28 de diciembre de 2012

Palomas sin alas I

—Rose, deja de fingir ya que Adam no te gusta, nos confesaste que sentías algo por él en segundo.
—Sí, pero ya ha pasado un año y, chicos, Adam ya no es el mismo.
—Llevas mucho tiempo sin novio, Adam es nuestro amigo, Rose, a nosotros no nos importa que salgáis juntos.
—¡Pero es que no vamos a salir! Además, yo ya estoy con alguien. Así que cuando Adam regrese, no ocurrirá nada entre nosotros.
—¿Desde cuándo estás saliendo con alguien y por qué no nos habías dicho nada? —preguntó mi mejor amiga Natalie con incredulidad.
—Desde hace dos semanas y porque no quería que nadie lo supiera todavía.
—¿Ni siquiera nosotros?
—Lo siento, Natalie.
—Bueno, da igual... al menos cuéntanos cómo es el afortunado, ¿te trata bien?
—Que sí, ¿por qué siempre desconfías de mis parejas?
—Bah, yo no desconfío de nadie, es que tienes muy mal gusto, hija, solo me preocupo de que no metas la pata otra vez.
—Eso es verdad —dijo riendo Joyce, el que empezó la conversación sobre Adam, y mi mejor amigo.
—No sabéis de lo que habláis, la persona con la que estoy es distinta a todas las demás, es simpática, atrevida y con un sentido de la ironía muy parecido al tuyo, Joyce. Seguro que te caería bien, porque ella es tan... tan natural y despreocupada.
—¿C-cómo?, ¿has dicho ella? 
—Oups, mierda...
—¿Pero qué coño, Rose? Pensaba que confiabas en nosotros, somos tus amigos, joder.
—Vale, vale, está bien. Lo siento mucho, Natalie, pero no es tan fácil, ¿vale?
—Lo sé —se apresuró a decir Joyce para echarme un cable con Natalie.
—Pero es que... y todo este tiempo juntas, en mi casa, en mi cama... ¡Ay madre!
—¡Basta! Que me gusten las mujeres no significa que me gusten todas las mujeres del mundo, pensaba que tú lo entenderías, igual que entiendes a Joyce, ¿o qué coño te pasa a ti ahora?
—Es que me enfada que me lo hayas ocultado.
—Es que no lo sabía hasta hace dos semanas, ¿vale? Ha sido todo muy raro para mí también.
—Natalie —intervino Joyce de nuevo— se más comprensiva con ella, por favor. Nuestra amistad está por encima de todo esto, siempre hemos estado los tres juntos para todo... ¿o no?
—Sí, pero —Natalie suspiró— da igual... Sigue contándonos cómo es tu princesita, cómo se llama, dónde vive y esas cosas...
—Es mucho más alta que yo —mis amigos se rieron, cualquier persona es más alta que yo— es rubia, delgada... pero no de estas que dan miedo y parecen anoréxicas, Lilith tiene un buen culo y unas buenas tetas —enrojecí ante la confesión, pero mis amigos lo ignoraron por mi propio bien— tiene los ojos verdes y muy grandes, pero no saltones, solo grandes. Tiene los dientes perfectos y un piercing en el labio inferior y en la lengua. Y le va el rollito friki como a mí, incluso le gustan las mismas películas que a mí... es como yo, pero en la versión mejorada.
—¡Vaya! —dijeron al unísono Joyce y Natalie— Así que esa tal Lilith, —continuó Natalie— te tiene bastante enamorada, ¿no?
—No lo sé, estamos conociéndonos todavía.
—Pues pareces bastante enamorada, cariño —dijo Joyce— ¿y qué?, ¿ya lo habéis hecho...?
—¡Joyce!
—¿Qué pasa, mi amor? Contesta, que estamos en confianza...
—No, aún no. Hemos quedado esta tarde y estoy nerviosísima...
—Cuenta, ¿te has depilado bien?
—Joyce, a veces eres un impertinente. Sí, estoy bien depilada, pero ese no es el problema.
—¿Cuál? —preguntó Natalie.
—Que es mi primera vez con una tía, ya sabes... Realmente perdí mi virginidad con Alfred a los 18, pero estoy descubriendo mi sexualidad ahora, ya sabes a lo que me refiero.
—Sí que sabemos, debe de ser muy aburrido hacerlo siempre con el mustio de Alfred durante tanto tiempo.  Yo tengo una regla de oro con los hombres, mi vida, si no saben bailar, no saben follar... y a tu Alfred le faltaba un salero que daba miedo. Menos mal que lo dejaste con él.
—Me dejó el a mí, y por una brasileña, pero bueno.
—Seguro que ella sabrá llevarte y cuando pierdas la vergüenza y el miedo, estará chupado —dijo Natalie, e inmediatamente después Joyce comenzó a reírse a carcajadas.
—¿Qué? —preguntamos Natalie y yo mirándonos sin saber dónde estaba el chiste.
—Sí, mis amores... estará todo chupadísimo... 
—¡Dios! Eres insoportable —dije mientras me levantaba, aunque por dentro me hizo mucha gracia—. Hablando de Dios, nadie puede saber esto que os acabo de contar. Los padres de Lilith pertenecen a una Iglesia evangelista del no sé qué, algo muy raro, casi como una secta. Se morirán si lo saben.
—Tranquila, no diremos nada —prometió Natalie— ¿Tus padres lo saben? 
—Ni loca les contaría nada, no quiero salir del armario hasta que no vea que la relación va en serio, ¿entiendes? No quiero decirle a todo el mundo que me gusta una mujer, aguantar las miradas por encima del hombro y las malas palabras, para que luego Lilith y yo no duremos ni dos días juntas. Quiero estar segura —volví a sentarme.
—¿Y dónde habéis quedado hoy?
—En su casa, sus padres se fueron esta mañana a un viaje que organizaba la Iglesia, ella dijo que tenía que estudiar y logró quedarse en casa. Sus padres no regresan hasta mañana al mediodía.
—¡Qué romántico! —gritó Joyce alzando los brazos— ¿y qué tienes preparado?
—¿Preparado para qué?
—Pues para vuestro jueguecito sexual, cariño, que pareces tonta. ¿Un vibrador, un dildo de esos... unas esposas, al menos?
—Bueno, yo... compré un par de cosillas el otro día y las tengo escondidas en el armario.
—¿Cuáles?
—Un caja en forma de corazón... se llama Corazón Romántico Lésbico.
—¡Uy! Conozco esos corazones, son geniales, fantásticos... pero me conozco todo lo que hay dentro.
—¿Has hecho los cien retos?
—Sí, me parece que tendré que empezar de nuevo por el primero, pobre de Luke —Luke es el novio de Joyce.
—Pues, como ella para mí es mi primera novia, pero yo para ella no, supuse que tendría algún vibrador o algo. Pero no quiero usar uno que haya usado ella antes con alguna de sus ex-novias, así que compré uno barato y un poco de lubricante.
—No pierdes el tiempo... —dijo Natalie con cierto retintín que no se me escapó, la seguía notando molesta.
—Hablando de tiempo, quedé con ella dentro de una hora. ¿Puedo pediros un favor?
—El que quieras, Rose de mi alma.
—¿Podéis cubrirme y confirmarle a mis padres que dormiré esta noche con alguno de vosotros?
—Diremos que te quedarás conmigo —dijo Natalie.
—Gracias —sonreí, pero ella no me devolvió la sonrisa.
—Venga —dijo Joyce— que te llevo en coche a ver a tu Lilith...

1 de diciembre de 2012

Disunity - III Capítulo: Confianza

Habían pasado ya dos años y siete meses desde la última vez que vi a Alexis. Ahora mi madre estaba saliendo con Jero, el entrenador de natación de su gimnasio. Era unos años mayor que ella y no había estado casado nunca aunque tenía un hijo unos años más pequeño que yo. A mi madre le gustaba mucho y se la veía muy ilusionada.

Yo vivía con mi padre desde que mi madre descubrió lo mío con Alexis. Mi padre tampoco lo aprobó y se asombró al enterarse. Le costó un tiempo aceptarlo, pero al menos con él era más fácil.

Mi padre también había rehecho su vida. Estaba saliendo con Rocío, una mujer de su edad que trabajaba en el ayuntamiento. No vivían juntos aunque muchas noches se quedaba con nosotros. Eso hacía a mi padre feliz y lo mantenía ocupado lo suficiente como para dejarme unas horas libres en las que irme a la librería.

Sí, a la librería. Mi vida había cambiado significativamente desde entonces. Me había centrado en los últimos años de instituto para aprobarlo todo con buenas notas y prepararme para entrar en una buena universidad. La novia de mi padre me ayudaba con eso porque yo quería estudiar algo de administración, de economía, contabilidad, gestión de empresas... y era justamente lo que ella había estudiado.

Un día me llevó a conocer su antigua universidad, caminamos muchísimo para llegar, aunque en realidad estaba cerca de casa. Cuando llegamos alguien la llamó por teléfono y ella se dio media vuelta para hablar mejor. Al cabo de unos minutos se acercó a mí y me dijo que volvería enseguida. Su trabajo muchas veces era así. Mientras ella no estaba pensé en aprovechar y dar una vuelta por las instalaciones y de camino a la biblioteca me lo encontré a él. A Alexis. En el sitio más inesperado y extraño para encontrarse a un ex. Si es que podía llamarle ex.

—¿Qué haces tú aquí? —pregunté sobresaltada y con la piel erizada.
—A veces vengo aquí, es una biblioteca pública a pesar de estar dentro del campus. ¿Qué haces tú aquí?
—Tengo pensado estudiar aquí.

Me miró durante unos segundos, examinando mi rostro, mi postura y diría que hasta mis palabras.

—Estás mayor, Nadia.
—Tú también.
—¿Cómo está tu madre?
—Bien, la última vez que la vi estaba bien.
—¿La última vez? ¿dónde vives ahora?
—Aquí cerca con mi padre.
—Pensé que le odiabas por abandonarte, ¿por qué te mudaste con él?
—Porque mi madre se enteró de lo nuestro —su expresión de repente cambió y se puso pálido.

Se sentó en uno de los tantos bancos de madera que hay por el campus y a lo lejos vi acercarse a Rocío. Me pidió disculpas, me dijo que se tenía que ir y yo le dije que no se preocupara. La verdad es que vivíamos cerca de la universidad y no necesitaba volver en coche.

—¿Quién era esa? —preguntó Alexis que se estaba acomodando en el banco.
—La novia de mi padre —dije acercándome a él y sentándome a su lado.

Entonces Alexis cogió mi mano y la apretó, me dijo que sentía mucho como había terminado todo y que mi madre se hubiera enterado. Me acarició la cara y sentía muchísimas ganas de besarle, pero me frené. No quería volver a cometer el mismo error de hace casi tres años. Él notó mi rechazo en mi cara y en mis gestos, quizás en el tono de mi voz o en mis palabras. El caso es que se levantó, cogió los libros que había sacado de la biblioteca y se marchó.

Al verlo alejarse de mí me acordé de cómo me había alejado yo de él tres años atrás. Ni siquiera lo había mirado a los ojos antes de irme. Debió de sentirse miserable. Y ahora que sabía que después de eso mi madre se había enterado y yo me había tenido que mudar, debía de estarse sintiendo peor. Y qué podía hacer yo. Podía correr hacía él, decirle que le quería, que siempre lo había hecho o quedarme ahí sentada en ese banco esperando a que desapareciera por completo y luego levantarme e irme a casa.

Opté por lo segundo. En el fondo pensaba que era lo mejor. Él ahora tenía treinta y seis años, yo diecisiete, casi dieciocho dentro de unas semanas. Estaba a punto de empezar una carrera y dentro de cuatro años, cuando la hubiese terminado, estaría trabajando en algo que me guste y quizás teniendo la familia que siempre he soñado. Si corría hacia Alexis jamás recuperaría la confianza perdida con mi madre, jamás podría casarme con él y tener una familia ni hacer nada de eso.

Finalmente me levanté y me dirigí a la biblioteca, quería verla antes de irme. Había una exposición sobre la novela negra y la investigación policial, hablaban de Edgar Allan Poe y no pude evitar pensar en Alexis. Cuando lo vi marcharse llevaba un libro de este escritor. Quizás tenía pensado quedarse a la exposición cuando se topó conmigo. Los siguientes veinte minutos se me pasaron volando pensando en él y cuando la exposición se acabó y comenzaron las preguntas me levanté y salí de nuevo afuera.

—No sabía que te interesara esta clase de literatura —dijo sorprendiéndome Alexis por detrás.
—Pensaba que te habías ido... ¡te vi irte!
—Volví a por la exposición, no es que sea un gran lector pero el tema de la investigación policial me interesa, ya sabes.
—Sí, ya sé —sonreí sin despegar los labios y entonces Alexis me miró fijamente, se acercó a mí y me besó.

Fue un beso tierno al principio, pero que poco a poco fue evolucionando en algo apasionado. Estábamos solos y nadie podía ver cómo nuestras bocas abrirse y cerrarse con tanta maestría. Había echado mucho de menos sus besos, sus manos en mi cuerpo, su calor. Y cuando nos despegamos me mareé como si acabara de bajarse de una montaña rusa. Nos miramos a los ojos y salimos de allí.

Ahora Alexis se había mudado a otra casa más pequeña. Ya no vivía con Jessica, de la que se había divorciado poco después de que naciera el niño. Entramos y me fijé en la decoración tan masculina y minimalista, casi daba pena. Luego me llevó en volandas hasta su habitación y me tumbó sobre la cama.

No puedo describir lo que sentí en ese momento. Era como vivir de nuevo. Como si en los dos años y siete meses que hacía que no estábamos juntos, hubiera estado sonámbula. Y ahora estaba muy despierta y con muchas ganas de él. De su cuerpo, de su lengua, de su respiración entrecortada en mi cuello mientras me embestía con fuerza y pasión, pero a la vez con amor y delicadeza.

Sentía calor en las mejillas y en todo mi cuerpo. Era una sensación liberadora y podía decir que él estaba sintiendo lo mismo al tenerme en sus brazos, sentada sobre su regazo o cabalgando sobre él.

A poco de estar encima noté en sus ojos y en la tensión de los músculos de sus piernas que estaba a punto de correrse. Pero no lo supe con exactitud hasta que agarró mis nalgas, las apretó y gimió volteando hacia atrás los ojos. En ese momento de éxtasis en la cara de Alexis no pude evitar correrme yo misma.

Recuerdo que esa tarde llegué a tarde a casa. Rocío no estaba y mi padre trabajaba hasta tarde así que nadie notó mi ausencia. Me duché y me fui a la cama. También recuerdo que esa noche no pude dormir porque la pasé chateando con Alexis hasta bien entrada la madrugada. Como dos locos adolescentes enamorados. Solo que la adolescente era yo, no él.

26 de noviembre de 2012

Coconut - Epílogo

Había pasado muchísimo tiempo desde aquel día en la parada de taxis frente al Hotel Hanakee. Y había pasado mucho tiempo también desde que Ulani dejó de esperar.

Ahora Ulani era feliz con Phhoung, una guapa camboyana que había emigrado de su país hasta Nuku Hiva en busca de tranquilidad y un trabajo estable. Y lo encontró, ahora Ulani era la nueva encargada de las camareras y Phhoung su nueva camarera en prácticas.

Nada más comenzar demostró un gran dominio de las lenguas, era amable con los clientes, conocía también varios platos típicos de su tierra que Ulani le permitió integrar en el menú y cocinaba la masa del pan mejor que ella. Se podría decir que Phhoung, con no más de veintiún años, realizaba el trabajo de dos camareras juntas. Era increíble la rapidez con la trabajaba y la energía que le seguía sobrando al final del día. 

Esa energía y vitalidad era lo que había enamorado a Ulani, su larga melena negra, su piel tostada y sus ojos algo rasgados completaban el resto. Sin olvidarnos de su metro setenta y ocho y de su sonrisa perfecta. Pero, a pesar de que Ulani se había enamorado, luchar por el corazón de Phhoung era una tarea muy complicada, basándonos en que a ella le gustaban los hombres, sobretodo Ariki.

Ulani pasó una temporada enfadada con su hermano, cuando éste no tenía la culpa de nada, hasta que Ariki comenzó a insinuarle a Phhoung que conocía a alguien que estaba enamorada de ella. La pobre se quedó de piedra al saber que era una mujer y no un hombre y que, por tanto, no era él el que sentía algo por ella. Tardó semanas en asimilarlo, hasta que comenzó a sentirse atraída por la idea de gustarle a alguien de su mismo sexo. Habló con Ariki y él concertó una cita con su hermana, a escondidas.

Cuando Ulani llegó a la playa y vio a Phhoung casi se muere del susto, no podía creer lo que había hecho su hermano. Y Phhoung no podía creer que fuese su jefa la que estaba enamorada de ella. Hablaron esa tarde de muchas cosas, pero nunca de sus sentimientos. Y así la tarde siguiente, y la otra, y la otra... Y pasó un año entero hasta que Ulani reunió las fuerzas suficientes para declararse: si Phhoung aceptaba sería inmensamente feliz, pero si la rechazaba, no podría seguir siendo ni su amiga ni su jefa y acabaría mandando a Phhoung a otro hotel vecino con una carta de recomendación.

Phhoung no sabía nada de eso, hubiese sido mucha presión para ella saber que si no aceptaba sería despedida. Así que Ulani preparó una cena en su casa, mandó a sus hermanos a casa de unos amigos e invitó a Phhoung. La joven camboyana se quedó un rato mirando a los ojos a Ulani antes de sonreír y decirle que sí.

Esa noche fue la más intensa de todas las que la pareja pasaron juntas, porque fue su primera vez. Phhoung ya había estado con un chico en Camboya, pero nunca con una mujer. Y Ulani, en cambio, estaba más nerviosa porque para ella todo eso sí que era nuevo. Pero fue fácil, solo tuvieron que hacer lo que les apeteció hacer.

Phhoung estaba tímida, cohibida al principio, pero acabó devorando el cuerpo de Ulani, mordisqueando por aquí y por allá. Ulani se dejaba hacer mientras imaginaba cómo sería lo siguiente. Y lo siguiente fue que abrió sus piernas para dejarle paso a una lengua insaciable. Al principio había miedo y verguenza, luego fue desaparenciendo y solo quedaron las ganas de amarse la una a la otra. Llegó el turno de Ulani y con sus dedos separó los labios de la vagina de Phhoung para introducir lentamente su lengua y probar por primera vez el sabor de una mujer.

Hasta bien entrada la madrugada estuvieron ambas reconociendo el cuerpo de la otra en la oscuridad, amándose y entregándose como nunca. No se cansaban, no podían cansarse porque la curiosidad se lo impedía. La curiosidad de saber cómo sabes en la boca de la otra persona, de saber dónde tocar para producir mayor placer, con qué intensidad o a qué velocidad.

Eran la pareja perfecta, la pareja ideal. Y mientras, en Polonia, Jarek acompañaba a su mejor amiga al aeropuerto y le deseaba suerte en la tarea de encontrar a Ulani. Luego, Jarek, casado con Yvette, una mujer finesa dos años menor que él, salió del aeropuerto hacia la casa de sus padres a recoger a su primogénito Igor y visitar a Yvette en el hospital, ya que acababa de dar a luz a su segundo hijo: Yves.

Tal y como Morelia había prometido dos años y medio atrás, la casa en Papeete estaba lista. Los muebles eran traídos de la isla y las maletas de ropa y recuerdos serían enviados por correo ordinario. Su trabajo como arquitecta en Polonia había sido un éxito y estaba embarcada en un nuevo proyecto de un rascacielos en Varsovia y la casa de un millonario en una isla caribeña. Todos los papeles del proyecto los llevaba consigo y tenía una habitación expresamente habilitada para su trabajo. Pero no podía comenzar y centrarse sin coger un barco, ir a Nuku Hiva y visitar a Ulani.

La ahora larga melena rubia de Morelia apareció frente a Ulani mientras estaba supervisando a sus camareras en el comedor. Hablaron, sintieron de nuevo aquella conexión, lo que se conoce como química, aquella atracción mutua y desenfrenada. Pero sí que tenía freno: Phhoung. El amor que sentía Ulani por aquella chica mayor que ella era increíblemente superior a cualquier atracción física.

A punto de cumplir los veinte, Ulani era la encargada de cocina de uno de los mayores hoteles de la Polinesia francesa, llevaba casi un año con Phhoung y estaba feliz viviendo en una casa más grande con sus hermanos, con su pareja y la pareja de Ariki, Mahuru. Morelia fue lo que la impulsó a contar su homosexualidad, lo que la hizo sentirse cómoda siendo quien es, su primer amor y su primer desamor, pues hacía mucho tiempo que había dejado de soñar con ella para pasar a soñar con la mujer que tenía a su lado cada noche. 

Así que Morelia regresó a Papeete, terminó sus proyectos, se volvió millonaria gracias al rascacielos y a la casa del Caribe. Regresó sola a Polonia para conocer al tercer y último hijo de Jarek, una niña llamada Anahita, de la cuál era sería la madrina. Y sola también regresó a Papeete para vender su casa y comprarse otra en las afueras de Londres. Y fue ahí, donde en un bar, conoció a Brittany, con la que años más tarde adoptó a un niño de origen africano llamado Emeka.

Coconut - V Capítulo: Despedidas

Ulani recorrió las calles hasta su casa imaginándose lo que pasaría cuando Ariki le pidiera a Kupe que se fuera. Sabía que Kupe era capaz de cualquier cosa y tenía miedo de verse en la calle por no poder corresponder al amor de un patán como él.

Llegó a casa y ésta no tenía ninguna luz encendida, había un vaso de cristal roto en el suelo y huellas de barro por todo el salón. Supuso que el barro venía de la zona alta de la montaña, donde Ariki solía ir a practicar para sus rituales. Caminó hasta allí y se encontró a sus dos hermanos peleando con Kupe. Corrió a separarlos y acabó con una herida en el labio superior.

—¡Uli!, ¿estás bien? —preguntó Hori acercándose para levantarla del suelo.
—¿Por qué estáis peleando?
—¡Kupe quiere quitarnos la casa, Ulani! —gritó Ariki mientras esquivaba un puñetazo.
—¡Parad de pelearos!, ¡Paraad! —y todos obedecieron— Kupe, ya basta, sabes que no te quiero y que jamás vas a conseguir nada de mí. Entiéndelo, no me gustas, me gustan las mujeres... —la confesión dejó a Kupe boquiabierto.
—Lo dices para que me vayas...
—Lo digo porque es verdad y si lo piensas eso explicaría porqué nunca he querido ser tu novia ni la de ningún otro chico. De verdad, Kupe, no es mi intención herir tus sentimientos, pero no tienes ninguna posibilidad conmigo.
—Llevo años enamorado de ti y nunca me dijiste nada, podrías haberme ahorrado mucho dolor.
—Y podría haberme ahorrado yo el aguantarte, pero no lo hice porque no estaba preparada. Solo lo saben mis hermanos y desde hace muy poco. Por favor, vayamos a mi casa, te preparo algo de cenar y vuelves a tu casa con tus padres, ¿vale?
—No, no hace falta. Me marcharé ya mismo.

Kupe recogió su camiseta del suelo embarrado y se la colocó en el hombro mientras descendía por la montaña. Ariki, Hori y Ulani se abrazaron viendo cómo se iba y cuando empezó a llover, caminaron hasta su casa. Ulani agarrada del brazo de Ariki y dándole la mano a Hori.

Cenaron como cada noche, hablando de su trabajo, criticando a Inas y riendo a carcajadas. Se acordaron muchas veces de Kupe y se hizo el silencio. Luego Ulani, con la ayuda de Hori, recogió los cristales rotos y limpió las huellas de barro del suelo.

Al día siguiente, Ulani no tenía ganas de ir a la playa como cada mañana, así que durmió unas horas más hasta que Ariki la despertó. La primera vez en años, siempre era ella la que despertaba a sus hermanos. Ariki preparó el desayuno y Ulani se dejó consentir hasta que llegó al hotel y vio a Morelia salir de él con una maleta en la mano.

—Ulani, ¿estás bien?
—Sí, es solo que esa es la huesped de la que te hablé —le dijo a Ariki.
—Ve y despídete, ¡corre!

Ulani le hizo caso a su hermano y corrió hacia el taxi donde Morelia ya había metido dos maletas más.

—Así que esta es la última vez que nos vemos... —dijo Ulani acercándose.
—Ey, Ulani, ¿qué tal? Pues parece que sí.
—Me hubiese gustado tener más tiempo para hablar contigo.
—Puede que vuelva el año que viene, he visto que se están construyendo unas casas muy lujosas y caras en otra isla. Puede que ahorre un poco y me endeude para pagarla, pero me hace ilusión vivir aquí.
—¿En la Polinesia?
—Sí, muy cerca de Papeete, no recuerdo el nombre, pero las casas están dentro de la selva. ¿No es exótico?
—Lo es, supongo. Para mí es lo habitual.
—Claro, te has criado aquí... Ulani, no tengas miedo de ser quien eres. Olvídate de lo que puedan pensar de ti y vive tu vida feliz, hazlo por mí. Puede que nos veamos antes de lo que te imaginas.
—No tengo número de teléfono en mi casa, pero cuando vuelvas, podrías llamar al hotel y preguntar por mí. Yo lo cogeré y sabré que vienes a verme.
—No necesitas un teléfono, ya te digo yo que vendré a verte y seguramente a quedarme aquí, en una de estas islas.
—Pues entonces, hasta pronto.
—¡Hasta pronto, Ulani!

Ulani se dio media vuelta para dejar a Morelia subir al taxi e irse, pero Morelia volvió a llamarla y cuando Ulani se dio la vuelta, la tenía justo delante. Morelia le agarró la cara y se acercó a su boca. Las manos de ambas entrelazaron sus dedos con la melena de la otra, sus lenguas jugaban tímidas y sus cuerpos, lo más cerca posible, sentían el calor del otro. Aproximadamente un minuto después, Morelia se retiró avergonzada por su atrevimiento, pero Ulani sonrió y entonces ella también. Sin decir una sola palabra más, Morelia se metió en el taxi a esperar a Jarek y Ulani entró en el hotel con una sonrisa enorme. Se metió en la cocina y cocinó hasta la noche sin quejarse ni levantar la mirada. Ensimismada recordando su primer beso.

22 de noviembre de 2012

Rosas, oro y diamantes - Introducción

En 1981, en un pueblo madrileño casi desconocido, muy alejado de las calles más transitadas y lujosas, se encuentra "Rosas, oro y diamantes", el burdel donde cada día acuden hombres de todas partes de España. Allí trabajan varias mujeres, cada una diferente a la anterior. Por un lado tenemos a Vega, la jefa y la más madura, ella se encarga de satisfacer a los más exigentes. Por un lado tenemos a Chelo, Marianela y Fabiola, tres mujeres de distintas edades y distintos orígenes que el destino ha reunido para realizar el mismo trabajo. Las tres son algo inexpertas todavía, pero aprenden rápido y se ganan la confianza de Vega. Pero no todas las que trabajan allí son buenas chicas que tienen que prostituirse para tener algo que comer, hay algunas que lo necesitan tanto que fingen ser lo que no son para conseguir más clientes y poder, no solo comer, sino sobrevivir. Es el caso de Juncal, Maica y Olga

La historia de estas siete mujeres, nos la cuenta Celia, una niña de ocho años que es llevada al burdel por su madre Elena. Elena va buscando trabajo como sirvienta, pues no sabe leer y cree que Rosas, oro y diamantes es simplemente un bar. Nada más entrar, madre e hija se dan cuenta del lugar en el que se han metido y Elena sale huyendo de allí, pero Felipe, el padre de Celia, quiere llevarse a su hija con él si Elena no es capaz de cuidarla. 

Así que Elena vuelve al lupanar y así comienza una historia de secretos, mentiras, amores y desamores, engaños, infidelidades, mucha resignación y muchas lágrimas, contada desde el punto de vista inocente de una niña que crece demasiado deprisa.


A partir de ahora y para abreviar, me referiré a la novela como ROD.Rosas, oro y diamantes (R.O.D)

11 de noviembre de 2012

Coconut - IV Capítulo: Decepciones

Ulani se separó de su hermano con discreción diciendo que tenía que ir al baño antes de ponerse a trabajar. Ariki no le prestó interés y también se alejó para ponerse a trabajar. Pero Ulani no quería ir al baño ni mucho menos, lo que buscaba era subir las escaleras del hotel hasta la segunda planta y llegar arriba antes que el ascensor, o por lo menos antes de que Morelia llegara a su habitación.

Abrió la puerta de las escaleras y comenzó su carrera, pero alguien la llamó desde abajo, una voz que le sonaba demasiado familiar: Inas. Ulani se giró, desesperanzada y enfadada con el mundo por no permitirle que pudiera hablar con Morelia, por lo menos una vez antes de que se marchara de nuevo a Polonia.

—Sí, Inas, ¿qué ocurre? —preguntó Ulani con un tono de voz calmado y seguro.
—¿Cómo que qué ocurre? Ha faltado esta mañana a trabajar, justo cuando más trabajo teníamos, he tenido que ponerme yo a reponer bandejas. Quién lo diría, la encargada convertida en una vulgar camarera.
—Qué rápido se te olvida que si has llegado a ser la encargada fue porque primero fuiste camarera durante más años que yo y mis compañeras juntos. Y siento si había mucha gente en el comedor, me encontraba mal esta mañana y he preferido quedarme en casa hasta recuperarme un poco.
—Podrías haber avisado, estábamos preocupados.
—De mis compañeras me lo creo, pero no digas estábamos si lo único que te preocupó fue tener que hacer de camarera unas horas. Y ahora, si me disculpas, tengo que ir a hablar con mi hermano Hori antes de volver al trabajo.
—No puedes, tenemos prisa. Hay que reponer todas las bandejas del almuerzo.
—Pero...
—He dicho que no puedes, vamos date prisa.
—Sí, Inas.

Ulani caminó detrás de Inas hasta la cocina y, al pasar por delante del comedor, Jarek pudo fijarse en ella y reconocerla. Pero Ulani no lo vio. Siguió caminando y saludó a sus compañeras antes de ponerse a fregar platos, freír, moler, picar, rallar y cortar comida. Sus manos no pararon de trabajar para compensar a sus amigas por haber faltado esa mañana y para tener más tiempo libre al final del día y poder subir a la habitación de Morelia.

Se quedó sin aliento después de amasar, lo recuperó asomando la cabeza unos segundos por la ventana y volvió con la masa del pan. La harina se le metía bajo las uñas, se le pegaba a la ropa y al pelo, y, de vez en cuando, por la nariz. Haciéndola estornudar a cada rato. Odiaba preparar el pan, igual que lo odiaban sus compañeras, pero hoy le tocó a ella. Le dio forma a la mesa cuando estuvo preparada y luego la metió en el horno. En total, más de cien panecillos. Algunos se comerían hoy, otros habría que volvernos a meter al horno para tostarlos y rallarlos al día siguiente.

Se lavó las manos antes de empezar a preparar flanes y postres variados, miró el reloj y vio que solo le quedaban unos minutos para salir de aquel infierno. Cuando volvió a levantar la vista, una compañera apareció con los platos que quedaban por fregar de la cena. Inas se acercó y le pidió a Ulani que lo hiciera, que el frío del agua al fregar los platos la despertaría y que para hablar con Hori ya tendría tiempo en su casa, que para algo eran hermanos y vivían juntos. Ulani se mordió la lengua deseando decirle todo lo que pensaba, pero se controló y lavó los platos sin rechistar. Cuando acabó con todo se tocó las manos y se dio cuenta de que no las sentía, las tenía tan congeladas que era incapaz de hacer algo más.

Estaba sola en la cocina, así que dejó el delantal manchado de harina, mojado del agua y del jabón de los platos sobre la mesa y corrió hacia el ascensor. Se arregló el pelo en el espejo y se dio cuenta de que no había comido nada en todo el día.

Cuando llegó a la segunda planta, se acercó a la habitación 206 y se lo pensó unos minutos antes de tocar la puerta. Finalmente lo hizo y abrió la guapísima Morelia con la cara desencajada al ver que no era Jarek el que tocaba la puerta, sino la joven y guapa camarera que la había atendido...

—H-hola —saludó Morelia.
—Hola, soy Ulani, hace dos noches te serví la cena a ti y a tu amigo y... bueno, escuché todo lo que hablasteis.
—Pasa —Morelia se apartó de la puerta y la cerro cuando Ulani hubo entrado— ¿Cómo pudiste entendernos si hablábamos polaco? —Morelia hablaba ahora en inglés.
—Porque he estudiado varias lenguas europeas usando los libros de una pequeña biblioteca del hotel y... luego practico con los clientes y aprendo mucho más.
—Vaya, pues siento que hayas tenido que escucharlo todo... fue una conversación muy embarazosa.
—Lo sé, por eso estoy aquí.
—Explícate, no lo entiendo.
—Lo último que le dijiste a tu amigo, antes de salir corriendo, quería preguntarte sobre eso.
—¿Qué eres? Una cotilla, una chismosa, ¿es eso?
—¡No! Verás, yo... es que...
—No tengo toda la noche, me gustaría terminar de preparar mi equipaje, si no es mucha molestia.
—¿Cuándo te vas?
—Mañana a primera hora, ¿por qué me lo preguntas?, ¿qué importancia tiene eso para ti?, y ¿qué querías el otro día cuando viniste a buscarme a mi habitación y mi amigo te dijo que no estaba?
—Solo quería hablar contigo... —Ulani tenía la voz apagada, estaba intimidada.
—Pues ahora puedes hablar...
—Yo... yo soy como tú.
—¿Cómo yo?
—Sí, como eso que le dijiste a tu amigo...
—¿Pero qué dices? Si te he visto llegar esta tarde del brazo de tu novio o amiguito —pronunció esta última palabra como un reproche a la pobre Ulani.
—¿Con Ariki?
—Como se llame ese musculitos sin camisa...
—No es un musculitos sin camisa, se llama Ariki y es mi hermano mayor —a Morelia le cambió la expresión de la cara.
—¿Tu hermano mayor?, ¿de verdad?
—Sí.
—Lo siento, no sabía nada. Siéntate —Morelia le ofreció asiento en el sofá del salón— ¿qué querías hablar conmigo, Ulani? —A Ulani le sorprendió que recordase su nombre—. Me dejaste intrigada.
—Ni yo misma lo sé, estaba confundida... mis hermanos no sabían nada sobre... ya sabes qué... hasta hace muy poco y estaba angustiada y preocupada porque no sabía cómo se lo iban a tomar.
—¿Y cómo se lo han tomado?
—Bien, Ariki un poco sorprendido al principio, pero mi hermano pequeño Hori se lo ha tomado bien. Ni siquiera estoy segura de si sabe lo que significa, es pequeño, solo tiene trece años.
—¿Y tú qué edad tienes?
—Diecisiete —Ulani agachó la cabeza avergonzada.
—Bueno, yo tengo veintitrés —en ese momento se oyó abrirse la puerta de la habitación y Ulani se levantó de inmediato.

Era Jarek que acababa de subir de ver las estrellas tumbado en una hamaca aprovechando que la lluvía había parado. Ulani pasó por su lado y se despidió de ambos antes de salir corriendo del hotel para ir a su casa a contarle a sus hermanos lo que había pasado, emocionada y feliz, antes de acordarse de que Kupe seguía allí, como una molesta pulga. Y antes de recordar también que Morelia partiría a la mañana siguiente.

8 de noviembre de 2012

Coconut - III Capítulo: Visita

El sol comenzaba a salir como cada mañana y Ulani seguía en el agua bañándose entre la espuma de las olas y observando las siluetas de las palmeras sobre el agua. Descansaba su cuerpo sobre el agua y se relajaba cerrando los ojos y dejando que la corriente se la llevara y la volviera a traer con maestría. A lo lejos escuchó el motor de un barco y se puso alerta, muchas veces los barcos pasaban por esa playa con turistas. Pero este no era un barco de turistas, era un barco que venía de la capital Papeete con nativos de la isla.

El barco pasó de largo y se dirigió al puerto, pero ella no tenía ganas de irse de la playa, de desayunar y volverse a poner el uniforme de todas las mañanas, simplemente porque estaba todavía asimilando todo lo que había pasado la noche anterior en el comedor del hotel, en la habitación 206, en recepción con Ariki y luego en su casa con Hori, que también se enteró de su condición sexual gracias a la ayuda de Ariki. Había sido demasiado para una sola tarde, muchos sentimientos encontrados que llevaba años ocultando y que no sabía cómo manejar.

Un grito la sacó de sus pensamientos y se dio la vuelta. En la orilla vio a su hermano Hori llamándola con una sonrisa y diciendo que saliera corriendo del agua. Entonces llegó detrás Ariki. Y no tuvo más remedio que salir del agua para saber qué pasaba.

—Vas a llegar tarde al hotel e Inas se va a enfadar, ya sabes cómo es.
—Llevo siete años llegando puntual y siendo la mejor camarera, creo que merezco un descanso, ¿no?
—Pero si no avisas Inas no...
—¡Inas!, ¡Inas!, ¡Inas! Haga lo que haga esa mujer siempre se enfadará conmigo o con otra camarera "la sopa está demasiado caliente", "el pollo demasiado frío", "los platos no están bien limpios", "¿quién fue la inútil que dejó la bandeja de macarrones sin reponer?", y así siempre.
—Uli, ¿te encuentras bien?
—Perfectamente. Nunca me había sentido tan liberada... tan... yo. Y ahora quiero estar sola, por favor.
—Claro... diremos que estás enferma.
—No Hori, no digas nada. Si te preguntan no respondas, solo di que no sabes.
—Vámonos, Hori. Uli necesita estar sola hoy.
—Gracias, Ariki.

Ulani volvió al agua donde pasó unos treinta minutos más disfrutando del sol que empezaba a calentar su piel tostada, dejando que el agua moviera su larga melena negra como la noche y dejando que sus miedos se escaparan... volviendo a nacer. Pero como si el mundo se empeñara en no dejarla ser feliz ni un día, el cielo se volvió gris y el viento trajo consigo unas nubes negras que empezaron a soltar todo el agua en forma casi  de diluvio. El frío la hizo volver en sí, y salió a la orilla, quería estar sola y relajarse, pero tampoco quería enfermar. Así que decidió volver a casa.

Mientras tanto, Morelia hacía las maletas para regresar a Polonia a la mañana siguiente. Jarek había amanecido con resaca y estaba en el baño vomitando y quejándose del dolor de cabeza, pero al menos ya no estaba molesto con ella. Ahora la comprendía y había logrado empezar a perdonarla, con suerte en unos días volverían a ser amigos y a olvidar todo lo que pasó en Nuku Hiva. Esa mañana Morelia no paraba de recordar las palabras de Jarek sobre Ulani. Tenía ganas de saber qué quería esa joven camarera y de conocerla mejor, así que se dio prisa en bajar a desayunar dejando a Jarek solo con sus dolores.

Llegó al comedor, buscó una mesa, dejó su bolso en ella y se acercó a las bandejas de comida. Unas tostadas con mermelada, un zumo de naranja, leche con cereales, un café y una magdalena. Mientras cogía la comida miraba las puertas de la cocina abrirse y cerrarse e intentaba buscar a Ulani, pero no la encontraba. Fue a su mesa y desayunó lento, dándole tiempo a Ulani de salir de la cocina, de llegar de algún otro lado y aparecer. Pero nada, así que después de rellenar el zumo de naranja unas tres veces para hacer todavía más tiempo, la cola de huéspedes hambrientos empezó a impacientarse porque no tenían mesa y tuvo que irse.

La soledad de su casa la hacía sentir incómoda, como una extraña, pero a la vez le gustaba esa sensación de paz. Pero de nuevo el mundo quiso arruinarle su día perfecto y alguien llamó a la puerta.

—¿Kupe? —Ulani se quedó boquiabierta del susto.
—Hola, Ulani ¿cómo estás? —Kupe entró a la casa con una maleta enorme—. Espero que no te importe que me quede aquí unos días, ¿verdad? Estoy tan cansado, ¿me sirves un vaso de agua? —preguntó mientras se sentaba en una silla de mimbre—. Te noto desmejorada, ¿has comido bien Ulani mía? Mira que no quiero novias flacuchas, eh —Ulani seguía sin moverse—. Bueno, y mi vaso de agua... ¿para cuándo?
—¿Qué haces aquí, Kupe?
—¡Venir a visitarte!
—¿La última vez no te dejé bien claro que no quería saber nada de ti?
—La última vez estábamos todos un poco tensos, ¿no crees? He venido a darte otra oportunidad porque sé que, en el fondo, tú me quieres Ulani...
—Claro que te quiero, Kupe, pero bajo tierra... Vete de mi casa ya mismo o llamaré a la policía.
—Vamos Ulani, la policía no hará nada, ya les conoces... esos solo se preocupan de los turistas y a nosotros nos tratan como parias —Kupe tenía razón, además, si a los nativos los trataban como parias, a las mujeres mucho peor... por ser polinesias y por ser mujeres.
—No tengo ganas de discutir, es mejor que te vayas por las buenas Kupe o...
—¿O qué?
—O será Ariki el que te eche de aquí a patadas.
—¿Tu hermano? Pero si ellos me adoran...
—No, ya no. Hori sabe que te hiciste su amigo por puro interés y está dolido contigo desde entonces y Ariki me defendería con los ojos cerrados hasta de él mismo. Nos queremos, nos protegemos los unos a los otros y saben que no me caes nada bien, así que no tendrán problemas en echarte de aquí a patadas.
—Vale, supongamos que me echan... ¿sabes qué podría hacer si lo intentan?
—¿Qué?
—Mi familia es rica, Ulani... podría comprar esta mierda de chabola en la que vives, podría comprar la de tus vecinos y amigos, y dejarles en la calle. Podría hacer lo que me dé la gana, porque puedo.
—Mi abuela decía que la gente de mal corazón y pobre es capaz de hacer cosas terribles, pero que la gente de mal corazón y rica provoca catástrofes por mero orgullo.
—Pues tu abuela no se equivocaba, ahora, ¿me sirves un vaso de agua, preciosa?

Ulani se giró para ir a la cocina a buscar el vaso con agua y Kupe sonrió al verla con el bikini empapado y con el pelo mojado pegado a la espalda. Recordó la primera vez que la vio saliendo del mar una mañana que había ido con su padre a la playa. Ulani era mucho más pequeña, pero igual de bonita. Y desde entonces investigó hasta saber que era hermana de Hori y se hizo amigo suyo para estar más cerca de Ulani. Cuando regresó al verano siguiente, Ulani vivía en otra casa, trabajaba en el hotel y apenas pasaba tiempo en la playa. Salvo al alba, cuando todavía no había salido el sol y no tenía que ir a trabajar. Así que comenzó a acosarla cada mañana.

Pero ahora Kupe se había cansado de espiarla mientras se bañaba en el mar o recogía caracoles en la orilla, quería besarla y atraparla entre sus brazos. Y Ulani no se lo pondría fácil, no porque él no insistiera, sino porque solo la idea de acostarse con un hombre o, peor aún, con un hombre tan despreciable como Kupe, le provocaba náuseas.

Ulani volvió con el vaso de agua y Kupe la agarró del brazo para que se sentara a su lado. Ulani se sentó, pero no le miró, solo podía mirar la puerta deseando salir por ella y no volver al lado de Kupe. Pero él la agarró por la cara y le dio un beso en los labios, Ulani se resistió y tiró de su cuello hacia atrás, pero Kupe no la soltaba y la seguía besando con fuerza.

En ese momento llegó Ariki, empapado y sin camiseta. Abrió la puerta y se encontró de frente con su hermana y con Kupe.

Mientras tanto, en el hotel, Morelia pasaba el rato leyendo revistas en una de las mesas de recepción, ya que la lluvia le impedía bañarse en la piscina o pasear fuera del hotel para conocer Nuku Hiva. Jarek se había recuperado de su resaca y preparaba su maleta para irse de nuevo a Polonia a la mañana siguiente junto con Morelia. En ese momento Morelia volvió a recordar a Ulani. Morena, de estatura media, con el pelo largo y negro como la noche y los ojos almendrados y brillantes. Se quedó mirando la revista, pero sin leerla, pensando en ella y en cómo sería su vida.

—Llevas leyendo la misma página más de cinco minutos, ¿te encuentras bien? —dijo Jarek acercándose.
—Eh... sí —Morelia se acomodó en el asiento y dejó la revista sobre la mesa—. Pensaba en tonterías, ¿tú cómo sigues de la resaca?
—Apenas tengo, los medicamentos que me diste hicieron milagros.
—Me alegro... —Morelia bajó la mirada.
—Oye, ¿qué eran esas tonterías en las que pensabas? Te encuentro como triste... apagada.
—No sé, estoy un poco rara... lo siento —Morelia hizo el amago de levantarse.
—Morel —así la llamaba Jarek de vez en cuando— es normal que te sientas un poco incómoda después de confesarme algo que llevabas tanto tiempo ocultando. Y por mí puedes estar tranquila, viajaré mañana a Polonia solo y tú puedes quedarte aquí unos días más antes de volver con los conservadores de tus padres.
—No me lo recuerdes, ¿quieres? De solo imaginar que mis padres se puedan enterar de esto... se me pone la piel de gallina. Ellos nunca aceptarán que quiera a una mujer, nunca. Y si no me caso pronto con un hombre, comenzarán a sospechar... ya sabes cómo es nuestro pueblo.
—Nuestro país entero es así, solo en algunos lugares podrías hablar de tu homosexualidad con libertad, pero tendrías que estar constantemente alerta.
—Lo sé, ¿crees que no llevo toda mi vida en alerta?
—Oye, Morel... ¿desde cuándo sabes que eres... ya sabes, homosexual?
—Desde los trece... cuando conocí a una compañera de clase que se sentaba siempre a mi lado. Un día faltó a clase y la eché tanto de menos que me asusté. Luego comprendí el porqué.
—Te habías enamorado de ella...
—Totalmente. Fue mi primer amor y con quién descubrí mi homosexualidad. Pues, un día, éramos tan amigas, que quedamos en su casa y... cosas de niñas, dirían algunos... pero nos besamos.
—¿Qué ocurrió después?
—Que ella se lo tomó como un ensayo para luego besar al chico del que estaba enamorada y yo no. A mí me gustó, yo quería más. Desde entonces he estado ocultando mis verdaderos deseos.
—Aquí no tienes por qué hacerlo, Morelia. Aquí eres libre y nadie te conoce.
—¿Por cuánto tiempo?, ¿cuánto tiempo podré seguir aquí de vacaciones? Este hotel es muy caro y no puedo permitírmelo mucho más tiempo. Tendré que volver a casa y fingir como lo llevo haciendo siempre.
—No necesariamente... este lugar es caro, sí, pero podrías buscar otro país igual de lejano y más asequible a tu bolsillo. Buscar un trabajo con el que mantenerte y conocer a gente que te respete y valore tal y como eres y, quién sabe, quizá también a alguien que te ame.
—Suena bien —A Morelia se le dibujo una sonrisa en la cara.
—Piénsalo, yo voy al comedor que tengo mucha hambre.
—Yo ya he comido, gracias por hablar conmigo, Jarek.
—Siempre estaré para escucharte.

Jarek se levantó y Morelia lo siguió con la mirada hasta que se perdió entre la gente. Luego vio una melena negra con un delantal blanco que llegaba acompañada de un chico alto, moreno y atlético. Eran Ulani y Ariki. Su corazón se paró por unas milésimas de segundo del susto, de la emoción contenida, de la rabia y del dolor al verla con su novio... ella se había hecho ilusiones, ilusiones estúpidas pues esa camarera jamás se fijaría en ella. Pero Morelia estaba equivocada y Ulani la vio levantarse de la mesa y correr al ascensor.

23 de septiembre de 2012

16 de septiembre de 2012

Coconut - II Capítulo: Discusiones

Jarek salió corriendo tras Morelia, pero ella se subió al ascensor antes de que él la alcanzara, pulsó el primer botón que vio y esperó a que las puertas se cerraran. Cuando se sintió a salvo, miró el botón que había pulsado, se dirigía al piso 5. Era un piso normal y corriente... sin ningún sitio donde poder esconderse y llorar tranquilamente.

Inas había salido de la cocina al escuchar los gritos de Morelia y de Jarek, así que hizo volver a Ulani a la cocina para que ayudara con la limpieza. Gran parte del trabajo estaba hecho, recogieron la mesa que habían preparado para Jarek y Morelia, y cada uno fue marchando a su casa, menos Ulani.

—¡Ulani!, ¿dónde vas?
—Al baño, me iré a casa sola, no te preocupes Inas.
—Muy bien, ten cuidado al volver a casa. Hasta mañana.
—Hasta mañana.

Ulani no sabía en qué planta estaba hospedada Morelia, pero recordaba su nombre, así que se quitó un anillo que siempre llevaba en el dedo pulgar y se acercó a recepción.

—Buenas noches, me gustaría saber en qué habitación está hospedada una señorita llamada Morelia.
—¿Sabe el apellido?
—No, pero sé que comparte la habitación con un hombre de, más o menos, su edad.
—¿El hombre que la acompaña se llama Jarek?
—¡Sí! Exacto.
—Vale, podría darle el número de la habitación, pero, es tarde y estarán durmiendo, además, ¿para que quiere hablar con una huésped a estas horas?
—No, no creo que estén dormidos todavía, acaban de subir a su habitación, acabamos de prepararle una cena romántica en el comedor.
—¿Y...? —El recepcionista seguía reacio a dar el número de habitación de Morelia.
—Bueno, se dejó este anillo en la mesa y me gustaría devolvérselo.
—¿No puede esperar a mañana?
—No quiero que piense que le hemos robado.
—Está bien... la 206.
—Muchas gracias, buenas noches.
—Buenas noches...

Ulani sonrió para sus adentros por la mentira que acababa de decir y se dirigió a las escaleras, subió dos plantas, giró a la derecha y al fondo, encontró la habitación 206. Se pensó dos veces en tocar, pero finalmente lo hizo y cuando la puerta se abrió, se sorprendió al ver a Jarek llorando.

—¿Tú no eras la camarera? —preguntó Jarek extrañado.
—Sí, es que me quedé preocupada...
—Pues no tienes de qué preocuparte...
—¿Puedo pasar? —preguntó Ulani casi rogando.
—¿Para qué?
—Me gustaría hablar con ella, cosas de mujeres, seguro que necesita a alguien con quién desahogarse, ¿y quién mejor que una extraña a la que no volverá a ver?
—Pues lo siento mucho pero ella ahora no está aquí.
—¿Qué?
—No está, imagino que lo último que quiere es verme así que se habrá ido a otro lado.
—Está bien, no pasa nada.

Había sido un día agotador, sin duda, lleno de emociones. Ulani sentía que debía hablar con Morelia sobre lo que pasó en el comedor, debía preguntarle cómo se sentía después de contarle eso a su mejor amigo porque ella llevaba años queriéndoselo contar a sus hermanos, tenía que preguntarle cómo había logrado mantenerlo oculto durante tanto tiempo y compartir anécdotas. Sabía perfectamente que Morelia marcharía en unos días del hotel, sino lo hacía mañana mismo, por vergüenza, y que no tendría más oportunidades de verla que esta. Aun así, Ulani bajó las escaleras y llegó a recepción donde encontró a su hermano Ariki.

—¡Ariki!, ¿qué haces aquí?
—Inas nos dijo a Hori y a mí que te quedabas hasta tarde atendiendo a unos clientes y decidí venir para que no tuvieras que volver a casa sola.
—Gracias, Ariki —dijo ella y luego cogió del brazo a su hermano para caminar a su lado.
—¡Señorita!, ¿le pudo entregar el anillo a la huésped? —preguntó el recepcionista de antes.
—Ehm... —Ulani vaciló unos instantes antes de contestar— Sí, muchas gracias, la huésped pensó que lo había perdido y está muy agradecida.
—Muy bien —el recepcionista bajó la mirada y siguió a lo suyo.
—¿Qué huésped? —preguntó Ariki.
—Nada, solo una cliente que se olvidó un anillo en el comedor.
—Tú nunca tratas directamente con los clientes, para eso está Hori y los que trabajan con él.
—Lo sé, lo sé, pero... ella había discutido con su novio en el comedor y quería ver cómo estaba.
—Ulani, no me estás contando toda la verdad.
—¡No hace falta que conozcas toda la verdad! —Ulani se soltó del brazo de su hermano.
—Soy tu hermano mayor y tengo que protegerte.
—Pero no he hecho nada malo, nada, así que no tienes de qué protegerme —Ulani se echó a caminar.
—Ulani... yo solo quiero que no te pase nada malo.
—Pues entonces deja de hacer preguntas que sabes que no puedo contestar.
—¿Por qué no?
—Puede que Hori todavía no se haya dado cuenta porque es más pequeño, pero estoy segura de que tú lo sabes.
—¿Qué cosa?
—¡Ariki! No me hagas esto más difícil —hablaban en polinesio en mitad de la calle, pero solo había turistas—. ¿Te acuerdas de Kupe?
—El mejor amigo de Hori.
—Exacto... pero no sabemos nada de él desde hace meses y meses, ¿verdad?
—Sí, es cierto, ¿qué pasó?
—Se fue de Nuku Hiva porque yo no quise salir con él, su amistad con Hori era un farsa para acercarse a 'la chica guapa del Hotel Hanakee'. Cuando lo rechacé se fue.
—¿Y por qué lo rechazaste? Era guapo y venía de una buena familia.
—Pues porque aparte de ser un mentiroso y de haberle hecho daño a Hori... es un hombre —Ulani respiró aliviada y su hermano hizo un gesto de comprensión.
—Esto es culpa mía, te has criado entre dos hombres desde que murieron papá y mamá y, claro, ahora tienes nuestros mismos gustos.
—¡Ariki! No seas ignorante, esto no tiene nada que ver con vivir contigo y con Hori. Me gustan las chicas desde que iba a la escuela. Mamá lo supo semanas antes de morir y cuando ella se fue, decidí no contárselo a nadie más. Pero esta noche... esa chica tan guapa... estaba ahí con su vestido plateado y con su novio trajeado y pensé que hacían una pareja perfecta, aunque a mí me gustase ella. Y luego la escuché gritar lo que yo llevaba tantos años sin poder decirle a nadie.
—¿Y cómo te sientes ahora?
—No lo sé, ¿cómo debo sentirme? Quería verla, pero no para lo que te piensas, solo quería que me ayudara a vivir con esta maldición.
—Uli... a mí me cuesta comprenderlo, sí, pero te aseguro que no es una maldición. Anda, vámonos a casa.

Ulani se acercó a su hermano y éste la abrazó para consolarla. Mientras caminaban hacia su casa, Morelia se dirigía a su habitación, a enfrentarse con Jarek. Tocó la puerta, esperó unos segundos y apareció un desesperado y algo bebido, Jarek. Tenía el pelo revuelto y se había desabotonado la camisa, tenía una botella de whisky en la mano y un cigarrillo en la otra.

—Me tenías preocupado... pasa —Jarek se quitó del medio y Morelia contempló todo el desastre de su amigo.
—Solo he estado lejos una hora... y la que has montado —ambos hicieron un amago de sonrisa.
—Siento mucho lo que ha pasado, Morelia. Ha sido culpa mía.
—No, nada ha sido culpa tuya, yo tuve que habértelo confesado todo antes y nada de esto habría ocurrido. Siento que tuvieras que pasar por la vergüenza de que todos me oyeran y por todo lo que estés pasando. De verás lo siento.
—Se me pasará, solo estoy dolido porque... esta noche yo pensaba pedirte matrimonio, ¿sabías? Eres la mujer perfecta y me sentía afortunado de tenerte a mi lado y pensaba que podrías estarlo para toda la vida... ahora resulta que todo era una mentira y que jamás podremos estar juntos.
—Encontrarás a otra mujer, te lo juro, otra mujer que sienta por ti lo mismo que tú por ella.
—Sí, seguramente eso ocurra algún día. Pero yo te quería a ti y ahora.
—Lo siento... —Morelia se echó a llorar y Jarek se dejó caer en la cama derramando el whisky. Ella se acercó a recoger la botella y Jarek sacó fuerzas para seguir hablando.
—Ha venido a verte la camarera morenita que nos atendió en el comedor.
—Se llama Ulani.
—¿La conoces o ya hablaste con ella?
—Ehm... no, no la conozco, me fijé en el nombre de su placa cuando llegamos.

9 de septiembre de 2012

29 de agosto de 2012

Red Velvet - Epílogo

17 años después

—Papá, sé que no puedes oírme ni verme ya. Lo único que me consuela es saber que algún día estaremos juntos de nuevo igual que a mamá, solo nos consuela eso. Ya estoy buscando con ella las mejores universidades de Portugal para irme a estudiar el año que viene. Quiero estudiar lo mismo que mamá, pero también me gustaría dedicarme a algo más artístico, como tú. Tú conseguías hacer de un plato de comida una obra maestra, tenías dotes para la pintura y la escultura y creo que yo los he heredado. Así que mientras me formo para ser médico, tengo pensado acudir a clases de pintura. Esas son todas las novedades por ahora, pero prometo venir a visitarte cada día hasta que me vaya a estudiar fuera, y, desde allí, rezaré cada día por tu alma igual que lo hace la abuela y la tía Magda. Por cierto, se me había olvidado decirte que la novia de Martín, tu Nano, está embarazada de un niño. Martín quiere ponerle Agus en tu honor y su novia está de acuerdo, así que creo que habrá un pequeño Agus correteando por las calles de Florida muy pronto. Ahora me voy con mamá, que poco a poco va aceptando tu muerte. Prometo cuidarla cada día, no te preocupes por eso, que amor de mi parte no le faltará. Hasta siempre, papá.

Amelia era una joven de dieciséis años que había heredado los rizos negros de su madre y los ojos azules de su padre. La piel tostada por el sol y sus medidas perfectas la hacían más preciosa aún, pero ella no le daba importancia a su belleza, ni siquiera la acentuaba con maquillaje o con ropas ceñidas. Ella prefería estudiar para ser la mejor médico de Portugal, una digna heredera de la doctora Ximena Villalba.

—Amelia, cariño, ¿dónde te habías metido? —preguntó Carla levantándose del sofá.
—Fui a visitar a una amiga, mamá.
—¿A una amiga o a papá? —Amelia miró a su madre a los ojos y luego bajó de nuevo la mirada, triste.
—Tranquila, poco a poco lo voy aceptando. Aunque cuesta, cuesta mucho. Si hubiese sido una muerte por una enfermedad, al menos hubiera tenido tiempo de despedirme. —Carla se ahogó en sus lágrimas.
—No mamá, hubiese sido peor. Piénsalo, te hubieras roto la cabeza por curarlo de esa enfermedad y ahora estarías mortificándote por no haber podido hacerlo. O peor: habrías hecho sufrir a papá.
—Tienes razón, soy una egoísta. Pero lo echo tanto de menos...
—Es lógico, solo han pasado unos meses desde el accidente, pero tienes que seguir siendo fuerte.
—Lo sé, pero no puedo. Solo me quedas tú para ser fuerte y tú ya eres una mujercita que no necesita de mi ayuda para nada.
—Claro que te necesito. Aquí todos te necesitan y te quieren porque eres la mejor médico, la mejor madre y la mejor amiga que conocen.
—¿Tú crees? —Carla sonrió.
—Y tanto que lo creo, eres la mejor, mamá. Además, te seguiré necesitando aunque sea una viejecita, así que tendrás que durar muchos años más.
—Prométeme que vendrás a verme cada fin de semana. Pagaré yo de mi bolsillo los billetes de tren, de avión, o de lo que quieras coger. Pero te necesitaré aquí cada fin de semana.
—Y entre semana si las clases me lo permiten. Tú por eso, tranquila. Ahora vamos a salir de aquí, demos una vuelta.
—Está bien, ¿a dónde?
—Vamos a la playa, a pasear por la orilla y comer helados.
—Me parece una idea fantástica.

Madre e hija pasearon por la orilla mojándose los pies y refrescándose con unos helados. Entonces Carla comprendió que debía ser fuerte por su hija, aunque Amelia tuviera ya dieciséis y fuese una chica a punto de emprender una aventura universitaria muy lejos de ella, se necesitaban la una a la otra. Había huido de su país con el hombre al que amaba, había formado una familia, había conseguido el trabajo de sus sueños y había ayudado a su marido a conseguir el suyo como chef de un restaurante que ahora lo regentaba ella. El restaurante Lagus.

El accidente le había arrebatado a su marido, sí, pero no a su hija ni a su vida como médico. Todavía le quedaban cosas por las que vivir. Con apenas cuarenta y tres años recién cumplidos, tenía por delante toda una vida y quién sabe, quizá dentro de unos años encuentre a alguien que la haga feliz. Nunca podrá volver a sentir el mismo amor pasional y loco por otro hombre, pero, ese paseo con su hija le hizo ver que todavía podía tenía cosas por las que luchar.

27 de agosto de 2012

Red Velvet - X Capítulo: Futuro

[Capítulo final]

—Vaya... Agus, mira —Agus obedeció —Hay casitas pintadas del mismo color y un montón de personas bien vestidas...
—Esto es increíble. Jamás pensé que Lisboa fuese tan bonito, no es la gran ciudad llena de rascacielos que pensaba.
—Para nada, tiene un montón de casitas pequeñas y acogedoras, ¿te imaginas viviendo en una de esas?
—¿Por qué imaginarlo? El dinero de mi hermana nos alcanza para un mes o dos de alquiler.
—Todo depende de los precios aquí. Además, tenemos que cambiar los reales por... ¿qué moneda usan aquí?
—Euros. Mira, antes de despegar en Buenos Aires compré una tarjeta que convierte los reales en euros. ¿Cuánto nos queda del dinero de mi hermana?
—Unos cinco mil reales.
—Vamos a ver.... cinco mil reales no llega ni a dos mil euros.
—¿Cuánto podemos hacer con eso?
—Ya veremos... vamos a dar un paseo. Con suerte encontramos a alguien que nos ayude.

Lisboa, a parte de ser precioso, tenía la peculiaridad de que sus calles eran asombrosamente parecidas. En seguida se perdieron y dieron vueltas en círculo alrededor de unas casas y un parque. Cuando vieron el parque fueron hacia él para sentarse y descansar un poco. Entonces dieron con lo que estaban buscando. Un piso en alquiler.

—Somos una pareja joven —le decía Agus a la dueña de la casa. —Como puede ver estamos recién llegados a Portugal y antes de gastarnos una fortuna en hoteles, queremos ver qué posibilidades tenemos de alquilar una casa.
—Bueno, la casa se alquila, yo no puedo negarme a que vivan en ella sin una justificación clara y por caridad cristiana podría dejarles aquí unos días antes de firmar el contrato o antes de tener el dinero en mis manos. Pero —añadió la señora con gesto de pena. —Vosotros parecéis pobres, no tenéis buena cara, ni buena ropa ni nada. ¿Cómo sabré yo que no sois unos morosos de esos?
—Entiendo que quiera asegurarse, pero si vestimos así o tenemos esta mala cara es porque hemos cruzado el Atlántico desde Brasilia y andamos cansados...
—Está bien, pasad —dijo la señora extendiendo el brazo —En esta casa os podéis quedar unos días hasta que traiga el contrato. No quiero problemas ni jaleos, a la mínima llamo a la policía, ¿entendido? 
—Entendido, señora. —dijo Carla mirándola fijamente a los ojos.
—Mi hijo es policía —mintió la señora— Si tiene que ayudar a su madre a sacar a la calle a unos morosos, lo hará.
—Descuide —dijo Agus.
—Pues entonces yo me voy a mi casa. Aquí tenéis las llaves de esta casa, hay agua y luz, aunque el agua caliente no llega muy bien. Nos vemos pronto. —dijo la señora dejando las llaves sobre la mesa y saliendo por la puerta cojeando.
—Una última cosa —dijo Carla —¿Cuánto nos costará el alquiler de un mes?
—Alrededor de unos ochocientos euros, ¿por qué? —Carla miró a Agus.
—Para saber, nada más —respondió Agus. —Hasta pronto.

Agus y Carla se sentaron en el sofá de la casa con despreocupación: pagarían el alquiler sin problemas con el dinero de Magda y harían lo imposible por encontrar un trabajo.

—Tengo que estudiar Medicina de nuevo. —dijo Carla incorporándose.
—¿Por qué? Si tu ya sabes...
—No, quién sabe es Carla, yo soy Ximena. ¿Cómo mostrar que soy médico sin desvelar que soy Carla?
—Ya te sigo... ¿qué vas a hacer?
—Ya te dije, tendré que estudiar de nuevo con mi nueva identidad.
—Pero te será fácil.
—Eso espero —ambos sonrieron. —¿Y tú qué vas a hacer con tu vida?
—Creo que también estudiaré, pero no una carrera, eso es mucho. Me conformo con acabar la secundaria y con especializarme en algo.
—¿Y qué tienes pensado?
—Me apasiona la química, cuando mezclaba drogas me sentía Dios, pero eso me imagino que es caro y muy duro. Prefiero otra de mis pasiones: cocinar.
—En Buenos Aires hacías buenos platos, podrías incluso montar tu propio restaurante.
—Eso es una inversión demasiado grande, de momento tenemos que buscarnos un trabajo con el que pagarnos el alquiler, la comida, la ropa y por último los estudios.
—Agus, esto va a ser muy difícil... 
—Lo sé, pero al final del día volveremos aquí, cenaremos juntos, nos ducharemos y dormiremos juntos abrazados. 
—Después de hacer el amor.
—Claro... eso iba implícito. De hecho, podríamos empezar hoy mismo.
—Eso me gusta... —ambos rieron antes de fundirse en un largo beso.

Luego, Agus cogió a Carla por la cintura y la atrajo a él y mientras la iba besando, caminaba hacia la habitación. Era una habitación simple y algo anticuada, pero la cama bastante cómoda y romántica. Agus se tumbó sobre Carla en la cama y comenzó besándole el cuello, luego continuó por un pecho y se entretuvo en él. Con sus manos acariciaba ambos lados de la cintura de Carla y ella con las suyas jugaba con su pelo y de vez en cuando empujaba su cabeza hacia abajo. Agus entendía perfectamente lo que Carla quería, pero le gustaba más desesperarla entreteniéndose con su ombligo. Poco a poco descendió hasta donde Carla quería dejando una estela de besos a su paso. Recorrió con la lengua cada rincón y provocó en ella cada orgasmo que quiso usando su lengua como instrumento.

Cuando Carla consiguió llegar al ansiado orgasmo, tocó el turno a Agus. Carla comenzó con unos pequeños besos que subían desde los testículos hasta el glande. Allí permaneció un rato mientras pasaba la lengua degustando cada parte. Luego lo lamió todo de arriba abajo y comenzó a succionar haciendo que Agus se estremeciera de placer en algunas ocasiones. Cuando llevaba ya rato y su mandíbula comenzaba a incomodarla, paraba sin dejar de mover su mano hacia arriba y abajo. Luego colocó sus piernas alrededor de él y comenzó a deslizar su cuerpo hacia abajo. Con un ligero empujón logró penetrarse y comenzó entonces a cabalgar mientras miraba a Agus que permanecía debajo de ella, quieto y con la mirada perdida en el techo y la boca abierta, jadeando. 

Entonces llegó el ansiado final y Carla se dejó caer sobre él, apoyando su cara contra su pecho. Agus le acariciaba la espalda haciéndole cosquillas en ciertas zonas y con los dedos peinaba la pequeña melena rebelde y roja de Carla.

—Te quiero muchísimo —susurró ella.
—Y yo a ti, Carla —entonces ella se recostó a su lado.
—¿Recuerdas el día en el que nos conocimos? —preguntó Carla acariciando la cicatriz de él.
—Sí claro, cómo olvidarlo.
—Me alegro tanto de haberme implicado contigo, de haberte ayudado a pagar la deuda, de haberte ayudado a escapar y de estar ahora mismo aquí a tu lado. Jamás había sido tan feliz. Y tampoco lo hubiese sido en el pueblo: sin amigos ni pareja, con un trabajo gratificante pero agotador y sola, muy sola.
—Yo también me alegro de que me hayas ayudado, en el pueblo no tenía ningún futuro. Ni estudios ni dinero para salir de ahí. Estaba perdido, pero llegaste tú y ahora sí que tengo un futuro.
—¿Cuál?
—El de conseguir un trabajo, reformar esta casa para que sea más acogedora y el de sin duda, formar una familia contigo.
—¿Eso es lo que quieres? —preguntó Carla sonriendo.
—Sí, ese es el futuro que quiero a tu lado: el de un hombre feliz y enamorado de su mujer, rodeado de niños y a ser posible de algún amigo.
—Estoy segura de que lo tendrás y yo estaré orgullosa de que lo hayas conseguido y orgullosa también de ser tu mujer.
—¿Ah sí?, ¿te gustaría? —ambos se sonrojaron.
—Me encantaría.

22 de agosto de 2012

Red Velvet - IX Capítulo: Viaje

7 meses después

Las ventanas del hotel estaban relucientes. Carla, o como todos la conocían ahí: Ximena, se había empleado a fondo en tenerlas bien limpias para los huéspedes que ocuparían la habitación en unas horas. Dejó el trapo en el suelo y cogió otro más húmedo para limpiar el baño. Se apresuró en dejarlo limpio y recogió todos los trapos, productos de limpieza y cacharros que había dejado por todo el apartamento. Lo metió todo en un carro que la esperaba en la puerta y lo empujó hasta una habitación de puerta rojo granate con un letrero de Privado. Entró y dejó ahí el carro que había empujado por todo el pasillo de habitaciones y cerró con llave. Como el hotel tenía muchas plantas, Carla bajó en ascensor hasta recepción donde confirmó que las habitaciones de la 5ª planta estaban todas limpias, se cambió de ropa y salió del hotel con una sonrisa.

Agus, o como todos le conocían a él en Argentina: Borja, sudaba a chorros bajo el sol abrasador de Buenos Aires. El verano se acercaba y el sol picaba con fuerza en la piel, afortunadamente, Agus tenía una piel morena y bien tostada, así que el sol no le quemó la piel, pero sí le hacía sudar. Y no era para menos: el trabajo de Agus consistía en asfaltar calles de la periferia de Buenos Aires, donde un terremoto había agrietado la mayor parte de ellas.

—Borja, descansá un poco, tenés mala cara. —ordenó el jefe de obra.
—Estoy bien, solo calor. Yo agua y luego trabajo bien. —respondió Agus con su pésimo español.
—Vos sabrás... —dijo de nuevo el jefe de obra antes de darse media vuelta e irse.

Agus se acercó a la caseta donde estaban a buen recaudo las botellas de agua fría. Eligió una, que estuviera bien al fondo para que estuviera todavía más fría. La abrió y se la bebió casi de golpe, se secó el sudor con la palma de la mano y luego ésta con la camisa blanca de tirantes. Respiró profundamente y volvió a salir a ese trabajo infernal.

Mientras tanto, Carla llegaba al piso que habían alquilado con unas bolsas de plástico llenas de comida. Las dejó en la cocina y se fue corriendo a contar el dinero que tenía guardado en un sobre debajo del armario. Los billetes eran numerosos, pero insuficientes: necesitaban como un mes más de trabajo para pagar los billetes y largarse a Portugal.

Dejó el sobre en su sitio y se levantó decepcionada, con la mano se apartó de la cara sus rizos rojos como el fuego por culpa del tinte que se daba para pasar desapercibida. Se los ató con un elástico negro y se sentó en el sofá a ver pasar las horas. Ni televisión, ni radio, ni equipo de música, ni ordenadores, ni siquiera un microondas. Cualquier cosa en esa casa que significara un gasto importante e innecesario, era descartado inmediatamente por muy tentador que fuera para Agus la idea de tener por primera vez ciertos de esos aparatos. Carla los conocía de su vida en Brasilia como estudiante y luego como médico, no le sorprendían, pero a Agus le brillaban los ojos con solo la idea de saber que podía hablar con su madre como si la tuviera delante con ese maravilloso invento llamado Internet.

—Carla, abre, soy yo. —dijo una voz a través de la puerta. Y Carla se levantó corriendo.
—Que pronto llegas hoy, —dijo Carla abriendo la puerta. —por cierto, sabes que no debes llamarme por mi nombre.
—Lo sé, Ximena, lo sé. Pero se me hace raro llamarte así y tratarte como una hermana.
—Incluso entre estas paredes, debemos seguir llamándonos Borja y Ximena. O se nos escapará algún 'Agus' o 'Carla', ¿y entonces cómo lo explicaremos?
—Tienes razón, mi vida. Acepto llamarte Ximena aunque estemos a solas con la condición de que no tenga que tratarte también como una hermana aquí dentro.
—Idiota. —Carla sonrió ampliamente. —Ni siquiera fuera de esta casa haces el esfuerzo de ocultar que me quieres.
—Es que te quiero, ¿para qué ocultarlo? A los demás les basta con saber que los abrazos que te doy son porque eres mi hermana mayor y te considero mi madre desde que la nuestra murió. Y a nosotros nos basta con saber que los abrazos que te doy son porque eres la mujer más espectacular que me podría haber imaginado, porque te amo y porque me da la gana abrazarte. —La pareja de enamorados permaneció mirándose a los ojos y sonriendo un buen rato hasta que Carla recordó lo del sobre.
—Agus, digo, Borja... necesitamos un mes más como mínimo.
—¿Has contado bien el dinero?
—Sí, y sí, estoy segura. El mes pasado fue igual... parece que en vez de ahorrar gastamos más.
—Saldremos de esta, ya lo verás.
—Eso espero... —Entonces la pareja dejó que su mente se desconectara unos segundos y cuando volvieron a la realidad Carla se puso a lavar los platos y Agus a dormir.

Otro día más. Otro largo día más rompió con el sueño de los enamorados que estaban todavía en su piso. Y despertaron con el sonido de un timbre. Carla se puso una bata por encima, a pesar del calor, no quería que nadie la viese en camisón. Al abrir la puerta se encontró con algo que, no solo necesitaban, sino que cambiaría el rumbo de sus vidas para siempre.

—Agus, mi vida, despierta. ¡Agus!, ¡Borja!
—¿Qué pasa?, ¿por qué gritas?
—Tu hermana nos ha enviado dinero.
—¿Qué?
—Tu hermana... hay un sobre con lo que nos falta y más. Y una carta.
—Dame eso, rápido. —Carla le obedeció y Agus comenzó a leer en alto.

Querido Agus, soy Magda. Has sido muy listo enviándome una carta con tu dirección actual en Buenos Aires a Estados Unidos y no al pueblo. Hubiese sido un error: tienen el correo de mamá vigilado ante cualquier carta sospechosa. Martín y yo estamos bien, ahora él vive conmigo en Florida, pero tranquilo, mamá no está sola. ¿Te acuerdas de Ray? Ahora están juntos y él está pensando en pedirle matrimonio, aunque no quiere arriesgarse, todavía recuerda las calabazas que le daba mamá cada vez que él le rondaba. 

Te deseo la mejor de las suertes en tu nueva vida, a ti y a tu querida médico. Recuerda ser más listo que nadie y andar siempre con los ojos bien abiertos. Aprende a desconfiar hasta de tu sombra y si bien eso es triste, te ayudará a sobrevivir. 

Espero que el dinero sea suficiente para los billetes que Ray nos dijo que necesitabais, si necesitas algo más, aquí me tienes.

Gracias por todo, vuelve a escribirme pronto con las noticias que sean: buenas o malas. Yo se las haré llegar a mamá, no te preocupes por eso. 

Besos de tu Nano, de mamá y míos.

P.D: Dame muchos sobrinitos y sobrinitas.

—Estamos salvados. —dijo Carla entre lágrimas antes de ponerse a dar saltos de alegría.
—Prepara todo lo que necesitemos, nos vamos mañana.
—Pero tendremos que decir en el trabajo que nos vamos y...
—¡No! Aquí nunca han existido unas personas llamadas Borja y Ximena. Es mejor así.
—No lo es, en el trabajo me echaran de menos, me intentarán localizar y a ti también y entonces se preocuparán, llamarán a la policía y descubrirán que nos hemos ido a Portugal.
—¿Entonces qué propones?
—Decirles que nos vamos lejos porque ha muerto un familiar y que no vemos seguro que regresemos en una temporada.
—¿Y a donde?
—A Portugal no podemos decir, diremos que de nuevo a Brasil.
—Está bien. ¿Qué familiar? Recuerda que nuestros padres ya están muertos.
—Un tío abuelo, le teníamos mucho cariño al pobre tío Paulo...
—A veces me sorprende tu frialdad para inventarte historias de este tipo, otras veces me asusta.
—Contigo siempre he sido sincera.
—Bueno, no perdamos más tiempo. Debemos ir a velar a nuestro pobre tío abuelo Paulo. —ambos sonrieron levemente y se quedaron mirando al suelo, en silencio. Pensando en cuáles serían sus próximos pasos como prófugos.

Llenaron su maleta de la poca ropa que se habían comprado en los últimos siete meses, algunos recuerdos de su estancia allí y nada más. Esa era la triste maleta de una pareja joven y llena de sueños. No se olvidaron del sobre y de hablar con los dueños de la casa. De eso se encargó Carla, mientras Agus compraba los billetes.

—Ay Ximena, contáme cómo murió tu pobre tío.
—Infarto de miocardío, mientras dormía.
—¿Y la familia, cómo está?
—La familia ser poca, muchos amigos que le querían.
—Ya entiendo claro... vos cuidá bien de ese hermano tuyo y volvé cuando querás.
—Gracias doña Paca, gracias don Manuel. —y Carla se dio media vuelta para no volver jamás.

Después de salir de aquel viejo edificio donde estaba su piso, se dirigió caminando al hotel donde trabajaba a repetir la misma historia del tío abuelo Paulo. Luego, se reunió con Agus frente al aeropuerto. Él ya había hablado con su jefe y había comprado los billetes de ida a Lisboa en avión. Finalmente, a pesar de los consejos de Ray, se habían arriesgado a pasar por los estrictos controles de seguridad.

3 de agosto de 2012

Red Velvet - VIII Capítulo: Huida

Las paredes del motel tenían marcas de humedad en las esquinas y la pintura era de un tono verde oscuro. Los muebles eran de madera y parecían más antiguos de lo que en verdad eran, por culpa de los golpes que había recibido por parte de otros clientes. Lo único bonito de la habitación era la cama: tenía una colcha blanca que olía a limpio y que le daba tranquilidad a Carla, porque ella era una persona muy estricta con la limpieza, y dormir en una cama con una colcha sucia o maloliente, le hubiese resultado imposible. Encima de la colcha blanca había una manta de terciopelo rojo que Agus desdobló.

—Carla, —comenzó diciendo Agus. —¿qué va a pasar esta noche?
—No estés nervioso, Agus, pasará lo que los dos queramos que pase.
—Entonces acuéstate sobre esta manta... —dijo él terminando de desdoblarla.

En ese momento, Carla se quitó la camiseta algo mojada por el sudor y dejó al descubierto su sujetador tan rojo como la manta en la que se estaba acostando. Agus se acostó bocabajo a su lado y pasó su mano por su pecho desnudo, luego subió la mano a su cuello y finalmente agarró la cara de Carla por el mentón y la acercó a su cara. Se miraron a los ojos y Carla sonrío acercándose los pocos centímetros que la separaban de los labios de él.

El beso fue cálido y romántico, como si llevaran esperándolo años, sus miradas volvieron a encontrarse y entonces una sonrisa de satisfacción apareció. Sus dedos se entrelazaron y Agus se colocó encima de Carla para besarla mejor. Luego, se sentó a horcajadas sobre ella y se quitó la camiseta. Carla recorrió el pecho de Agus con sus manos, sintiendo el roce de sus dedos contra la piel caliente de él, contra sus marcados pectorales y contra sus perfectos brazos.

Luego Agus se puso en pie y se desató los pantalones dejándolos caer al suelo. Carla se sentó en la cama, frente a él y le besó el ombligo. Fue besando desde su ombligo hasta sus calzoncillos y cuando llegó, agarró la cinta elástica de éstos y tiró de ella hacia fuera. Agus se puso nervioso, pero Carla siguió tirando, esta vez hacia abajo y empezó a asomar una pequeña mata de pelo negro bajo el calzoncillo. Cuando éste estuvo tirado en el suelo, Carla se centró en lo que tenía delante, dio un pequeño lametón y Agus soltó todo el aire contenido en sus pulmones de golpe.

Agus se recostó en la cama y Carla le abrió las piernas para ponerse en medio y seguir practicándole sexo oral. Agus tenía los ojos cerrados, sintiendo la saliva caliente de Carla bajar como un pequeño riachuelo desde la punta de su pene hasta la mata de pelo donde se perdía. Luego Carla bajó sus manos a su pantalón y buscó los botones de éste con los dedos, lo desabrochó y se bajó el pantalón hasta medio muslo, porque seguía de rodillas en la cama. Se levantó y se terminó de bajar los pantalones vaqueros que dejó al lado de los de Agus.

Entonces Agus se acercó a ella y quiso verla desnuda. No dejó que Carla se acercara a la cama y la apoyó contra la pared donde la besó apasionadamente. Luego buscó el cierre de sus sujetador y con un simple gesto lo quitó. Carla, que tenía las manos alrededor del cuello de Agus, bajó los brazos para que el sujetador cayera. Ahí Agus se sintió todavía más excitado y se lo hizo saber a Carla cogiéndole una de las muñecas y llevándola a su pene, para que Carla palpara con su mano cómo de excitado estaba. Ambos sonrieron y entonces, Agus se puso de rodillas para bajarle las braguitas color rosa a Carla, ella, al contrario que él, estaba depilada y tenía tres lunares pequeños formando un triángulo justo en medio de donde debía estar su vello púbico. Agus los lamió.

Agus, que seguía de rodillas, cogió una pierna de Carla y se la colocó encima del hombro, para tener la entrada de la vagina de Carla, bien a la vista. La lamió y Carla bajó sus manos a la cabeza de Agus para empujarle más adentro. Entonces Agus volvió a sacar la lengua, pero esta vez lamió su clítoris y Carla comenzó a gemir. Succionó un poco y se acompañó de los movimientos de cadera de ella para saber qué velocidad debía tener. Cuando Carla no se movía, los movimientos debían ser suaves y lentos y cuando Carla se ponía nerviosa y separaba la cadera de la pared y se movía con un poco más de brusquedad, es que debía aumentar la velocidad de su lengua.

Por fin Carla llegó al orgasmo y Agus la cogió en brazos y la tumbó de lado en la cama. Carla levantó las piernas y Agus se puso detrás de ella para penetrarla. Estaba tan nervioso por su primera vez que prefería no mirar a Carla a los ojos, y ella, ajena a eso, se dejaba hacer con gusto. Agus comenzó lentamente, luego más rápido y finalmente encontró la velocidad y el ritmo perfecto. Con una mano, Agus se sujetaba la cabeza y la otra, la tenía metida entre los labios de la vagina de Carla, tocando su pequeño y rosado clítoris mientras la penetraba desde atrás.

Finalmente Agus alcanzó el orgasmo. Quiso correrse fuera de ella, sobre la manta de terciopelo rojo, pero la idea de separarse de ella le impidió hacerlo con rapidez y acabó haciéndolo dentro. Carla sintió algo caliente que recorría las paredes de su vagina hacia abajo y supo lo que había pasado. Se dio media vuelta y vio la cara de pánico de Agus.

—Tranquilo, tomo la pastilla.
—Dios... qué susto.
— Lo siento, debimos haber tenido más cuidado.
—Un embarazo en esta situación sería fatal.
—¿Te crees que no lo sé?  —Agus se calmó un poco, pero se quedó pensativo mirando al techo. —¿en qué piensas?
—En mi madre, en Nano y en mi hermana.
— Siento lo que hice, Agus. Ahora eres un prófugo de la justicia por mi culpa.
—Mi familia no hubiese tenido dinero para viajar a Brasilia e ir a verme a la cárcel, hubiese estado sin verles igualmente.
—Ya, pero... ahora sí que no les verás.
—No, pero sabrán que estoy contigo y que estoy bien gracias a Ray.
—Parecía buen hombre.
—Lo es. Quiere mucho a mi madre y cuidará de ella por mí.
—Me alegro por ellos, entonces. No te pongas triste, Agus. Tu madre estará bien con Ray y Nano ya tiene a su madre de vuelta.
—Tienes razón, ellos ahora serán felices sin mí.
—Y tú lo serás conmigo, te lo prometo.
—Yo a ti también te lo prometo, no te arrepentirás de ser mi cómplice.
—¿Qué cómplice? Si lo organicé yo todo...
—Es verdad, ahora tú también eres una delincuente... —ambos se echaron a reír.

A la mañana siguiente salieron del motel con muchísima hambre, sin dinero y sin coche. Le hicieron caso a Ray y fueron hacia el sur. Buscaron un bus que viajara hasta otro pueblo que se encontrara al sur y encontraron uno que pasaba ya mismo. No tenían dinero para pagarlo, debían hacer algo. Y a Agus se le ocurrió subirse sin pagar y sin ser vistos por la puerta trasera. El chófer no se dio cuenta y el bus comenzó su camino. Algunos pasajeros les miraron con odio, pero a ninguno le importó.

Cuando habían recorrido más de 50 kilómetros, se bajaron en otro pueblo que tenía un lago precioso donde poder bañarse y hasta pescar algo de comida. Se emocionaron muchísimo al ver el lago y caminaron hacia él. En seguida y ante la vista de algunas personas, se desnudaron y se metieron al agua con la ropa interior puesta. Lavaron la ropa en el lago y la dejaron secarse en unas rocas que había a un lado, incluida la ropa interior. Mientras, ellos se bañaban en el lago, cerca de las rocas, por si alguien intentaba robar las ropas. Cuando estuvieron secas, el sol casi se había puesto y decidieron salir y volver a vestirse con la ropa un poco húmeda.

Para cenar, Agus cogió algunos peces e hicieron un pequeño fuego donde los frieron. Se comieron los peces y apagaron el fuego con el agua del lago. Entonces caminaron por el pueblo y vieron que necesitaban a una camarera en un bar y Carla probó suerte esa noche presentándose al dueño. Éste, que necesitaba urgentemente una camarera, le dio a Carla un delantal y comenzó a trabajar esa misma noche como periodo de prueba y, lo cierto, era que no se le daba nada mal.

Agus también salió a probar suerte a un embarcadero que había al otro lado del lago donde había un grupo de pescadores que salía de noche. Agus, dispuesto a todo para conseguir dinero y seguir viajando, se subió a la barca y pescó gran cantidad de peces. Enamoró con su técnica innata a los pescadores más veteranos y a la mañana siguiente, sacó el pescado fresco al mercadillo donde se ganó bastante dinero vendiéndolo. Rápidamente fue al bar y encontró a Carla tras el mostrador contando unos billetes.

—He conseguido suficiente con las propinas como para irnos mañana mismo.
—Yo he vendido tanto pescado que apesto, pero he logrado conseguir también bastante, como para marcharnos ya.
—Estamos demasiado cerca de la frontera, alguien nos puede reconocer si sacan nuestra cara en la televisión.
—Hemos huido de la justicia, yo he estado a punto de vender drogas a un grupo precisamente de argentinos y tú has herido a un agente de policía...
—Y encontraron droga en mi casa que puso Cortés para incriminarme.
—La policía de Brasil sin duda ya habrá colaborado con la argentina y nos estarán buscando por aquí.
—Pues vayámonos cuanto antes entonces.

Esta vez, la pareja no viajó en carretera, sino en barco por un río que conectaba con el Atlántico. Ahí trabajarían de nuevo por un par de días y comprarían un billete de barco con una falsa identidad para viajar a Portugal.

Las aguas del río eran navegables, pero también tenían fuertes corrientes y el barco a menudo solía tambalearse demasiado y Carla estaba pálida. Agus lo llevaba mejor, pero también sentía molestias en el estómago de vez en cuando, aunque no estarían así de no ser por el atracón de comida que se dieron al llegar al barco con el dinero ganado.

Habían salido del pueblo sin despedirse ni del dueño del bar ni de los pescadores y el nombre que habían dado era Ximena y Borja, para que nadie sospechara nada. Aunque Carla y Agus eran unos nombres muy comunes, no querían levantar sospechas.

El barco hacía algunas paradas para recoger a más gente y Carla aprovechaba para darse una pequeña siesta aprovechando que el barco no se movía tanto. Y así, con la cabeza recostada sobre las rodillas de Agus, pensó que también debía cambiar su imagen y ocultar a los demás su verdadera profesión, incluso la relación que le unía con Agus, cualquier precaución era poca.

Para el resto, Agus y Carla eran hermanos, se llamaban Borja y Ximena, venían de São Paulo y eran un pescador y una camarera que estaban de visita en Argentina para ver a sus abuelos maternos, única familia con vida. La mentira le hizo gracia a Agus, pero reconoció que era buena y se apresuró en memorizar su nuevo nombre, su nueva profesión y su nueva procedencia para no ser descubierto. En cuanto a lo del cambio de imagen, no podía hacer nada mientras estuviera en el barco, pero en cuanto llegara a Buenos Aires haría algo con su pelo, igual que Carla, que quería cortarse su abundante melena negra y rizada.

Buenos Aires era una ciudad muy grande y enseguida se sintieron diminutos. Recorrieron con la mirada cada rincón y encontraron un pequeño mercado donde comprar unas tijeras y un tinte rojo. Agus también vio unas lentillas de colores que estaban bastante bien de precio y que eran desechables. Compró para él y para Carla y se fue en busca de un lugar donde cambiar su imagen.

Con las bolsas en la mano se acercaron a un parque que tenía una caseta con un cartel que ponía "Baño público", no sabían español, pero lo entendieron y entraron. Le dieron unas monedas a un vagabundo que había en la entrada y a una señora que se ocupaba de la limpieza de los baños. Carla se llevó el tinte, las tijeras y las lentillas y Agus solo sus lentillas.

Como los dos tenían los ojos claros: Carla verdes y Agus azules. Lo más apropiado era comprarse unas lentillas negras o marrones, y así lo hizo Agus. El cambio fue total, no parecían ellos, y Carla enseguida se apresuró a cortarse el pelo por la altura de los hombros. Había hecho un cursillo de peluquería años atrás y aún recordaba cómo cortárselo a sí misma para que quedara igual por ambos lados. Luego sacó el tinte rojo y se lo aplicó en el pelo directamente, sin brocha ni peines, no había comprado. Cuando tuvo todo el pelo cubierto de tinte y enredado, esperó fuera del baño, al lado de Agus, para cortarle un poco el pelo.

—Esto saldrá bien, ya verás —dijo Agus —Estamos aquí, en Buenos Aires, sin darnos cuenta hemos viajado hasta aquí.
—Lo cierto es que sí, sin darnos cuenta hemos recorrido muchos kilómetros... estamos muy lejos de casa, Agus. —Carla comenzó a llorar.
—No me llames Agus, soy Borja... y no llores, todo saldrá bien.
—¿Me lo prometes?
—Te lo prometo.

Carla volvió adentro a quitarse el tinte. Metió su cabeza en el lavabo y salió con el pelo mojado, enredado y color vino tinto. Salieron del baño y volvieron a dejar unas monedas a la señora de la limpieza y al vagabundo. Entonces fueron de tienda en tienda, de bar en bar y de local en local buscando trabajo.

La noche se acercaba y seguían sin trabajo. En la ciudad había buenos puestos de trabajo para los que ellos no tenían formación y otros no tan buenos para los que estaban dispuestos, pero que eran de cara al público, por tanto tendrían que hablar español y no se les daba bien.

Finalmente terminó por oscurecer y ambos tuvieron que dormir abrazados en la acera de una calle.