo que ahora confías en mí?
—Puede ser... ¡pero no te enfades! Lo que pasa es que no nos conocemos lo suficiente.
—Rex, podría haberte delatado con lo de tu trabajo y no lo hice, ni lo pienso hacer. No desconfíes de mí, porque...
—¿Qué?
—Porque creo que me estoy enamorando de ti.  —Fran la miró a los ojos y Rex apartó la mirada avergonzada.
—Yo...  —Rex tomó aire.
—Dime.  —imploró Fran con una sonrisa.
—Yo no estoy enamorada de ti, Fran. Creo que lo mejor es que me vaya a casa.

Rex se levantó de la mesa sintiendo un gran vacío dentro de ella. Corrió hasta la habitación y recogió su ropa del suelo a medida que se la iba poniendo. Se colgó el bolso y salió de la habitación esperando verse allí a Fran, pero no. Siguió caminando por el pasillo hasta llegar al comedor. Se paró frente a la cocina, pero sin entrar en ella, y solo pudo decir lo siento.

Había visto a Fran  sentado sobre la silla con su cuerpo girado hacia la otra silla donde minutos antes había estado sentada ella. No se había movido, se había quedado inmóvil ante la respuesta de Rex. Rex abrió la puerta y se metió en el ascensor. Comprobó lo horrible que estaba en los espejos y se acordó de la última vez que se había retocado el pelo en él. Solo que esta vez, Fran no estaba mirándola con ternura mientras lo hacía. Suspiró ante el recuerdo y siguió peinándose con los dedos. Cuando el ascensor llegó abajo y se abrió, ella se giró y salió de ahí como si nada hubiera pasado, con naturalidad.

Sacó de su bolso unas gafas de sol oscuras que tapaban aquellas ojeras negras y comenzó a caminar hasta la parada de taxi más cercana. Se subió en el primero que vio y le dio la dirección de su casa. El taxista, que olía a tabaco, le recordó que guardaba una caja de cigarrillos en el bolso. La sacó y comenzó a fumarse el primero de los cinco cigarrillos que se fumó esa mañana.

Al entrar en su casa, una pequeña gata color marrón la sorprendió. Era Alelí, la gata de la vecina de al lado. Rex, le acarició el lomo y la cogió en brazos para llevársela a Aurora, la vecina.

—¡Alelí! Siempre estás molestando a Renata.
—No te preocupes, me gusta que se cuele en casa.
—¿Sí?
—Sí, estoy pensando adoptar algún perro.
—Mi Alelí se lleva muy bien con los perros, así que no habría problema.
—Bien, bueno estoy cansada, me voy a casa.
—La verdad es que no tienes buena cara.
—Ya bueno, cosas de estudiantes. Nos pasamos las noches repasando temarios, haciendo trabajos y preparando exámenes.
—La verdad es que sí, te dejo que descanses entonces. Hasta luego Renatita.
—Hasta luego Aurora, adiós Alelí.

La mentira había hecho que Renata sonriera de nuevo, ya era de día. Rex había muerto desde que había salido del edificio de Fran. Ahora debía ser la vecina de buenos modales, la alumna ejemplar, la hija encantadora y la ama de casa imparable.

Antes de acostarse a dormir, Renata llamó a sus padres para decirles que hoy no podía visitarles porque tenía un examen el lunes y quería estudiar todo el día. Otra mentira más. El día pasó largo, parecía que la noche no quería llegar, pero Renata no se dio ni cuenta porque dormía plácidamente, olvidando aquellas palabras que había dicho sin sentirlas. Realmente no sabía si estaba o no estaba enamorada de Fran, pero decir que no sin dudarlo, la hacía sentirse mal. No quería hacerle daño a Fran, pero tampoco quería sufrir ella si Fran se marchaba a Colombia y no volvía más.

Cuando el teléfono sonó se dio cuenta de que había perdido todo el día en dormir. Era domingo, no tenía ni clases ni trabajo. Odiaba los domingos. Su casa estaba limpia, llevaba sus estudios al día y no tenía nada que hacer, más que seguir durmiendo. Cuando el sueño le permitió identificar que aquel sonido que la había despertado era el teléfono de su casa, se levantó corriendo de la cama, pero no logró salir de su habitación cuando el teléfono dejó de sonar. Buscó en llamadas perdidas y vio el número de Martina. Martina era su compañera de clase, seguramente la llamaba para salir a dar una vuelta, pero no le apetecía salir, así que no se molestó en llamarla para saber qué quería.

Se preparó una buena merienda para recuperar fuerzas y abrió su portátil en busca de alguna película que ver. Cansada de películas románticas que le recordaran lo idiota que había sido esa misma mañana; cansada de películas de suspense donde el asesino siempre es el vecino de al lado; cansada de todo tipo de películas que ella llamaba "el mismo perro, pero diferente collar" para decir que tenían todas el mismo argumento y que lo único que cambiaba era el nombre; eligió E.T. El extraterrestre.

Esa película le recordaba a su infancia y no podía evitar llorar con algunas partes como tampoco podía evitar reír en otras. Cuando la película terminó, la noche ya era cerrada. Oscuridad absoluta, salvo por las luces de las farolas. No había coches, no había letreros, nada. Eso era lo que le gustaba de su ciudad, que no había contaminación lumínica por las noches y podían verse todas las estrellas desde la azotea. Eso le recordó que hacía tiempo que no lo hacía y cogió una manta de su habitación, se la enredó en su cuerpo y subió para contemplar las estrellas acompañada por Alelí, a la que se encontró subiendo las escaleras a escondidas de Aurora.

"Normal que quieras huir siempre" se dijo Renata mientras la cogía en brazos para darle calor. Y allí, sola y triste pasó gran parte de la noche, pues había dormido bien por el día y no le apetecía irse a la cama todavía.

Cuando de madrugada bajó las escaleras, se acordó de Aurora y le dejó una nota por debajo de la puerta avisándole de que Alelí estaba con ella. Le dio de beber a la pobre gata y la dejó sobre el sillón mientras ella se fue a dormir, de nuevo, a su habitación.

A las ocho de la mañana el despertador sonó y Renata se levantó ilusionada con la idea de que ese sí sería un día productivo. Se dio una ducha con agua fría y desayunó bastante. Abrió la puerta cuando escuchó a Aurora al otro lado abrir la suya. Ambas se miraron y Alelí salió de casa de Renata. Después de que Aurora se disculpara, por enésima vez, con Renata, cerró la puerta y se sentó en el sillón para planificar lo que haría durante el día. Lo primero es ingresar el dinero en el banco, lo segundo visitar a sus padres, lo tercero ir al supermercado y preparar el almuerzo, luego iría a clases y por último a trabajar.

En el banco la atendieron con la misma amabilidad de siempre y Renata salió contenta al comprobar que tenía ahorrados casi dos mil euros en su cuenta corriente.

En casa de sus padres, Natalia y Enrique, Renata se sintió algo incómoda, pues tuvo que mentir. Mintió sobre todo lo que había estudiado el domingo y sobre el supuesto examen que tenía esa tarde. Odiaba mentirles a sus padres, pero no le quedaba de otra, no podía contar que no había ido a visitarles porque la noche del sábado la pasó en casa de un hombre al que solo había visto una vez. Su padre jamás aceptaría que su hija tuviera ese tipo de relaciones con hombres desconocidos. Y su madre mucho menos. Eran unos padres estrictos en cuanto a la educación y a los valores morales. Por eso Renata temía de que se enteraran de su profesión de bailarina de striptease. Aunque a veces deseaba que lo supieran para dejar de mentir, para dejar de utilizar dos nombres y para dejar de vestirse con esas pelucas y esas máscaras ridículas.

Cuando salió de casa de sus padres fue a comprar algo para el almuerzo y fue a su casa a prepararlo. Durante el camino Renata no hacía más que pensar en Fran. La imagen de él sentado en la silla, en la misma postura en la que se había quedado cuando ella se levantó y con la mirada perdida en el suelo de la cocina, no se le borraba de la mente. Tampoco la de él besándola en la cama o la de él acariciando sus brazos en la bañera.

Se preparó la comida y se sentó en la mesa del comedor mientras veía las noticias en la televisión y soplaba la sopa de pollo que se había hecho. Nada interesante. Cambió de canal y encontró una serie. Terminó de comer y puso los platos en el fregadero mientras la televisión seguía sonando detrás. Fue a su habitación y preparó su maleta con sus libros. La llevó al salón y la dejó sobre el sillón para sentarse al lado y ponerse a ver la serie hasta las tres.

A esa hora, empezaban sus clases. Allí vio a Martina que le contó lo bien que lo había pasado la tarde anterior con el resto de amigas de su grupo. Renata sonreía aunque le importaba poco todo lo que Martina le estaba contando. Atendió en sus clases, pero no participó ni con preguntas ni añadiendo comentarios sobre el tema. Era inusual, pero nadie le dio importancia.

A las ocho terminaron sus clases y Renata salió corriendo a casa para vestirse como Rex. Con su ropa sexy ajustada y su maquillaje impecable, salió del edificio en el que vivía hasta su trabajo. De alguna manera u otra, esperaba verse allí a Fran, pero no estaba. Actuó de nuevo la primera, pero esta vez no se desnudó del todo, solo hizo un espectáculo con un precioso baile acompañado de movimientos sensuales y se quedó en ropa interior.

La siguiente en salir, esta vez, fue Circe. Su debut fue catastrófico, comenzó a desnudarse al minuto de haber empezado, sin haber bailado casi nada antes. Su madre, Pam, casi que la sacó a rastras del escenario. Circe había salido sin permiso, dejando a Thaïs encerrada en su propio camerino, de ahí su prisa en desnudarse.

—¡Inconsciente! —pudo oír Renata a lo lejos. Pam estaba gritando. —Vas a arruinarme el negocio como sigas así.
—Pero mamá...
—¡Silencio!

De repente el silencio se hizo para todas. Los pasillos estaban llenos de bailarinas, pero ninguna decía nada. Se miraban entre ellas y soltaban alguna sonrisilla cómplice, pero nada más. Pam volvió a su despacho y Thaïs pudo salir a bailar sin impedimentos.

Renata, que volvía a ser Rex, contaba el dinero que Esther había recogido del escenario. Ella era la encargada de salir a recoger el dinero de cada chica en el escenario después de las actuaciones. También limpiaba el local y conocía a Pam desde hacía muchos años.

Cien, ciento cincuenta y doscientos. Solo doscientos euros esa noche, comparado con el sábado eso no era nada. Pero lo necesitaba igualmente. Se lo guardó en el bolso, y se despidió de Thaïs que acababa de volver del escenario.

—¡Lo he hecho! Por mi niño...
—¿Qué cosa?
—Desnudarme.
—¡Vaya! ¿No tenías complejos por la barriga que te había quedado del embarazo?
—Sí, pero los he superado. Y no veas cuánto dinero he ganado.
—Me alegro muchísimo por ti, y por mí también.
—¿Cómo?
—Verás, esta noche a mí no me apeteció desnudarme y solo conseguí doscientos.
—Bueno, lo que conseguía yo antes. Con eso se vive bien, créeme.
—Ya, pero estoy ahorrando y si lo dividía contigo más el 15% que se lleva Pam.
—Tranquila, que ya viene Esther.
—Ochocientos euros, niña. —dijo Esther dejando los billetes en las manos de Thaïs.
—¡Felicidades! Más que yo el otro día.  —dijo Rex con una sonrisa.
—¡Qué ilusión!
—Te lo mereces, yo ya me voy. Nos vemos mañana.
—Gracias Rex, hasta mañana.
—Adiós.

Rex realmente se alegraba por su amiga, era la única que tenía de verdad. Salió por la puerta trasera, como tantas veces y sintió que alguien la golpeaba fuertemente en la cabeza y se llevaba su bolso.

3 de abril de 2012

Tropical fantasy - Introducción

Ethan es un guapo treintañero que se hace famoso cuando su mejor amigo, Logan, hace pasar por suyas las pinturas de Ethan y luego fue públicamente descubierto. Esa fama hace que Ethan sea el hombre más deseado según publicaciones de varias revistas femeninas. Y también hace que su trabajo como pintor sea por fin reconocido.

Chloé es una jovencísima modelo de ropa de baño que un día saltó a la fama cuando su novio, Nathan, publicó fotos de ella desnuda en Internet. A partir de ese momento, todos la querían en sus revistas. La fama la llevó a las mejores pasarelas donde conoció a diseñadores y fotógrafos que se encargaron de ayudarla a limpiar su imagen.

Un día, Ethan y Chloé firmaron por separado un mismo documento que decía que debían posar juntos para una revista de moda. Ambos tenían muchas cosas en común, los dos fueron traicionados por las personas en las que más confiaban. En el momento en el que se vieron por primera vez, se desató una pasión de la que todos, gracias a los medios de comunicación, pudimos ser testigos.